Skip to main content

Full text of "El nido ajeno : comedia en tres actos y en prosa"

See other formats




6 




L.-^ 



J BtNAVtNTE 

Ivi itiilaavioito 




AÑO IV 



8-X1H928 



NÚM. 172 



ea 



Vd. 



LOS JUEVES 



30 CTS. 



L©S SÁBADOS 



EL TEATRO 

50 CTS. 



30 CTS. 



AVENTVRA5 

50 GTS. 
LOS B«MfN@8S 

50 CTS- 



Pida folleto explicativo de 
suscripciones coa regalos 



^R^. Sis Herms-íds. fiícrte, 21. 
T##f^na 16244, — Msdrkí. 



EL TEATRO 

— MODERNO = 

dedica este número a don Ja- 
cinto Benavente, en testimo- 
nio de ad/iesión el tiomenaje 
que le acaban de rendir sus 
admiradores. 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

María Srta. D.» Carmen Cobeña. 

Emilia Sra. D.» Sofía Alverá. 

Luisa Srta. D." Soledad López. 

José Luis Sr. D. Miguel Cepillo. 

Manuel '. — Emilio Thuillier. 

Julián — Francisco Urquijo. 

La acción en Madrid. — Época actual. 



Al eminente actor y director 

DON EMILIO MARIO 
y a los actores que bajo su direc- 
ción, y de un modo perfecto, han 
representado esta comedia, como 
pobre expresión de su gratitud, 
se la dedica 

EL AUTOR 



ACTO PRIMERO 

Comedor elegante en casa de José Luis. 

ESCENA I 
Emilia y Luisa entrando. 

EMILIA. — ¿Dice usted que no tardará en volver la se- 
ñorita? 

LUISA. — No, señora. Salió a misa y de compras. Van 
a dar las once, la hora del almuerzo, y ya sabe usted la 
puntualidad de los señoritos. 

EMILIA. — ¡Digo! No hay casa más ordenada. Ni más 
ni menos que la mía. ¡Mayor desbarajuste! Pero vaya 
usted a poner orden con cuatro chiquillos y los criados y 
las amas' correspondientes... Aquí, ya se ve, el matrimo- 
nio sólito, dos criados... Si no tendrán ustedes nada que 
hacer. 

LUISA. — No hay mucho trabajo. 

EMILIA. — Y el señorito, ¿está mejor? 

LUISA. — Delicado, como siempre. La semana pasada 
tuvo uno de sus ataques, quedó muy resentido; pero des- 
de que llegó el señorito Manuel, parece que está más 
animado. 

EMILIA. — ¡Cómo! ¿Llegó el señorito Manuel? 

LUISA. — Sí, señora; cuatro días hace. 

EMILIA. — Sí, le esperaban de un día a otro. Pero me 
choca no haber sabido que estaba aquí... Mi marido ve 



607924 



6 JACINTO BENAVENTE 

en Bolsa todos ios días al señorito, y es extraño que no 
le haya dicho nada. 

LUISA. — El señorito habla tan poco... 

EMILIA.— Y ¿ha venido bueno? 

LUISA. — Muy bueno, sí, señora. ¿Usted no le conoce? 

EMILIA. — Si hace tantos años que anda por esos mun- 
dos... Desde antes de casarse su hermano; y mi amistad 
en esta casa es por la señorita María. He oído hablar 
mucho de él, de sus viajes, de sus aventuras. ¿Se parece 
a su hermano? Dicen que es otro genio. 

LUISA. — No se parece en nada. Es muy simpático, 
buen mozo, muy alegre, muy cariñoso... 

EMILIA. — Vaya, vaya. Con eso la casa estará más ani- 
mada. 

LUISA. — Sí, señora; créalo usted. Hay más alegría, 
más animación... ¡Ah!, la señorita. (Viendo llegar a Ma- 
ría. Alaría entra como de misa; mientras saluda a Emi- 
lia, Luisa le quita la mantilla, recoge el devocionario y 
demás prendas y se retira.) 

ESCENA II 

Emilia y María. 

EMILIA. — ¿Cómo estás, querida? 

MARÍA. — ¿Hace mucho que me aguardabas? 

EMILIA. — Un instante. Ya sé que estáis buenos, que 
llegó tu cuñado. 

MARÍA. — ¿Y tu marido y los chicos? 

EMILIA. — Buenos, todos buenos. Fernando, muy ocu- 
pado. Ya vendrá conmigo a saludar a tu hermano políti- 
co... Tú apenas le conocías, ¿verdad? 

MARÍA. — Le conocí cuando éramos niños. Ya sabes 
que tu familia y la mía estaban muy unidas; su padre y 
el mío eran socios. Pero Manuel marchó de España tan 
joven... No esperábamos volverle a ver. 

EMILIA. — Dicen que ha hecho dinero por esas tierras. 

MARÍA. — ¡Un gran caudal! El es muy emprendedor, 
la suerte le ha favorecido... 

EIvlíLIA. — Sigue soltero, por supuesto. 

MARÍA. — Y sin intenciones de casarse, según afirma. 



ELNIDOAJENO 7 

EMILIA. — ¡Un tío rico y solterón! Pero vosotros, ¿en 
qué pensáis? No tenéis decoro si no le obsequiáis con una 
docena de sobrinos...; si no queréis molestaros, en casa 
hay cuatro, y allí no hay dinero ni herencias en perspec- 
tiva... ¡Bueno anda todo! 

MARÍA. — Manuel es joven, y figúrate si le faltarán 
proporciones. 

EMILIA. — En cuanto se enteren en Madrid, os lo se- 
cuestran. ¡Buenas andan las madres que tienen hijas! El 
papel hombre ha subido mucho. Antes, más o menos bo- 
nita una muchacha, a cierta edad, no le faltaba novio, 
bueno o malo. Nos cotizábamos a la par; pero ahora, 
hija, está el cambio por las nubes. Las madres debían ha- 
cer un empréstito al extranjero. 

MARÍA. — ^¡Qué ocurrencia! 

EMILIA. — Y ¿qué es de tu vida? ¿Te has abonado ai 
Real? 

MARÍA. — No. ¿Para qué? El año pasado fuimos tres 
noches en toda la temporada; es tirar el dinero. José Luis 
está delicado, no tiene humor ni ganas de vestirse, le can- 
sa todo... Ya sabes cómo es él. 

EMILIA. — Sí...; pero, hija mía, hacéis una vida muy 
triste..., metidos entre cuatro paredes. Siquiera recibie- 
rais alguna gente... 

MARÍA. — A todo se acostumbra una, y yo no estoy 
acostumbrada a divertirme mucho. Bien lo sabes tú; en 
mi casa pasaba lo mismo. 

EMILIA. — En tu casa, siquiera, había tertulia los sá- 
bados. Se jugaba al julepe, se tom.aba chocolate, iban 
nuestros novios... 

MARÍA. — Nuestros maridos hoy. 

EMILIA. — Y el tuyo fué el primero y el único. ¡Has si- 
do siempre tan formal!... Yo mariposeé un poco con 
aquel sevillano, ¿te acuerdas? Si me caso con él, me luz- 
co. ¡Qué vida dio a su pobre mujer!... Nosotras no pode- 
mos quejarnos. Tuvimos buen acierto. 

MARÍA. — ¡Ve una matrimonios tan desdichados!... 

EMILIA. — Es un horror... Y los que, en apariencia, 
son muy felices, y si va uno a mirar... ¡Qué pendientes 
tan bonitos! 

MARÍA.— Regalo de mi cuñado. 



8 JACINTO BENAVENTE 

EMILIA. — ¡Preciosas perlas! Hija, la gente rica... 

MARÍA. — ¡Oh! Me ha traído preciosidades... Ya ve- 
rás... (Dan las once.) 

EMILIA. — ¡Las once y no ha venido tu marido! (Sue- 
na la campanilla.) 

MARÍA. — Ya está ahí. (Toca un timbre.) 

EMILIA. — ¡La puntualidad misma! (Entra Julián.) 

MARÍA (A Julián.) — Vea usted si se ha levantado el 
señorito Manuel y sirva usted el almuerzo en seguida. 
(Sale Julián. A Emilia.) ¿Quieres almorzar? 

EMILIA. — No, me voy corriendo. ¡Bueno andaría 
aquello si yo faltase! Venía a convidarte al teatro. Tene- 
mos palco para el estreno de esta noche. 

MARÍA. — No sé si José Luis querrá que vayamos... Ya 
te avisaré. 

ESCENA III 

Dichas y José Luis. 

JOSÉ. — Muy buenos días. 

EMILIA. — Llega usted a tiempo. 

JOSÉ (Sentándose a la mesa.) — Me he retrasado un 
poco. ¿Quiere usted almorzar? 

EMILIA. — ¡Jesús! ¡Que no se enfríe! Son las once en 
punto. Quise decir que llegaba usted a tiempo de aceptar 
una invitación para el estreno de esta noche. María no se 
atreve a darme su palabra sin contar con usted. 

JOSÉ. — Cualquiera dirá que soy un tirano. 

EMILIA. — No es usted tirano. Nadie lo dice. Pero Ma- 
ría es una esposa ejemplar y cumple bien con aquellas 
menudencias de la Epístola, que no todas guardamos 
puntualmente... "La mujer no saldrá de casa sin permiso 
del marido..." 

JOSÉ (A Mon'G.;— ¿Quieres ir? 

MARÍA.— Si tú vienes... 

JOSÉ. — No estoy bueno. Esta mañana tuve un ataque 
de bilis. 

MARÍA. — Entonces nos quedaremos en casa. (A Emi- 
lia.) Ya lo oyes. 

EMILIA. — ¡Vaya, hay que animarse! Si no hace usted 



ELNIDOAjENO 9 

por distraerse... Dicen que es preciosa la comedia de esta 
noclie. Estará muy bien el teatro... Por supuesto, hago 
extensiva la invitación a su hermano, aunque no tengo 
el gusto de conocerle, y reciba usted mi enhorabuena por 
su feliz llegada. Ya tendría usted deseos de verle... ¿Es 
el único hermano que tiene usted? 

JOSÉ. — El únicO'. Fuimos cuatro; sólo quedamos el me- 
nor, Manuel, y yo, el primogénito. Manuel ha sido el 
único sano y robusto en la familia. ¿No se ha levantado 
todavía? 

MARÍA. — Ya he dicho que le avisen. 

JOSÉ. — Acostumbrado a vivir solo, no se acomoda a 
la vida de familia. Siempre fué muy desordenado... Si 
tarda, almorzaremos. Ya sabe cuánto me gusta la pun- 
tualidad. El desarreglo en las comidas me mata. 

MARÍA (Llama.) — Almorzaremos. (A Julián, que en- 
tra.) El almuerzo. 

JULIÁN. — ^El señorito Manuel viene en seguida. (Sale 
a preparar la mesa.) 

EMILIA. — Yo me retiro... Conque, ¿contamos con us- 
tedes? 

MARÍA. — No; ya ves que José Luis no está bueno. Es- 
pera un momento, conocerás a su hermano. 

EMILIA. — Tengo curiosidad... No estoy muy presenta- 
ble, salí de trapillo. 

MARÍA. — Eres de casa. 

JOSÉ. — Dame la magnesia. 

MARÍA (Trayendo un frasco del aparador.) — Toma... 
(Prepara el refresco.) ¿Pero de veras no estás bueno? 

JOSÉ (De mal humor.) — ¡De veras! Creerás tú que mi 
enfermedad es como tus jaquecas... Estoy muy malo. 

EMILIA. — Trabajan ustedes demasiado. Es mi tema 
con Fernando... Fernando es fuerte; pero el afán de los 
negocios, la Bolsa, el Congreso..., es no parar en todo el 
día. Al fin, él tiene cuatro hijos por quien mirar...; pero 
usted solo con su mujercita... Debía usted dejarse de ne- 
gocios ,y descansar y cuidarse y divertirse mucho, que la 
vida es corta. 

MARÍA (Ofreciéndole la copa.)— ¿Está bien así? 
¿Quieres más azúcar? 



tO JACINTOBENAVENTE 

jOSE (Con ira.) — Ya no sé qué tomar ni qué hacer. 
¡Hay para desesperarse! 

MARÍA (Cariñosa.) — Vamos. Ten paciencia. Hoy no 
sales de casa. 

JOSE. — Sí, justamente. Poco tengo que hacer... 

MARÍA. — Lo dejas para otro día. 

JOSE. — ¿Tú crees que mis asuntos son como los vues- 
tros?... Visitas y compras que a cualquier hora y cual- 
quier día da lo mismo. 

MARÍA (Con reconvención cariñosa y queriéndole ha- 
cer notar la presencia de Emilia.) — Vas a echar fama de 
mal genio. 

EMILIA (Ha comprendido y quiere disculparle.) — 
Cuando está uno enfermo, todo incomoda. Es natural. 

ESCENA IV 

Dichos y Manuel. 

MANUEL.— ¡Salud, hermanos! (Al ver a Emilia.) Se- 
ñora... 

MARÍA (Presentándoles.) — Mi hermano Manuel... La 
señora de Ordóñez, amiga mía de toda la vida... 

EMILIA.— ¡Tanto gusto!... (Aparte a María.) ¡Es muy 
simpático! 

JULIÁN (Entra con el almuerzo.) — El almuerzo. 

EMILIA (Despidiéndose.) — Ya tendremos el gusto de 
verle por casa. Sabe usted que cuenta con unos amigos. 
(A José Luis.) Que usted mejore. (A María, besándola.) 
Adiós, monísima; no dejes de ir por casa. (Sale.) 

ESCENA V 

María, José Luis y Manuel, sentados. Luisa y Julián sir- 
ven el almuerzo. 

JOSE. — ¡Gracias a Dios! Creí que no almorzábamos. 

MANUEL. — ¿No habíais empezado por la visita, o por 
esperarme? 

MARÍA. — Por la visita. (A José Luis, viendo que no se 
sirve.) ¿No te sirves? 



ELNIDOAJENO 11 

JOSÉ. — No. Es muy indigesto. No me atrevo. 

A1ARÍA — ¿Quieres otra cosa? ¿Un huevo pasado por 
agua, un filete de lenguado? ¿Por qué no dices lo que 
quieres? (A Manuel.) ¿Ves qué rareza? Hay que adivi- 
narle los pensamientos. 

MANUEL. — Conozco el sistema. Pasarás el día mirán- 
dole a la cara para comprender lo que quiere. Estarás 
más ducha en fisonomía que el mismísimo Lavater. 

JOSÉ (Molestado.) — ^Cuando está uno enfermo, y, por 
lo tanto de mial humor, creo que sea lo más prudente no 
hablar que decir cosas desagradables. 

MARÍA. — No me importaría muchas veces que me di- 
jeras algo desagradable, con tal de entenderte... Tie- 
nes razón, Manuel... siempre le estoy mirando a la cara 
para adivinarle los pensamientos. Pero soy tan torpe... 
o él es tan poco expresivo, que rara vez acierto. 

JOSÉ. — ¿Que hablo poco?... Los más elocuentes por 
dentro suelen ser los más silenciosos, los menos expre- 
sivos... como tú dices. Los que piensan poco, los más 
habladores. Como son pocas sus ideas, pronto les dan 
salida, con fluidez pasm.osa... ¡Es natural! Dos o tres 
personas solas pasan más fácilmente por una puerta que 
una multitud agolpada. 

MANUEL. — ¿Es motejarme por hablador? Lo seré 
norque pienso menos que tú lo que digo... Pero siento... 
y cuando siento algo, he de decirlo... aunque diga una 
tontería o algo desagradable. 

MARÍA (A fosé Luis.) — ¿Tampoco comes de esto? 

JOSÉ. — No tengo gana. ¿Qué hay después? 

MARÍA. — Para ti, carne asada. 

MANUEL. — Pero... ¿no estás bueno?... No comes na- 
da. Yo, en cambio, tengo un apetito... He cogido a de- 
Feo la comida casera. 

MARÍA. — ¿De veras te gusta? Yo que procuro darte 
de comer a estilo de fonda... 

MANUEL. — Pues agradezco más una paella, un buen 
cocido y hasta unas albondiguillas. 

JOSÉ. — ¡Lo que son las cosas! No sabes las peleas 
Cíue t'^nía en casa, con nuestra rtíadre, por las comidas. 
Entonces, todo eso que ahora pondera le parecía gui- 
sotes, y prefería comer en el café o en la fonda. 



12 JACINTO BENAVENTE 

MANUEL (Con tono ligero, apenas tocado de cierta 
gravedad y ternura; sobre todo debe evitarse el tono so- 
lemne y declamatorio.) — Es la condición humana. El es- 
píritu de rebeldía constante que existe en nuestro espí- 
ritu contra todo lo que se nos impone; hasta contra el 
cariño maternal. A nadie quizás atormentamos en el mun- 
do como a nuestra madre; con nadie somos tan ingra- 
tos. ¡Egoísmo humano! Tan seguros estamos de que nar- 
die como nuestra madre ha de perdonarnos la ingrati- 
tud. Pero hay en la vida una hora de justicia para to- 
dos... y las lágrimas que al morir una madre lloramos, 
con dolor a ninguno parecido, deben ser, si desde el cie- 
lo pueden verlas, la mayor, la más pura alegría que po- 
demos dar al alma de nuestras pobres madres los hijos 
ingratos. 

JOSÉ. — Yo no lo fui nunca. 

MANUEL. — Porque nunca fuiste joven. Porque en ti 
se alteraron las leyes de la vida. Fué una rebeldía tam- 
bién, a tu modo. Pero ya ves lo mal que te ha probado. 
Créelo, la Naturaleza es muy sabia. Hemos de ser ni- 
ños, jóvenes, hombres, viejos por fin; a su tiempo cada 
cosa, con las pasiones, vicios y virtudes propios de cada 
edad. Tan mal parece un niño reflexivo y juicioso 
como un vejete travieso y casquivano; y tan impropio 
es de un muchacho contentarse, sin protestas, con el co- 
cido casero, como en un hombre de juicio irse de bu- 
reo a la fonda. Hay que distinguir la maldad permanen- 
te de cada uno y las maldades propias de cada edad, 
pasajeras con ella. Digo esto, porque en mí tomasteis 
por maldad las ligerezas de la juventud. Sí, María, tú, 
corno todos, habrás oído hablsr de mí a mis padres, a 
José Luis; tú sabrás lo que de mí pensaban... Yo bien 
lo sé. Era el Judas de la casa. 

MARÍA. — Eso no. Tu madre te disculpaba siempre, y 
todos te queríamos. 

JOSÉ. — Más que él a nosotros. ¿Qué le faltaba 
al lado nuestro? Sin pena nos dejaste, y has vivido feliz 
sin nosotros. (Han concluido de almorzar; los criados se 
retiran, dejando preparado el café. Hay más intimidad en 
el diálogo.) 

MANUEL. — Por eso he vuelto a ti, a que me juzgues, 



ELNIDOAJENO 13 

ahora que mi vida de aventuras ha concluido, en nom- 
bre de nuestros padres, que ya no existen. Tú dirás si 
fui mal hijo, si soy mal hermano; y por si a ti te ciegan 
antiguos rencores, que no deben subsistir entre nosotros, 
María juzgará. Las mujeres entienden mejor lo que hay 
de bueno en el corazón de un hombre. En casa, ¡como 
habíais de conocer el mío, si nunca pude hablar con el 
corazón ! 

MARÍA. — Vamos, no te acalores. Lo pasado, pasado. 
Hoy todos sabemos lo que vales. No hubieras tenido tan- 
ta suerte a no ser digno de ella. 

MANUEL (Siguiendo su idea y dirigiéndose a María 
principalntente.) — Ya sabes cómo vivíamos en nuestra ca- 
sa. Erais vecinos, y tu padre ligual en carácter al nues- 
tro; por algo eran"^ socios. Allí nadie tenía más voluntad 
que la de mi padre. ¡Qué rigidez, qué severidad! Cuando 
él estaba en casa hablábamos en voz baja: nuestros jue- 
gos le incomodaban, nuestras risas le hacían daño. Le 
veíamos salir con alegría, respirábamos con libertad, 
jugábam.os, reíamos. Nuestra madre no era así. Toda 
bondad, toda dulzura, nuestra defensora siempre, nues- 
tra cómplice muchas veces. "No incomodéis a vuestro pa- 
dre — nos decía — ; es muy bueno, pero está siempre pre- 
ocupado con sus negocios. Todo por vosotros, hijos 
míos; por vosotros trabaja tanto y se afana..." ¡Pobre 
madre! Quería convencernos de que nuestro padre era 
muy bueno... y nos quería y nos besaba por los dos... 
Mi padre no me besó nunca. Trabajar, afanarse por los 
negocios, era la manifestación de su cariño. Pero aquel 
trabajo, jamás confortado con nuestras caricias, parecía 
sin ellas más penoso, forzado, aborrecible, ingrato... 
¡Farsa de cariño paternal! Se afanaba en sus negocios, 
porque eso era su goce único en la vida; hiciera igual 
sin mujer y sin hijos a quienes legar el fruto de sus 
afanes. Era la pasión del negociante codicioso. Más du- 
ro es el trabajo para el infeliz obrero, carga más pesa- 
da para él son los hijos, y concluida la jornada, aún le 
quedan fuerzas para tomarlos en brazos y ternura en el 
corazón para besarlos. (A José Luis.) Tú no sentiste la 
falta de halagos y caricias. Entendías muy bien de cuen- 
tas y sabías lo que ganaba nuestro padre... Yo me re- 



14 JACINTO BENAVENTE 

helaba contra su severidad injusta, protestaba en mi co- 
razón... contra aquella farsa de cariño, y por eso era el 
malo, el Judas, porque... por más que hacía, no podía 
querer ni respetar a mi padre. 

JOSÉ (Se levanta. Con severidad.) — No le respetaste 
vivo, tampoco respetas su memoria. Nunca estuvimos de 
acuerdo en apreciarle. Como es mi sentimiento más res- 
petable, porque es más natural y más digno de un hijo, 
respétale. 

MARÍA (Se levanta también. Dirigiéndose a uno y a 
otro, queriendo conciliarios.) — ¡José Luis!... ¿No estáis 
incomodados? Dejad los recuerdos, desechad esa descon- 
fianza recelosa... Si lo sé: el uno desconfía del cariño 
del otro; es el modo de no llegar a quererse nunca. (A 
Manuel.) Eres injusto; José Luis tenía tantos deseos de 
verte... (A José Luis.) Y Manuel, cuando no estás tú, 
¡me habla de ti con un cariño!... ¡Qué remedio! Si sois 
hermanos... (Atrayéndoles uno a otro.) Un abrazo muy 
fuerte, muy fuerte. (Se abrazan.) Y otro a mí, que nos 
una a los tres... (A Manuel.) También yo soy tu her- 
mana... y en mi cariño has de creer. (Con infantil con- 
fianza.) Yo soy muy expansiva... (Bajo.) José Luis es 
otro carácter... En el fondo es muy bueno. 

MANUEL (Bajo también a María, pero no como apar- 
te. José Luis se ha retirado hacia el fondo.) — ¡En el 
fondo! Eso decían de mi padre. ¿Qué me importa que en 
el fondo de un pozo haya un tesoro, si para llegar a él 
he de ahogarme? 

JOSÉ (A María.) — ¿Vas a salir esta tarde? Te man- 
daré el coche. Voy a la Bolsa. 

MANUEL (Con desprecio cómico.) — ¿El coche?... No 
nos hace falta tu coche. 

JOSÉ. — ¡Alguna locura! 

MANUEL (A María.) — Me permito poner a tu disposi- 
ción la berlina y el tronco que tanto te gustaron ayer. 

MARÍA. — No, Manuel. Eso es un disparate. Has gas- 
tado un caudal en obsequiarme. 

MANUEL. — ¡Pobres hijos míos! No vayan a quedarse 
en la miseria. 

MARÍA. — Puedes tenerlos todavía. 

MANUEL (En broma.) — ¡Eso sí que no! Ya lo sabes. 



ELNIDOAJENO 15 

Los hijos somos muy ingratos. Yo no quisiera ser hijo 
mío, y si yo fuera hijo mío, no quisiera ser mi padre. 

MARÍA (Risueña.) ¡Qué tonterías! Pues no acepto el 
regalo. 

MANUEL. — Me enfadaré. (A José Luis.) Con esa con- 
dición hago las paces contigo. (Cariñoso, echándole un 
brazo por el cuello.) ¡Mal genio! ¡Si tendrás por fin 
que quererme! Un abrazo. 

MARÍA (Complacida.) ¡Pobre Manuel! Bien dicen: ma- 
la cabeza, pero buen corazón. Ya ves si te hago justicia. 

MANUEL. — ¡Ay, María! Es que de ti fluyen raudales 
de bondad; al lado tuyo nadie puede ser malo. Aunque 
sólo fuera por haberte" elegido por esposa, y por lo que 
te quiere, tendría yo que querer a mi hermano. Sí, se- 
ñor hermano: todo se lo perdono a usted, pero cuidado 
con ssr mal marido... Anda a la Bolsa, a tus negocios... 
¿Sabes io que pienso? ¡Quiera Dios que no te parezca 
infame! Me alegraría que todo te saliese mal, que lo 
perdieses todo, que te arruinases... y entonces verías 
quién soy yo, el tunante, el desalmado... (José Luis, con- 
movido, le abraza.) 

MARÍA (Con alegría.) — ¡Así me gusta! 

MANUEL. — ¡Estoy más contento!... Lloro de alegría... 
¡Si vosotros supierais lo que es vivir solo, sin nadie pa- 
ra quien nuestras penas o nuestras alegrías puedan ser 
alegría ni pena!... No poder desahogar el corazón... Ir 
amontonando en él tristezas y goces no compartidos... 
¡Ay, por fuerza ha de endurecerse! Dejad ahora que llo- 
re y que ría entre vosotros, que me queréis y tenéis lás- 
tima de io que he llorado solo... y sois felices hoy con 
mi alegría. 

MARÍA (Conmovida.) — ¡Pobre Manuel! ¡Qué bueno 
eres! 

MANUEL.— ¡Soy bueno! ¿No es verdad?... Lo dices 
íú, mi madre lo decía también, las dos personas mejo- 
res que he conocido. ¡Tendré que creerlo! 

MARÍA. — • Lo dicen muchos pobres también, iVlanuel. 
Todo se sabe. 

ÍVIANUEL. — Eso no. ¡Vaya un mérito dar lo que a uno 
le sobra! 



16 JACINTOBENA VENTE 

MARÍA. — Es que en América bendicen tu nombre mu 
chos desvalidos; es que hiciste la caridad con amor. 

MANUEL. — ¿Amor? También me sobraba; no me con 
vences. Verás ahora cómo economizo el amor y el diñe 
ro. Y si al fin... jqué demonio!, yo he venido aquí poi 
un Manolito. Ya podéis traérmele. 

MARÍA (Con malicia.) — Enviaremos un memorial. 

MANUEL. — ¡Eso, eso, muchos memoriales! 

JOSÉ (Despidiéndose.) — ¿Conque te mando el cochel 

MANUEL. — No, señor; no hay más que hablar. 

MARÍA. — Estrenaré tu regalo. Pero has de acompa 
ñarme. 

MANUEL (A José Luis.) Iremos a buscarte... Hastc 
luego. 

JOSÉ.— Hasta luego. (Se abrazan.) 

ESCENA VI 
María y Manuel. Al final, Luisa. 

MARÍA. — ¿Ves cómo es muy bueno? 

MANUEL. — ¡Huroncillo, huroncillo! ¿Qué voy a con 
tarte? ¡Demasiado le conocerás tú! 

MARÍA. — Carácter reconcentrado, corazón que no s( 
abre al primero que llega. ¡Cuesta mucho franquear h 
entrada! 

MANUEL. — Hay personas así, como algunas viviendas 
con magníficas habitaciones y mala escalera. 

MARÍA. — ¡Podré muy poco sino consigo que os que 
ráis con verdadero cariño de hermanos! 

MANUEL. — ¡Ansioso vengo de cariño! ¡He vivido tan 
to tiempo solo!... Extraño en todas partes. Mi protec 
tor, mi verdadero padre, don Gabriel, murió a poco d( 
llevarme consigo. Desde entonces no he tenido un ami 
go, no he tenido a nadie. Ni aventuras pasajeras, ilu 
siones de amor, para engañar mi soledad tristísima. Ha^ 
espíritus prácticos que saben repartir de tal modo el CO' 
razón en afectos ligeros, sin entregarle por entero ei 
ninguno, que de mil cariños suaves, tranquilos, compo 
nen un grato calorcillo que conforta y alivia el cora- 
zón... Yo fui siempre arrojado en mis empresas, siem^ 



ELNIDOAJENO ' 17 

pre comprometí en ellas todo mi capital; en un día, la 
mina o la opulencia. Por eso tuve miedo a querer, por- 
que en un solo cariño hubiera puesto todo mi corazón, 
el alma entera... ¡Y acaso hubiera sido mi ruina! Fui 
muy dichoso en mis empresas. ¡Quizás la suerte se hu- 
biera vengado! Era desafiarla pretender dicha en todo. 

MARÍA. — Por lo mismo que no has malgastado tu co- 
razón, has de hallar para él digno empleo. Manuel, yo 
creí siempre que eras bueno; mereces ser feliz. 

MANUEL (Sentado en un sillón o chais e-longue, ador- 
mecido.) — Allá veremos. Rendido estoy. No quiero vol- 
ver errante por esos mundos. 

MARÍA. — No, Manuel. Descansa, descansa, y ve pen- 
sando en labrar tu nido. 

MANUEL. — Sí, María. Mientras, dejad un lugar en el 
vuestro a esta ave de paso. 

MARÍA (Cariñosa.) ¿Tienes sueño? ¡Te acostaste tan 
tarde!... 

MANUEL. — ¡Hay un silencio, una tranquilidad en es- 
ta casa...! 

MARÍA. — Duerme... (Pausa.) 

MANUEL (Bajo, medio dormido.) ¡María!... 

MARÍA (Acercándose con cariño.) ¿Qué? Manuel... 

MANUEL. — Llámame hermano. 

MARÍA.— ¡Hermano! 

MANUEL. — Así... Era una ilusión mía tener una her- 
mana... 

MARÍA.— Ya la tienes. 

MANUEL (Durmiéndose poco a poco.) Sí... ¡Qué bue- 
na... qué hermosa! ¡Tú... y mi madre! (Queda dormido.) 

MARÍA (Contemplándole.) — ¡Pobre Manuel!... ¡Es un 
niño! 

LUISA (Desde la püer/fl.j— Señorita... 

MARÍA (imponiendo silencio.) — ¡Chist!... Voy. No ha- 
gan ustedes ruido. (Indicando a Manuel.) El señorito es- 
tá dormido. (Sale.) 



TELÓN 



18 JACINTO BENA VENTE 

ACTO SEGUNDO 

Gabinete elegante. 

ESCENA I 
José Luis y Manuel, sentados. 

MANUEL. — Yo no creí que volverías tan pronto. Es- 
tos asuntos son tan enredosos... 

JOSÉ. — Gracias a mi intervención, todo pudo arreglar- 
se a tiempo. Hice bien en no detenerme. La cantidad era 
insignificante, y se trataba de uno de mis corresponsales 
más estimados por su honradez y su actividad. De nin- 
gún modo podía yo consentir que fuese declarado en 
quiebra. Pero cada día me cansan más los negocios, no 
estoy para nada... este viaje, este asunto, me han pro- 
ducido un malestar, una excitación... 

MANUEL. — María quedó pesarosa de haberte dejado 
marchar. Temía que no te sentase bien el viaje. Lo que 
no debiste hacer es marcharte solo; porque conozco tu 
genio y te opusiste con energía, no insistí en acompa- 
ñarte; pero debí hacerlo. 

JOSÉ. — Llegabas de un viaje largo, penoso, y ¿habías 
de molestarte?... Y que María se quedaba sola... con su 
carácter triste... 

MANUEL. — ¡Qué buena es María! ¿Verdad? ¡Bien he 
tenido ocasión de apreciar lo que vale! (Pausa.) Lle- 
gué a España, pesaroso ya de haber emprendido el via- 
je de regreso. Era triste hallarme extranjero en todasj 
partes. ¡Pero volver a mi patria y sentirme también ex- 
tranjero en ella!... ¿Quién se acordaba ya de mí? ¿Quién 
me esperaría?... Tú estabas casado... nos separamos casi| 
niños, y nuestro afecto fraternal llevaba revueltos ren- 
corcinos y rivalidades... Tú eras el preferido de nues- 
tro padre, yo el de mi madre... La lucha era continua] 
entre nosotros... jY tú vencías siempre! Nos separamo; 
sin tristeza, nos comunicamos apenas; una carta de tar- 



E L N I D o A J E N o 19 

de en tarde. ¡Ya ves qué podía esperar de ti al volver! 
Mi primera intención fué irme a una fonda. ¡Y mira có- 
mo soy! Al ir a dar las serlas de un hotel ai mozo que 
llevaba mi equipaje hasta un coche, me pareció que el 
suelo de mi tierra me faltaba, que se me oscurecía el 
cielo... y con lágrimas en los ojos, en un arranque del 
corazón, di las señas de tu casa... ¡Es la casa de mi 
hermano!... Así dije, con orgullo. ¡Mi hermano!... ¡Me 
daba vergüenza y dolor que me tomasen por extraño en 
donde he nacido! Entré en tu casa desconfiado, receloso. 
Tú, por tu parte, me recibiste lo mismo. ¡Bah!, pensé; 
cumpliremos con este deber de famiilia, estaré una se- 
mana... y a vagar otra vez; mi destino es ése. Y, ya lo 
ves, los recelos se desvanecieron; hoy confiamos en nues- 
tro cariño y no pienso en marcharme... ¡No quiero pen- 
sarlo! Vivo feliz en el nido ajeno. Pues todo ello es obra 
de María; sin ella hubiéramos, enconado los pasados ren- 
cores. ¡Sabe Dios cómo hubiéramos roto para siempre! 
Yo conozco mi genio, conozco el tuyo... ¡María ha he- 
cho que seamos por fin hermanos! (Le abraza.) 

jOSE. — ¡Mucho ha simpatizado contigo! 

MANUEL. — La divierte oír relaciones de mis viajes. 

JOSE. — Los viajes la entusiasman. Hace tiempo le pro- 
metí llevarla a París, Londres, Italia... un viaje por Eu- 
ropa. Pero mis asuntos y mi salud no me han permitido 
cumiplirle la promesa, 

MANUEL. — Pues sí debíais hacer ese viaje. ¡Viajar en 
compañía de una persona querida debe de ser delicioso! 
Para uno solo, todo reviste cierta melancolía en tierra 
extraña... ¡Cuanto más grande el paisaje, cuanto más 
admirable la obra de arte, más nos abruma con su 
grandeza! ¡Solos ante tanta magnificencia, pigmeos en- 
frente de la grandiosidad!... Pero dos corazones amoro- 
sos, gozando a medias la admiración, en dulce saboreo 
de amor, como golosina mordida a un tiempo de dos bo- 
cas enamoradas, más por el gusto del besuqueo que de 
la golosina... No, no hay grandeza ni sublimidad capaces 
de abrumarlos. El panorama espléndido de la Naturale- 
za, los sublimes primores del Arte... fondo, accesorio de- 
corativo para ellos, de algo más grande, más sublime 



20 JACIN TOBEN AVE NTL 

que Arte y Naturaleza... El amor que palpita en sus al- 
mas embelesadas. 

JOSÉ. — ¡Chico, chico!, ese parangón no lo hiciste de 
memoria. Alacho habrás viajado soio... Pero, vamos, al- 
gún viajecito has hecho en compañía, en dulce saboreo 
de amor, como tú dices. Hay cosas que no pueden ex- 
presarse bien si no se han sentido. 

MANUEL. — • ¡Sentirlo, sí!... Pero hay dos vidas en 
nosotros, paralelas siempre. Una, la que vivimos, urdim- 
bre de la casualidad y del destino, en la que somos ju 
guete de circunstancias, de accidentes imprevistos, in- 
evitables... Otra, la que soñamos, rompiente de luz que 
abre la imaginación a otros mundos, donde somos supe- 
riores a la fatalidad de nuestro destino, donde la trama 
de la vida se teje con hilillos de luz irisada. Lo que en 
esta segunda vida sentimos, por espiritual e inefable, no 
deja sensación menos honda que lo sentido en la prime- 
ra... Y de las dos, es mejor la imaginada que la vivida 

JOSÉ. — No está mal esa idealidad poética para un ne- 
g:ociante. ¡Y dirán que los números secan la imagina- 
ción! 

MANUEL. — Es que los números manejados por mi 
eran como copioso raudal de rimias manejado por un poe- 
ta. Los núm.eros tienen también su poesía, cuando acu- 
den obedientes a ser afirmación m.atemática del pensa- 
miento poderoso que los concibiera. Se pensaron mil, mi 
resultan... millares de millones, pues millares... ¡Ah!, e 
arte de hacer dinero tiene también su estética. Hay ne- 
gocios buenos y malos, ya se sabe; también ios hay bo 
nitos y feos. Parece que da lo mismo decir: Fulano hí 
hecho un buen negocio, o un bonito negocio. Pues n( 
es lo mismo. Cuando se dice de un negocio que es bue- 
no, parece que sólo se atiende al resultado, no a loí 
procedimientos. Ingenioso o burdo en su traza, llevadc 
a término entre altibajos, tumbos y tropiezos, como h 
ganancia ai fin se logre, ¡bueno fué el negocio! ¡Qu< 
diferencia, cuando bien delineado en todos los porme 
ñores, combinado con ingeniosa habilidad, ni un detaÜ! 
se aparta de lo previsto, todo liega a su punto, come 
traído por encanto maravilloso!... Así han de ser los ne 
gocios bonitos, así fueron siempre ios míos. He sido e 



E L N IDO AJENO 21 

Byron de la Aritmética; en perpetua orgía de millones 
ideaba {X)emas asombrosos. 

JOSÉ. — Asombrosos, cierto. Que te permitirán, al fin, 
unir esas dos vidas, que tú dices paralelas, en un hermo- 
so y real poema de amor y de venturas. 

MANUEL.— ¡Es tarde para mí! 

jOSE. — ¿Crees que te será difícil hallar una mujer co- 
mo María? 

MANUEL (Levantándose.) — ¡Los dichosos aseguran 
que es muy fácil serlo! ¡Qué fácil recoger un brillante 
en la calle, cuando el pie la tropieza! ¡Loco desatino 
quien saliese de su casa todos los días, empeñado en tro- 
pezar con uno! Soy humilde, José Luis; porque he lu- 
chado mucho con la suerte, sé que la suerte es supe- 
rior a nosotros. No se envanezca nadie de la dicha. 
¡Desvanecido y soberbio será quien crea merecerla! 

JOSE (Receloso.) — Según eso... ¿no merezco la mía? 

MANUEL. — Una vez lograda, puede uno mostrarse 
digno de ella. 

JOSE (Acercándose a Manuel, bajo.) — ¿Tiene María 
alguna queja de mí? 

MANUEL.— ¡Qué idea! 

JOSE. — Vino al pensamiento, no pude callarla. Porque, 
como tú dices, no creo merecer la dicha de tener a Ma- 
ría por esposa, desconfío de mí... 

MANUEL. — Pero debes confiar en ella. 

JOSE. — Es que, a veces, pienso que María no es feliz 
a mi lado. ¡Sabe Dios si la quiero con toda el alma! ¡Pero 
no sé expresarlo! Figúrate una melodía dulcísima en la 
mente de un artista sublime, y como medios de expre- 
sarla los dedos torpes y trémulos pulsando un teclado 
desafinado... Veces hay en que mi alma toda, suspen- 
dida, va hacia ella en* extática adoración... pero el al- 
ma sólo... ¡Nunca me ha visto de rodillas y la estoy 
adorando siempre! No, María no sabe cuánto la quiero. 
Tú eres otro carácter; seguro estoy de que habéis ha- 
blado de mí. ¿Qué te ha dicho? Manuel, ¿es dichosa con- 
migo? Si no lo es, yo prometo enmendarme; no puede 
ser por maldad mía; no soy m.alvado, será por defectos 
que desconozco, por algunos que veo en mí y procuro 
vencer... por cosas así, pequeneces, que estará en mi 



22 



JACINTO BENAVENTE 



mano evitar... Dímelo todo. ¿Qué no haría yo por verla 
dichosa? 

MANUEL. — '¿Por qué no ha de serlo? ¡Defectos! 
(^Quién no ios tiene? A mí nada me ha dicho. Su tristeza 
mayor es por verte delicado: eso es lo único que sé... 
que no gozáis mucho de la vida por el estado de tu sa- 
lud; que no tenéis m.ucho trato con la gente... Eso no 
puede ser motivo de infelicidad en un matrimonio, cuan- 
do la mujer, como María, se resigna a vivir retirada. 

jOSE (Pensativo.) — -Sí, nuestra vida no es muy ale- 
gre. 

MA.NUEL.— Haz por animarte. Deja los negocios; la 
vida se gasta en ellos muy de prisa. No empieces a ser 
viejo cuando María sea joven todavía. 

jOSE. — Tienes razón. Cambiaré de vida. Siento liaber 
emprendido ese nuevo negocio, que me tendrá todo el 
año sujeto. Viajaremos, frecuentaremos la sociedad, los 
teatros... (Vacila, como acometido de un mareo y se apo- 
ya en Manuel.) 

MANUEL (AlarwMdo.) ¿Qué tienes? 

JOSE. — Nada, un mareo... Nada, ya pasó. (Con rabia.) 
¿Lo ves? ¡Bueno estoy! ¡Maldita salud! Es mejor mo- 
rirse. 

MANUEL. — ¿Quieres algo?... ¿Pasó ya? 

JOSE. — Sí, no es nada. (Sintiendo que llega Alaria.) 
María; no le digas una palabra, que no se alarme... Ya 
estoy bien. (Animándose.) Perfectamente... Dam.e un ci- 
garro... (Se levanta y pasea, aparentando animación.) 

ESCENA lí 

Dichos y María. 

MARÍA (A Manuel.) — Di lo que quieras. Concluyó la 
buena armonía entre nosotros. Vengo a enemistaros. (A 
José Luis.) Tienes oue reñir a Manuel, pero muy serio. 

MANUEL.— ¡Bah! 

JOSE. — ¿Qué ha sido?... Ya supongo, algún nuevo re- 
galo... (A Manuel.) Tiene razón María. 

MANUEL.— Tvle voy a la calle... 

MARÍA. — ¡Quieto!... (Mostrando un estuche.) Mira... 



ELNÍDOAJENO ' '23 

(A José Luís.) No puedo salir con él, no puedo fijarme 
en un escaparate... Dile que lo devuelva, o reñimos; es 
un despilfarro. 

MANUEL. — Pero si eso no vale la pena. Un alfiler, 
una pulsera... Tengo gusto en que lo luzca esta noche 
en el teatro Real... ¡Ay! Se me escapó, descubrí la tra- 
ma... Lo diré todo. María tenía capricho de ir a la fun- 
ción de esta noche; es la ópera nueva, función fuera de 
abono- pude tomar un palco... He invitado a tu amiga 
Emilia y a su esposo; son tan amables conmigo... 

MARÍA. — ¿Lo ves?... Nada, reñimos. Te dije que no 
iría. No iré. José Luis ha llegado esta mañana de via- 
je, estará cansado, no tendrá ganas de ir al teatro. ¿Ver- 
dad? 

JOSÉ. — Pues sí. Deseo oír esa ópera. He oído hablar 
de ella... Iremos. 

MARÍA (Con alegría.) — ¿De veras quieres que vaya- 
mos?... ¡Cuánto me alegro! No me atrevía a decírtelo, 
pero tenia mucho deseo de ir esta noche al teatro; di- 
cen que será una cosa magnífica... Vaya, Manuel, por 
esta vez no reñimos; muchísimas gracias... ¿Cuánto tiem- 
po hace que no vamos al teatro? ¡Qué sé yo!... ¿Es pla- 
tea el palco, verdad?... Estrenaré el broche y el collar... 
No sé qué vestido ponerme... 

JOSÉ. — ¿Estás contenta? (Con dulce reprensión.) ¿Por 
qué no me io dices, siempre que desees ir al teatro? ¡Al- 
gunas veces te privarás de ese gusto!... No eres franca 
conmigo. 

MARÍA. — No creas que me cuesta ningún sacrificio. 
Esta noche voy con gusto, porque estás bueno, porque 
vamos los tres... Con ir de tarde en tarde le parece a 
uno algo extraordinario; como cuando éramos chicos y 
nos llevaban a ver una función de magia por Navidad o 
por algún santo... Celebraremos con eso la llegada de 
Manuel... ¡Al teatro!, como los chicos... ¡Pero vamos de 
noche, y al teatro Real!... 

MANUEL. — ¡Y no nos divertiremos como entonces!... 
Voy a salir. Volveré en seguida. AI bajar pediré el coche 
para las nueve. (A María.) ¿Quieres algo? ¿Necesitas 
alguna cosa? ¿Flores? ¿Un abanico?... 

MARÍA. — ¿Flores? Tengo llenos los cacharros del to- 



24 JACINTOBENAVENT 

cador... y aquí, mira. Todas las mañanas hace que mM ^ 
traigan una porción de ellas... ¡Y abanicos!... No, de ve] 
ras, Manuel, estás muy mal acostumbrado. Guarda loí 
regalos para los que solo por ellos te quieran. Aquí da- 
mos el cariño de balde. 

MANUEL. — Y el cariño de balde, ¿con qué se pagal 

MARÍA, — Con cariño. 

MANUEL. — Pues atenciones de cariño son mis obse 
quics, y si algo valen, como prenda será de que, llega 
do el caso de pagar las que debo, con alma y vida laf 
pagaría. (Sale.) 

ESCENA III 

José Luis y María. 

MARÍA. — ¡Tu madre decía bien! Hay locuras de la ca 
beza y locuras del corazón. Manuel es loco de corazón 
¡Hermosa locura capaz de todo lo bueno y de todo l< 
grande, puesta en ocasiones de realizarlo! Pero no s< 
pretenda encerrar a estos locos, traerlos a la razón ni 
la medida de las almas vulgares. ¿Qué hubiera sido d 
Manuel a vuestro lado? Los impulsos emprendedores d 
su espíritu se hubieran resuelto en luchas mezquinas con 
tra la autoridad paterna, en calaveradas indignas de s 
ánimo generoso. En medio a propósito donde explaya 
su genio, ha logrado fortuna, consideración. Y frente 
frente con su conciencia, ha sabido educarse por la con 
ciencia propia, que es la mejor educadora cuando el co 
razón está sano. 

JOSÉ (Irónico.) — ¿Desde cuándo te has dado a esa 
lucubraciones? ¿Habéis abierto discusión filosófica Ma 
nuel y tú? Pues advierte a Manuel que toda la filosofí 
y todas las leyes dictadas por su conciencia, por lo vis 
to de acuerdo con su conducta, no podrán disculparle d 
haber amargado la vida de mi padre, de haberle mata 
do a disgustos. 

MARÍA (Disgustada.) — ¡José Luis! 

JOSÉ. — Esa es la verdad. No pretendo, porque logr 
favores de la fortuna, ¡quién sabe si acomodando leye 
de su conciencia a los medios empleados para lograrla 



ELNIDOAJENO 2é 

qu€ el buen éxito de la culpa le absuelva de ella... Pero 
no parece sino que te ha fascinado; le crees un ser su- 
perior, le escuchas absorta. Y él, que es avisado en co- 
nocer dónde produce admiración, con los fuegos aitifi- 
ciales de paradojas, teorías extravagantes, ideas absur- 
das, procura que le admires, que le comprendas, que le 
quieras... (Movimiento de María.) ¡Que le quieras!... Y 
la verdad es que en cuatro días ha sabido hacerse que- 
rer. 

MARÍA (Entre ofendida y lastimada.) Y... ¿lo sientes? 

JOSÉ. — Sentirlo, no... Siento... Lo que voy notando 
en ti, desde que ha llegado, que estás de su parte, que 
me crees injusto con él... Ya tendrás ocasión de juzgar 
si lo he sido, si lo fué mi padre... Apenas ha llegado... 
¡Tiempo tendrá de hacer de las suyas! 

ESCENA IV 

Dichos y Julián. 

JULIÁN. — Esta carta y este telegrama han traído de 
casa del señor Montero. 

JOSÉ. — Trae. (Coge la carta y el telegrama.) 

JULIÁN. — Y esta esquela para el señorito Manuel... 

JOSÉ (Sin mirarla, abriendo ya la carta.) — Llévala 
a su cuarto... o déjala ahí; no tardará en volver. (Ju- 
lián deja la caria sobre la mesa, y sale.) 

JOSÉ (Lee la carta con muestra de mal humor; al con- 
cluir arruga el papel Con ira.) ¡Qué torpeza! ¡No pue- 
de uno fiarse de nadie! 

MARÍA (Acudiendo a José Luis, asustada.) — ¿Qué su- 
cede? 

JOSÉ. — Montero me envía este telegrama en que le 
piden órdenes sobre un asunto que ya debía estar resueir 
to... ¡Escribí hace ocho días! ¡Es im.posible ganar tan- 
to tiempo perdido! 

MARIA.~¡No te altares! 

JOSÉ (Llama. Entra Julián.)— No... Iré yo... (A Ju- 
lián, disvoniéndose a salir.) Nada. 

MARIÁ (Deteniéndole.)— ¿Vas a salir? 

JOSÉ. — Tengo que ver a Montero. 



2S JACINTOBENA VENTE 

MARÍA. — ¡Por Dios, José Luis! No salgas ahora. No 
te agites... Pon dos letras... (A Julián, que se dispone a 
salir.) Espere usted... 

JOSÉ (Convencido.) — Mejor será... Estoy muy nei vio- 
so; no respondo de mi calma. ¿Tienes con qué escribir? 
(Buscando con la vista.) 

MARÍA (Llevándole a la mesa y abriendo un pupitre.) 
Aquí hay de todo... Toma... Es muy tarde para salir... 
A.ntes de ir al teatro tendrás que tomar algo... Hemos 
comido muy temprano... (Preparando papel, pluma, etc.) 
Aquí tienes. (Se sienta enfrente de él.) 

JOSÉ (Entre dientes, mientras escribe muy nervioso.) 
¡El teatro, el teatro! (Maria ha cogido la carta para Ma- 
nuel, la cual dejó Julián sobre la mesa, y la examina con 
atención.) '--'t 

JOSÉ (A Julián, entregándole una carta y dos pliegos 
de papel.) — Corriendo a casa del señor Montero, y des- 
de allí a la Central... este telegrama... urgente... con- 
testación pagada. 

JULIÁN.— Está bien (Sale.) 

JOSÉ (Reparando en la carta que tiene María en la 
mano.) ¿Qué carta es ésa? 

MARÍA. — La carta para Manuel. (Sin soltarla.) 

JOSÉ (Con dureza.) — ¿Vas a abrirla? 

MA.RÍA (Risueña.) — ¡Qué disparate! Miraba si sería de 
mujer... Tiene toda la traza... Aunque recién llegado, no 
le faltará algún amorío... 

JOSÉ (Severo.)— ¿Yt importa? 

MARÍA. — Nada... (Notando la actitud de José Luis, ya 
grave, se levanta y se dirige hacia él, siempre con la 
carta en la mano.) ¿Por qué me preguntas así? ¿Qué 
quieres decirme? 

JOSÉ (Fuera de si.) — ¡Deja en paz esa carta! ¡Me es- 
tás poniendo nervioso! 

MARÍA (Ofendida, más cerca.) — ¡Pero José Luis!... 

JOSÉ (Le arranca la carta, la estruja y la arroja sobre 
la mesa.) — ¡Ábrela, entérate!... ¿Estás celosa?... 

MARÍA (Ofendida, primero con energía, con profundo 
sentimiento después, rompiendo a llorar.) — ¡José Luis!... 
jjosé Luis!... (Se deja caer en un sillón.) 



ELNIDOAJENO 27 

JOSÉ. — ¡Eso me faltaba! ¡Estoy yo para llantos! (Sa- 
ic. Pausa.) 

ESCENA V 

Aíaría y Manuel. 

MANUEL. — ¡María! ¿Qué tienes? ¿Por qué estás así? 

MARÍA. — ¡Nada!... No es nada... 

MANUEL. — ¿Y José Luis? (Dirigiéndose como en su 
busca.) 

MARÍA (Deteniéndole.) — ¡No, no! Déjale... déjame; si 
no es nada. José Luis se sintió mal, me asusté... estoy 
muy nerviosa... y me eché a llorar. ¡Qué tontería!... 

MANUEL (Fijándose en la carta arrugada y cogiéndo- 
td. )—¿\]nEi carta? ¿Para mí?... ¿Qué es esto? 

MARÍA. — José Luis recibió al mismo tiempo un tele- 
grama y una carta desagradable, y, furioso, lo estrujó 
todo... Por eso está así... ¡Perdona!... 

MANUEL. — Pero ¿qué le sucede? ¿Qué noticias son 
ésas? 

MARÍA. — Un asunto... una torpeza de un correspon- 
sa... Ya conoces su genio; en el pronto... 

MANUEL. — ¡Cuánto debe hacerte sufrir! 

MARÍA. — Es que soy muy tonta, no me hago cargo de 
que se le pasa en seguida. 

MANUEL. — ¡Qué carácter!... Hace un rato estuvo con- 
migo, aquí mismo, departiendo tan alegre, tan expansi- 
vo... ¿Te acuerdas?... El nos animó a ir al teatro... 
¡Bah! ¡No puede ser esto!... Voy a buscarle... 

MARÍA. — No, Manuel... Ya vendrá él... No vayas tú. 

MANUEL. — Cualquiera diría que le tienes miedo... Mi- 
ra, ¿sabes lo que pienso? Que debemos castigarle com.o 
a los chicos temosos... Nos vamos al teatro y le deja- 
mos sólito. ¡Es mucha rareza de genio! 

MARÍA. — No. Yo no voy al teatro. Vé tú solo. Prescin- 
de de nosotros, te lo suplico... ¡No porfíes con José Luis 
esta noche!... 

MANUEL. — Conmigo no creo que esté enfadado... 

MARÍA. — Cuando está de mal humor, lo está para to- 
dos. 



2$ JA CINTOBENA VENTE 

MANUEL. — ¡Pues dígote que mayor aguafiestas!... 
¡Tan contentos como estábamos con nuestra ópera!... Y 
hemos de ir, ya verás... Voy a vestirme... y créeme, haz 
lo mismo... Ño es cosa de afligirse porque se torció un 
asunto... Todo ello será unas cuantas pesetas de me- 
nos, de menos que ganar, ¿eh?... pero ganando siem- 
pre... El caso es quejarse. 

MARÍA. — ¡Ya lo ves! ¿Quién podía ser más dichoso 
que nosotros? 

MANUEL. — ¡Ay, hija! Pues si los ricos no rabiaran ni 
se murieran, la revolución social sería ya un hecho. Con- 
viene hacfr creer que somos unos infelices, que el dinero 
no da la felicidad... y mira, de eso estoy convencido ha- 
ce mucho tiempo. Voy a vestirme... vuelvo por vosotros, 
y si él no quiere venir, maldita la falta que nos hace... 
Iremos solos. (Sale.) 

ESCENA VI 

María. 

MARÍA. — ¡Qué diferencia!... ¡Hermanos más distin- 
tos!... José Luis ha llegado a un extremo de rareza, que 
no es posible entenderle. Se atormenta a sí mismo y nos 
lúormtnia a todos... No quiere a su hermano... ya se 
ve... Es una antipatía, una repulsión invencibles. Co- 
nozco que lucha por arrancarlas, pero están arraigadas 
muy hondo... Ideas, sentimientos... todo es distinto en 
ellos... Y Manuel le quiere... Alanuel es bueno. José Luis 
es injusto con él... Mi corazón se rebela contra su in- 
quina en acriminarle... ¡Aquel ceño severo de su padre!... 
Me parece que lo estoy viendo. Cuando éramos peque- 
ños, nos asustaba... sólo José Luis se atrevía a afrontar- 
le... Su m.adre, en cambio... ¡Qué buena para toaos! 
¡Todos cabíamos en sus brazos, para todos había cari- 
cias!... Tan opuestos eran los dos, que ni al dar vida 
a sus hijos se confundieron. ¡Pobre madre! ¡Cuántas ve- 
ces la vi llorar a escondidas!... Como yo ahora... ¡Dios 
mío, qué tristeza! (Con llanto silencioso.) ¡Qué perpe- 
tuo sacrificio el de mi vida!... ¡Y no me quejé nunca! 
Con todo el cariño, con toda la abnegación de mi alm.a, 



ELNÍDOAJENO 29 

procuré hacerie dichoso... ¡Y no lo es! (Con amargura.} 
¡Y si no lo es él!... ¿cómo puedo yo serlo?... No es cul- 
pa mía. ¡Dios mío! No lo es... ¡Madre mía! (Queda llo- 
rando,) 

ESCENA Vil 

María y Emilia. 

EMILIA (Dentro.) — Deje usted... ¡donde estén!... 

MARÍA (Al oír la voz de Emilia, se levanta y procura 
serenarse.) — ¡ Ah I, ¡ Emilia ! . . . 

EMILIA. — Aquí me tienes. Tu hermano político ha si- 
do tan amable que nos ha invitado al teatro esta noche. 
Pero Fernando no puede acompañarme a primera hora; 
yo no quería llegar tarde, y vengo para ir contigo... 
si no molesto. Traigo el coche. Nosotras podemos ir en 
el mío, y José Luis y Manuel en el vuestro... ¡Qué calor 
hace aquí! (Quitándose el abrigo.) ¡Me he vestido tan de 
prisa!... Temí no encontrarte... y todavía estás así... Es 
cerca de las ocho y media... Ya sé que José Luis llegó 
bien... ¿Qué te pasa? Tienes mala cara... ¡Pero anda, 
criatura, vístete!... Yo soy muy ordinaria, no me gusta 
llegar a función empezada. 

ESCENA VIII 

Dichas y Manuel, de frac y una flor en el ojal. 

MANUEL. — Por mí, cuando queráis... (Al ver a Emi- 
lia.) ¡Ah!... Señora... 

EMILIA (Saludándole.) — Tantas gracias por su aten- 
ción. 

MANUEL.— ¿Y su esposo? 

EMILIA. — ^írá más tarde. Tiene junta en el Círculo... 

MANUEL (A Maria.)—¿Y José Luis?... 

MARÍA (Aparte, a Manuel.) — ¡Por Dios, Manuel!... 
Ya ves qué situación... ¡Cómo decir a Emilia...! Y yo no 
puedo ir. 

MANUEL.— ¡Cómo! Vé a vestirte. Yo hablaré a José 
Luis. 



30 jACINTOBENAVENTE 

MARÍA. — No, no... ¡Esta noche le tengo miedo! 

MANUEL. — ¡María!... ¿Eso pasa? ¡Miedo!... Serás 
otra pobre víctima como mi madre. ¡Tú, tan buena, tan 
santa como ella! ¡Oh, no puede ser! Te digo que me 
oirá José Luis. 

MARÍA. — No, Manuel; te lo ruego... No crea que soy 
yo quien te anima en contra suya... ¡Sabe Dios lo que 
pensaría!... (Siguen hablando en voz baja.) 

EMILIA (Aparte. Observando.) — ¿Qué sucede aquí?... 
Algo extraño ocurre... ¿Si tendría razón ayer Paca?... No 
lo creo... Pero ¡tendría que ver!... (Mira al reloj. Alto.) 
Las nueve menos cuarto... ¿Es que he venido a incomo- 
dar? ¿No pensabas ir al teatro? 

MANUEL. — • Sí, sí... Vamos, María, vístete... Ya lo 
ves... ¿Cómo dejar a Emilia?... Voy por José Luis... Te 
digo que irá... A punto llega. 

ESCENA IX 

Dichos y José Luis. 

EMILIA. — Bien venido. 

JOSÉ. — Buenas noches, Emilia. (Se sienta.) 

MANUEL. — Tam.bién tú sin vestir... Vamos... ¿Qué 
tardas?... 

JOSÉ. — No voy al teatro... estoy malo... Hace mucho 
frío... no tengo humor de teatros'.. 

MARÍA (Sentándose a su lado.) — Me quedaré enton- 
ces... Vé xú, Manuel. 

EMILIA (Aparte.) — ¡Me he lucido! ¿Van a mandarme 
sola con el cuñado?... ¡Un soltero rico!... ¡Bonitas len- 
guas hay en Madrid! (Alto.) Si está usted malo, nos que- 
daremos... (Se sienta.) 

MARÍA (Que ya no se acordaba de Emilia, advirUendo 
su presencia.) — Es verdad, tú... (Aparte.) ¿Qué pensará 
Emilia? ¡Estoy angustiada! 

MANUEL. — Está bien... ¡Nos quedaremos! (Se sienta 
resignado.) Nos quedaremos a velar al moribundo... 

JOSÉ (Irritado.) — No... Yo me acuesto... Pueden us- 
tedes ir... (A María.) Tú también. 

MARÍA.— No, yo no. 



E L N I D o A J E N o 31 

JOSÉ. — ¡Te digo que vayas! 

EMILIA (Conciliadora.) ¡Vamos! (A José Luís.) Y us- 
ted también. Anímese... Hoy tiene usted mejor semblan- 
te que nunca. Se distraerá; Fernando quiere habiarie... 
¡Vaya, a vestirse! ¡No es usted ningún carcamal para 
acostarte a las ocho! ¡Por Dios!... Si se apoltrona us- 
ted... a su edad... Aprenda usted de su hermano... ¡Así, 
hecho un pollo!... 

MANUEL. — (Aparte a José Luis.) — ¡Vam.os, José 
Luis!... Ya ves que María no puede quedarse... No des 
qué decir. Ven con nosotros... 

JOSÉ (Con dureza.) — ¿Os prohibo que vayáis? 

MANUEL. — Pero María no va gustosa si tú no vienes. 

JOSÉ.— ¿Qué falta hago yo? 

MANUEL (Con enfado.) — ¡Eres insoportable!... No sé 
cómo María tiene paciencia... 

jOSE. — ¡Siempre la tuvo!... Menos hoy, que estáis to- 
dos muy impacientes... 

MANUEL (Perdiendo la paciencia.) — ¡Ea, María..., 
vístete i 

JOSE. — Sí, vístete... ¡No me hagas que parezca un ma- 
rido ridículo!... ¡Que vayas, te digo! Yo me quedo. (Sale 
María.) 

ESCENA X 

Emilia, José Luis y Manuel. 

EMILIA (Aparte a Manuel.) — Diga usted. ¿Le da muy 
a menudo? 

MANUEL (Aparte.) — ¡Ahora, los comentarios de la 
amiguita con la mejor intención!... ¡Qué tino el de José 
Luis para dar espectáculo! 

EMILIA (A José Luis.) — Amigo mío..., no lleva usted 
buen sistema... 

JOSE (Aparte.) — Esta concluirá de sacarme de quicio. 

EMILIA. — María va disgustada sin usted... ¡Qué mari- 
dos! Vea usted, dos mujeres, con su marido cada una, y 
la noche que se les ocurre ir al teatro tienen que buscar 
quien las acompañe. (A Manuel.) Gracias a que usted 
está soltero... 



32 JACINTOBENAVENTE 

MANUEL.— Señora... 

EMíLIA. — Si estuviera usted casado no habría que con- 
tar con usted; sería usted desatento y grosero como to- 
dos, i Pero Señor!, ¿en qué consistirá? Un día antes de 
casarse, los lleva una de modistas, de tiendas, al teatro, 
donde una quiere, como corderitos..., y después de casa- 
aos... no hay quien les haga ir a ninguna parte. No se 
case usted. 

MANUEL. — ¡Si dan ustedes un ejemplo!... 

EMILIA. — Y que usted no necesita casarse. ¡Si estuvie- 
ra usted solo!... Pero ha encontrado usted aquí sn rin- 
concito. ¡Quién como usted! Con todas las ventajas y nin- 
gún inconveniente del matrimonio... El orden, la fami- 
lia... Ya, ya sé que lleva usted una vida muy arreglada, 
que no saie usted de noche... 

MANUEL. — Estos días que José Luis estuvo fuera, por 
no dejar sola a María..., aquí pasábamos la velada. Yo 
refería mis viajes, o jugáíoamos un rato al bezigue, o leía- 
mos, uno enfrente de otro..., novelas de Loti. María no 
ias conocía; yo se las dejé, y la encantaron... 

EMILIA (A José Luis.) — ¿Lo ven ustedes? ¿A que no 
se le ocurre a ningún marido traer a su mujer novelas de 
Loti?... ¡Ni de nadie! 

jOSE (Aparte.) — Esta mujer me desespera... ¿Habla 
con intención... o habla por hablar, sin saber lo que dice, 
y soy yo quien va dando intención a cada palabra suya? 

EMILIA. — ¿Estaba usted ayer tarde en el paseo de co- 
ches con María? 

JOSÉ. — No, si he llegado hoy... 

EMILIA. — ¡Ya decía yo! Una amiga, Paca Contreras, 
porfiaba que había usted llegado ayer, que había visto 
a María en el paseo con su esposo...; y yo, que no sería 
su esposo, sería su hermano; y ella que sí... 

MANUEL (Exasperado.) — Y usted que no... Pues te- 
nía usted razón... Eramos María y yo. Ya lo sabe usted... 
(Aparte.) ¡Qué mujer!... José Luis está lívido. ¡Mucho 
será que no le suelte algún exabrupto! 



ELNIDOAJENO 33 

ESCENA XI 
Dichos y María, vestida para el teatro. 

EMILIA. — ¡Qué guapa! ¡Qué elegante! ¡Precioso ves- 
tido!... Los regalos de tu htrmano. Así me gusta... ¡Mag- 
nífico collar! (Cogiéndola de una mano y presentándose- 
la a José Luís.) Mire usted. ¡Tantos le envidiarán a usted 
esta noche..., y usted aquí, mientras, tan tranquilo! 

jOSE (Con sarcasmo.) — ¡Tan tranquilo! 

MARÍA (Aparte.) — Me asusta su cara. Comprendo lo 
que pasa en su interior. (A José Luis.) ¿Te sientes bien? 
¿No te molesta que te deje? 

JOSE. — No... ¿Por qué? Diviértete mucho... 

MARÍA (Con pena.) — ¡Mucho! ¡Sí! ¡Ya sabes lo que 
yo me divierto cuando te veo así! 

MANUEL (Aparte, poniéndose el abrigo.) — ¡Pobre 
María! Está para echarse a llorar. (Alto.) Volveremos 
temprano. Saldremos antes de que concluya... (Ofrecien- 
do el brazo a Emilia.) Emilia... (A José Luis.) Hasta 
luego... 

EMILIA (A José Luís.) — Que usted se alivie... (A Ma- 
nuel, aceptando el brazo.) ¡No parecen ustedes herma- 
nos! 

MARÍA — José Luis, dime por qué estás así... Mira que 
me quedo... (Con decisión.) ¡Me quedo! 

JOSE (Con sequedad.) — ¡Qué espera Emilia! 

MARÍA (Afligida.)-~\Qué mal me tratas! 

JOSE (Cogiéndola una mano con ira.) — ¿Yo? ¿Te tra- 
to mal? 

MARÍA (Asustada.) — \Ay\ (Manuel y Emilia, al oír el 
grito, vuelven desde la puerta; Manuel se acerca a José 
Luis.) 

MANUEL (Con autoridad.) — ¡Pero José Luis..., José 
Luis!... 

EMILIA. — ¿Se siente usted peor? 

JOSE (A María.) — Vete, vete... Si te digo que estoy 
bueno, que no me haces falta... 

EMILIA (Al salir. Aparte.) — {Ay, ay, ay! ¡Me parece 
que Paca tenía razón!... (Salen todos, menos José Luis.) 

3 



34 JACINTOBENAVENTE 

ESCENA XII 

José Luis y después Julián. 

JOSÉ. — ¡Qué mal me tratas! ¡Qué mal me tratas! 
¡Nunca pensé oírlo!... ¡Y dejarme así!... ¡Calma, caima! 
Necesito poner orden en este tumulto de mis pensamien- 
tos...; se atrepellan, se oscurecen unos en otros, y quiero 
percibirlos uno por uno, clarísimos, palpables. ¿Qué pasa 
por mí?... ¡Quiero verlo!... ¡Sí, lo veo!... ¡Mi madre!... 
¡Eso es, m\ madre!... Era buena, era honrada como Ma- 
ría; nunca se rebeló contra la severa autoridad de mi pa- 
dre, vivió feliz en la virtud más acendrada... Pero un día 
llegó el viajero, el amigo a quien se abre la casa como a 
hermano...; llegó risueño, halagador de la imaginación 
y de ios sentidos..., y una vida de honradez, de virtudes, 
no pudo resistir al atractivo encanto de aquel hombre. 
Era yo muy niño... y recuerdo, recuerdo..., y el recuerdo 
fortifica en mí el odio que sentí por el intruso... ¡No, no 
es mi hermano! Es un intruso, como aquél, que viene a 
robarme... ¡Ah! ¡No!... ¡Enloquezco! ¡María es honra- 
da!... ¡Lo será siempre!... Pero ¿por qué se ha ido? Se 
ha ido con él... ¡No, no te escapes, pensamiento; quiero 
oír lo que dices, ver io que imaginas!... ¡Que María no 
me quiere! ¿Es eso? ¡Que no puede quererme!... Eso es 
la verdad de lo que pienso... ¡Horrible verdad! No es 
amor el suyo. Había más respeto que cariño en su afecto 
para conmigo. Educada con rigor por su padre, trasladó 
al esposo el respeto filial, sumisa, resignada. Confiado en 
mi autoridad, creía yo ir formando para mí su espíritu, 
al mismo tiempo que la Naturaleza formaba la mujer... 
¡Mía pude llamar la corporal hermosura; pero el espíritu 
rebelde nunca fué mío! Halló formia su aspiración, y hacia 
ella va el espíritu, y en pos de sí arrastrará la vida en- 
tera..., ¡cuerpo y alma!... ¡Si ya no fué en mi ausencia!... 
Emilia hablaba cOn intención... Aquí todas las noches, 
juntos siempre... ¡Ay, el único halago de mi vida!... ¡To~ 
do negrura y tristeza ahora! ¿Por qué razón vivir vida 
tan miserable? (Se mira al espejo.) Envejecido, enfer- 
mo... ¿Cómo puede quererme?... ¡Ella, joven y hermo- 
sa!...' ¡Qué hermosa estaba!... ¡Y la dejé con él..., des- 



.N' I ü o A J E N Ü 35 

)ués de atormentarla con mi violencia, cuando acaso sin- 
iera odio hacia mí..., odio y desprecio!... Y él a su lado, 
ipuesto, seductor... ¡Oh, no puede ser! ¡María es hon- 
ada! ¡No puedo ser tan desdichado!... ¡La culpa es del 
niserable, sí, miserable ladrón, como aquél... como su 
)adre!... ¡No puedo más!... ¡Me ahogo!... ¡Julián! (Lla- 
na. Entra Julián.) 

jüLIAN. — ¿Qué manda el señorito? 

JOSÉ. — Tráeme el gabán, el sombrero... pronto... (Sa- 
e Julián. Dan las diez.) ¡Las diez! ¡Las diez!... ¡Qué 
emprano todavía!... Iré al teatro, hay tiempo... Tengo 
iebre... Iré así como estoy... iré... Avisa un coche... 
N'o..., espera... Iré a pie. (Sale Julián.) Me conviene an- 
iar... Les extrañará verme..., no me esperan... ¿Qué de- 
:ir?... ¡¡Bah! Diré... diré... Lo pensaré por el camino, 
so me distraerá. Me haré anunciar como una visita; les 
jaré broma... Tengo ganas de hablar, de hablar mucho... 
sía noche no dejo hablar a Manuel... Les divertiré, les 
'laré reír... ¡reír, eso... reír! ¡Qué ocurrencia! ¡Oh, no! 
No haré saínete para los demás lo que es tragedia es- 
pantosa para mi corazón!... Esperaré... Pero esta no- 
he... esta noche eterna no puedo... ¡Me ahogo! Necesito 
andar, andar mucho, hasta caer rendido, hasta quebran- 
tar mis nervios; si no, esta noche será de ruina para to- 
cios... Estoy loco, no respondo de raí... El abrigo... (Pal- 
pando el interior del gabán.) ¿Qué es esto? ¡Un arma! 

JULIÁN. — El revólver de bolsillo del señorito. 

JOSÉ.— ¡Oh! No, no... Quita eso, quita... Guárdalo... 
(Sale.) 

JULIÁN (Asombrado.) — Pero ¿qué tendrá el señorito 
esta noche? 



TELÓN 



36 JAGINTOBENAVBNTl 

ACTO TERCERO 

La misma decoración del anterior. 

ESCENA I 
Manuel, leyendo, y después, María. 

MARÍA (Entrando.) — ¿Estás solo? ¿Y José Luis? 

MANUEL.— Ha salido. 

MARÍA. — ¿Otra vez?... jEs raro! El, que antes no sa 
lía de casa sino lo preciso, hace unos días que no dej; 
de entrar y salir... Estoy con cuidado... José Luis no e: 
tá bueno. 

MANUEL.— No, no lo está. 

MARÍA. — ¡Vaya una temporada que está pasando! 
¡Si deseabas tranquilidad!... 

MANUEL. — ¡Oh, eso no!... Pues si tú supieras que n 
cesito recogerme dentro de mí para darme cuenta de qi 
soy el mismo..., el inquieto y vagabundo Manuel, par 
quien eran quietud y reposo sinónimos de encarcelamie 
to o de muerte... ¿Yo complacido en esta vida que, p 
por decirio así, me dan hecha, sin tener que preocuparm 
por otra cosa que por ir vivien'o?... ¡Yo que había 
pensar y ocuparme cada día... en todo lo que constitu 
la existencia diaria, en lo grande y en lo pequeño! Pía 
tear un negocio y disponer el almuerzo, las liquidación 
de Bolsa y la cuenta de la lavandera... No podía fiar: 
de nadie. Un solterón es como terreno baldío, en don 
todos se creen con derecho a cosechar; y si sobre no c 
sarse y no tener familia, no se deja uno explotar de t 
dos, ¡buena fama echará de egoísta empedernido! Só 
los que no tenemos hijos podemos apreciar lo que va 
ante los pedigüeños la solemne protesta del padre de f 
milia: "Señor mío, tengo hijos..." Con lo que me ha co 
tado a mí no tenerlos hubiera criado dos docenas. 

MARÍA. — ¿Por qué no te casas? No sabes lo que 



LNIDOAJENO 37 

legraría de verte casada. Te lo digo como lo siento... 
' José Luis también se alegraría mucho... Dime... ¿No 
as hallado nunca en el mundo una mujer que, al con- 
lover dulcemente tu corazón, te hiciera pensar: "Con 
sta mujer viviría yo dichoso"?... En tus viajes y córre- 
las incesantes, ¿no diste nunca con un lugar apacible, 
onde parece que sólo en contemplarlo calm.a el corazón- 
üdos sus anhelos?... Pues une en tu pensamiento aquella 
luier y este lugar, y considera qué feliz serías al labrar 
?r, ella tu nido de amor en aquel rinconcito apacible... 

MANUEL. — ¡He viajado casi siempre en tren expreso, 

he pasado de largo por los lugares y por las mujeres!... 

MARÍA. — ¡Si yo conociese alguna! He de buscar... 
Me das permiso? 

MANUEL. — ¡Esas cosas no se buscan, se encuentran! 

MARÍA. — ¿Piensas estar aquí mucho tiempo todavía? 
^or más que digas, estarás ya cansado... ¡Esta vida 
luestra!... ¡El carácter de José Luis!... 

MANLIEL. — ¿Lo creerás?... Me distrae hasta eso, las 
'eyertas y regañinas con mi querido herm.ano... ¡Pobre 
osé Luis! Le quiero a pesar de todo. Es un niño mima- 
lo... Ha tenido siemnre quien le mime... ¡Dichoso él! Sus 
arezas son de chiquillo; es mayor que yo y le trato como 
i fuera hermano pequeño. Empleo en él los sentimientos 
ie paternidad que a mis años empiezan a manifestarse, 
iente uno afári de proteger, de dirigir a un ser más dé- 
il... Y en e^'i casa sois dos: él, con sus impaciencias y 
egoísmo de niño enferm.o; tú, con tus inquietudes y desve- 
os de madre amorosa... Yo seré el fuerte, el cariño que 
impara sin debilidad, sin blandura...; el padre, el suegro, 
o que haíza falta... ¡Digo, si no me echáis de aquí por 
mportuno!... 

MARÍA. — Yo. no, Manuel. Puedes creerlo. 

MANUEL. — Tengo mi plan. En cuanto pase el frío y 
íosé Luis arregle esos asuntos, haremos un viaje, corre 
ic mi cuenta, por tierras alegres de cielo azul y sol de 
u^go, de flores y cantares... Por Andalucía, por Italia... 
>evilla, Málaga, Venecia, Nánoles... donde amanece el 
día con más luz y el vivir por sí solo es alegría; donde 
os pobres cantan, v el viento susurra, y los m.ares m.e- 
:en... ¡Tierras que Dios bendice!... ¡Donde ni el pecar es 



38 JACINTOBENAVENT 

pecado! Eso es lo que necesita José Luis para curarse. U 
baño de aire puro, saturado de luz y de alegría..., y 
también, ¡pobre niíía!, para que tus ojos cobren luz y 
pecho respire sin angustia.... sin lágrimas ni suspiros., 
que con tu hermosura triste me pareces Dolorosa de es 
penoso Calvario de la vida. 

MARÍA. — No halagues la im.aginación con perspectiv 
tan risueña... Bien sé que no será. José Luis no está e 
fermo..., es enfermo... 

MANUEL.— ¡Bien lo acertaste! 

MARÍA.— Es por naturaleza triste y se complace en 
tristeza... ¡Le hace daño la luz!... No le propongas s 
Quiera ese viaje... Vé tú sólo... 
'MANUEL (Con desaliento.)— ¿Solo?... ¡Solo, no! 

ESCENA II 
Dichos y José Luis, que entra sigiloso. 

MARÍA (Encontrándose de pronto con él, asustada,)- 
¡Av!... 

MANUEL.— ¡José Luis! 

JOSÉ. — ¿Te he asustado? 

MARÍA. — Entraste de pronto... ¿No has llamado? 

JOSÉ.— Salía Julián... 

MARÍA (Aparte.) — No hay duda; lleva la llave par 
entrar sin que se le sienta... ¿Qué sospecha de m.í? ¡Dic 
mío! 

MANUEL (A José Luis.) — Contra ti, digo, no, en favc 
tuyo conspirábamos... 

JOSÉ. — Sí, ya noto que andáis siempre juntos... 
conspiración por lo visto. 

MARÍA (Aparte.) — ¡Su sospecha es horrible! Mi ce 
razón se subleva...; es ira ya, más que tristeza, lo qi 
siento... 

MANUEL. — Tenemos un plan... 

JOSÉ (Aparentando jovialidad.) — ¿Cada uno, o k 
dos el mismo?... Es curioso; hoy nos dimos todos a hs 
cer planes... Yo tengo otro. 

MANUEL.—Veamos. 



E I. M I D o A j E N o 39 

jOSE. — No. Veamos primero el vuestro. No quisiera 
qv.e el mío le trastornase 

MANUEL. — Se trata de un viaje... 

jOSE. — ¿De un viaje? ¿Si habrá que creer en eso que 
llaman la sugestión a distancia? De viaje es el mío... 
(Con firmeza^) En esta semana me iré con María a París. 

MARÍA (Aparte.) — ¡Desconfía de mí! j Quiere separar- 
me de su hermano!... 

MANUEL (Con extrañeza.) — ¿En esta semana?... 

JOSE. — Me han hablado de un negocio en proyecto... 
Iré a estudiarlo, y de paso cumpliré lo ofrecido a María. 

MANUEL. — Yo creí que irías a descansar. ¡Un viaje 
de negocios... no vale la pena!... 

JOSE. — Yo siento dejarte... Pero ya sabes que puedes 
permanecer aquí cuanto gustes. La casa está a tu dispo- 
sición. 

MANUEL (Con sequedad.)— Gracias. (Aparte) Me 
echa de aquí...; no quisiera comprender por qué. 

MARÍA (No pudiendo contenerse.) — ¿Pero es tan ur- 
gente ese viaje? ¿No podíamos esperar? 

MANUEL (Apoyando.) — El clima de París en esta es- 
tación no es muy favorable a tu padecimiento. 

JOSE (Receloso.) — jEs gracioso! Estáis de continuo 
porfiándome para que deje mis asuntos, salga de Madrid, 
procure distraerme,.., y ahora que soy yo quien lo pro- 
pone, os desagrada y os contraría. 

MARÍA (Protestando.)— ¿Conirañar? No. 

JOSE. — ¿Qué pian era el vuestro? ¿Ese plan que lle- 
váis combinando días y días, en largas conversaciones 
secretas?... 

xMARIA. — Secretas, no... Todo el mundo puede oírlas. 
Manuel proponía un viaje por Italia... 

JOSE (Con intención.) — El puede hacerlo. 

MANUEL (Con decisión.) — Lo emprenderé esta noche 
mi?mo. 

MARÍA.— ¿Te vas? 

JOSE. — Lleva aquí mucho tiempo... Estará aburrido. 

MARÍA. — Pero esta noche..., así, de improviso. 

MANUEL (Aparte a María.)— Me voy antes de que me 
echen. 



40 JACINTOBENAVENTE 

MARÍA (Aparte.) — ¡Ha comprendido!... ¡Me muero de 
vergüenza! 

MANUEL. — Voy a disponerlo todo... Pronto os dejaré 
tranquilos, (Sale.) 

ESCENA III 

José Luis y María. 

TOSE (Aleare y animado, como quien se ha quitado un 
peso de encima.) — Así podemos marcharnos sin cuida- 
do... Tomaremos casa en París..., podemos llevar a los 
criados... Tú verás cómo allí vamos a todas partes, a 
teatros, a fiestas... ¡Qué teatros aquéllos! ¡Qué luio! Ya 
verás... Y para vosotras ti^-ne mayores encantos: las 
tiendas, los bazares... ¿No me oyes?... ¿Estás triste?... 
jSi^more triste conmigo!... ¿Te disgusta el viaie?... (Im- 
paciente, con acritud.) ¿Qué sientes dejar? ¿Por qué es- 
tás triste? 

MARÍA. — ¡José Luis, lo que has hecho es horrible!... 
¡Por primera vez he tenido d*^ qué avergonzarme! Tu her- 
mano comprende que estás celoso... ¿Qué pensará de mí? 
¿Que soy mujer d-^" quien pu^de sospecharse tal infamia? 
¿Has nensado en ello?... No lo has pensado, como no has 
visto que días ha mi vida es un infierno, que me siento 
morir..., ¡que no pu'^do más! 

¡OSE. — Donde no hav culna, no hay recelo de que pue- 
da ser sospechada. Si Manuel comorende lo que pasa por 
mí..., antes habrá comprendido lo que pasa por él. 

MARÍA. — ¡Estás ciep-o, José Luis; estás loco! ¿Cómo 
nació en ti esa sosoecha?... Sólo en celoso desvarío pu- 
diste sosnechar de tu hermano... ¿Pero de mí? iTan cruel 
es la ofensa, que ni oor locura puedo perdonarla! ¿Qué 
devaneos, aué liviandad, qué ligereza siauiera viste en 
m-í. para hacerla posible?... ;Esa estimación te merecí... 
a cambio de consagrarte mi vida entera?... ¡Si no he vi- 
vido más que oara ti! ; Sacrificada?... No; porque el ca- 
riño no se sacrifica nunca...; comolacida, porque era mi 
ú^ica dicha verte dichoso a mi lado... ¡Y no lo conseguí! 
¡No lo conseguí! ¡No lo fuiste nunca! En lo que era para 
mí gustoso deber cumplido sin pena, veías tú sumisión 



ILNIDOAJENO 41 

rzosa. ¿Pensaste que el amor sólo puede vivir y gozar 
una vida de fiestas, de placeres, y que el mío no po- 

ía subsistir de otro modo? ¿No viste agrado en mí? 

o viste virtud?... Entonces, es que para ti fui la es- 
ava sometida por fuerza, no la esposa virtuosa, la es- 

sa cristiana..., que aún ahora, roto el lazo de amor, 

mulada, ofendida..., será fiel, será honrada, porque mi 
adre, honrada, cristiana com.o yo, supo infundir en mi 
Ima, al calor de oraciones y de besos, un sentimiento 

ás profundo que todos los afectos, que todas las pasio- 
es humanas... ¡Santo temor de Dios! Y todavía, si él 

e faltase, la memoria de mi madre me salvaría. ¡Por 

ios y por mi madre, soy honrada! 

jOSE. — jLo eres, sí! ¡No podría dejar de creerlo! Para 

no hubo ofensa... Es que sé cuánto vales y lo poco que 
algo... Sé que no te merezco y tem.í que me robaran tu 
ariñú... ¡Tú no sabes cómo te quiero! ¡Nunca supe de- 
:írt2lo!... Soy así... No quisiera que nadie conociera lo 
jue vales..., ¡ni tú misma!... Por eso nunca te lo dije..., 
que fuera yo solo a quererte... y a nadie más que a mí 
lebieras cariño!... Egoísmo, sí...", ¡pero es que para mi 
lo había más que tu cariño en el mundo!... Desconfian- 
za en mí, eso eran mis celos... No debí dudar, lo sé... 

erdona... Es maldición mía dudar de todo... 

MARÍA (Compadecida.)— José Luis, llevas un odio en 
ú corazón que amarga tu vida. 

JOSÉ. — ¡Por Manuel, sí!... ¡La culpa es suya! 

MARÍA. — No hay culpa en él. 

JOSÉ (Sin oiría, desentrañando sus recuerdos.) — 
Siempre a tu lado!... ¡Hostigándote contra mí, afilando 
sin cesar el ingenio para zaherirme!... Y tú, escuchán- 
dole embelesada... (Movimiento de María.) ¡Y siempre 
juntos!... No salí una vez que, al volver, no le hallase en 
tu cuarto... Y la conversación había sido larga... Siem- 
pre había tres o cuatro puntas de cigarros en el ceni- 
cero... 

MAvRIA. — ¡Hasta en eso repararon tus celos! 

JOSE. — ¡Reparé en todo!... Manuel te quiere...; es se- 
ductor, es cínico..., hay mucho escándalo en su vida... 
Mina con frialdad, espera... Ahora mismo, si recuerdas 
jas conversaciones que tuvo contigo^ notarás frases ma- 



42 JACINTOBENAVENT 

liciosas en las que no reparaste primero... De seguro t 
habló de amores..., te hizo notar lo monótono y triste d 
nuestra vida; te habló de otros goces, de otras emocio| 
nes..., de arte, de viajes...; puso novelas en tus mano 
que hablaran por él con más elocuencia... Puso cerco 
tu espíritu para rendirte... Piensa, recuerda. 

MARÍA. — No, no hallo culpa en él, por más que rebusj 
co... Siempre me trató como a una hermana. Eres inju 
to con él, José Luis; una vez más te lo digo. 

JOSÉ. — ¡Es que, a pesar tuyo, le quieres!... Subyugó ti 
imaginación, le comparaste conmigo... Es joven, gallar 
do, obsequioso, vivo de ingenio... ¡A pesar tuyo, le com 
paraste conmigo!... jA pesar tuyo, sentiste que de loi 
dos hermanos no fuese yo el que Viniera de lejos!... Acá 
so la idea de rvÁ muerte..., estoy enfermo..., libre tú.. 
¡Oh!, seguro estoy de que lo habéis pensado..., él y tú 
como lo pienso yo... Sí, sí... El enfrente de mí; yo, a ti 
lado... ¡Por fuerza ha de pensarse! 

MARÍA. — ¡José Luis! Eso es ya locura. Si hablas así 
creeré que estás enfermo, y como a enfermo habrá quí 
tratarte. 

JOSÉ. — ¿Enfermo? ¿Loco dices? ¡Así lo estuviera! 
Por lástima entonces habías de darme el cariño que he 
perdido... ¡No, no puedes quererme! ¡Desdicha mía! ¡A 
toda costa quiero para mí todo tu cariño, y de cada ve 
más lo pierdo!... ¡Perdóname, María! ¡Ten lástima de 
mí! Si es cariño el mío, porque es cariño: si es locura 
porque es locura...; de todos modos necesito tu amior.. 
¡Has sido el único de mi vida!... Si yo supiera que te ha- 
bía perdido para siem^pre, que m.i vida era un estorbo en 
la tuya..., que sin mí serías dichosa..., ¡sin dudarlo me 
mataría..., y sin que tú lo sospecharas, para no dejarte 
un remordimiento en tu felicidad!... (Llora.) 

MARÍA. — ¡José Luis, llora, llora! Las lágrimas alivian. 

ESCENA IV 

Dichos Y Manuel. 

MANUEL (Desde la puerta, hablando con Julián.) — Sí, 
recógelo todo. Haz que los lleven al Hotel.,. Yo iré en 



r- L N I D o A J E N o 43 

seguida... (Acercándose.) He dispuesto mi marcha... 
Vengo a deciros adiós (Conmovido.), a daros gracias por 
todo..., a pediros perdón... 

JOSÉ (Con decisión.) — Manuel... No es culpa mía. 
Nuestra situación era violenta, joven, soltero, famoso 
por tus aventuras, sospechoso por tu vida pasada, tu es- 
tancia en mi casa ha dado ocasión a murmuraciones... 
La gente es mal pensada..., llegaron hasta mí... Tu asi- 
duidad con mi esposa, tus obsequios, eran asunto de co- 
mentarios, que yo no podía tolerar. La honra de María 
está para mí antes que todo... Mientras yo exista, radie, 
por ninguna ocasión, pondrá sospecha en ella, sea quien 
fuere... No extrañes que no te detenga, que te deje salir 
de mi casa de este modo. Por fortuna tuya, para nada 
me necesitas... yo, a ti tampoco... Sé muy feliz. ¡De co- 
razón te lo deseo! 

MANUFJ^ (Con arranque.) — :0h! iNo puede ser! Ma- 
ría, déjanos... Tengo que hablar con José Luis... No pue- 
do marcharme sin hablarle... (María se acerca a José 
Luis como negándose a dejarlos.) 

jOSE (A María.) — Déjanos... Estoy tranquilo... Es 
mejor hablar claro. (Sale María.) 

ESCENA V 
José Luis y Manuel. 

JOSE. — ¡Habla! Di cuanto tengas que decirme. Te es- 
cucho. 

MANUEL. — ¡Si no sé qué decirte! ¡Si no sé lo que pa- 
sa por mí desde que he visto claro en tu corazón!... Qui- 
se tomarlo a risa, como genialidad tuya..., una idea dis- 
paratada que pasó un instante por ti, sin advertirlo tú 
mismo, en una sacudida de tus nervios... ¡Pero ahondar 
la sospecha y espiarnos..., y llegar a creerla certidum- 
bre!... ¡Atormentar a esa pobre niña!... ¿Qué negruras 
de infierno llevas en ti, que todo lo entenebrecen?... ¿De 
qué infamias eres capaz, que todas son para ti posibles?... 

JOSE (Fuera de sí.) — ¡No hay infamia de que no crea 
capaz a quien nació en ella! 



44 JACINTO BENAVENTE 

MANUEL. — ¿Qué has dicho?... ¡Repiis eso que has di- 
cho!... ¿Quién nació infame? 

JOSÉ.'— Si me odias como yo a ti, si odias la memoria 
de mi padre como yo la del tuyo..., bastante dije. Quien 
usuroó al nacer nombre v herencia, bien puede ser capaz 
de t^aer a m.i casa otra vez la deshonra y la infamia...; 
ya lo oíste. Sal de mi casa. 

MANUEL (Conteniéndose a duras venas.^ — ; Desdicha- 
do! ¿Lo dices?... ¿Lo pensaste?... ¡Pues si por mis ve- 
nas corriese sanjrre extraña a la tuya..., una sola gota 
no más..., no lo dirías!... ¡Hermano, hermano! ¡Lo eres, 
sí! Nunca salió tan hondo del corazón esta nalabra como 
sale ahora, a defender contra ti, contra su hüo, la honra 
de nuestra madre... ¡Oh, pobre hermano! ¡Hermano te 
disfo! Si ahora es cuando me das lástima... ¡Dudar de tu 
m.adre! ¡Toda la vida enroscada al corazón esa sospecha, 
envenenando la sanfrre g"ota a srota!... ; Dudar de tu ma- 
dre y aborrecer en mí su memoria!... Sí, va entiendo aue 
no pudieras ?=€r feliz, aue tu vida fuera perpetua conde- 
nación: sin fe en el amor, sin confianza en el carifío. sin 
nada de lo que alivia la carpía abrumadora de la vida... 
Si digo que m.e das comüasión, que ahora te quiero com.o 
nunca te quise... ¡Condenado eterno de una duda in^^er- 
nal..., ven aquí, ven!... ¡Si vo voy a salvarte! (Atrayén- 
dole ivntn a sí v acariciándole.) 

TOSE (Sevarándose. )-—CoViduvñmos. Es inútil que nos 
atormentem.os. En un oronto te diie... lo que m.e oesa ha- 
berte dicho. Pero nedías una razón a mi sosoecha... Ya 
t'^ la di. Ni una palabra más..., si no quieres que esa pa- 
labra te muestre la evidencia de una culpa que para ti, 
por dichR tuya, no existe. 

MANUEL. — ¡No existe, no! Si conozco la historia, si 
sé a nuién sp refiere... don Gabriel, mi protector. 

TOSE.— ¡Tu padre! 

MANL^EL. — ¡A'^í tuvieras razón! A poder escocer, no 
hubiera yo e^coeido otro padr^!... Pero escucha- don Ga- 
briel me refirió muchas veces la historia, la última vez 
al morir, va expirante, v en esa hora, la et'^rnidad abier- 
ta ante nosotros, nadie miente. ¿Y para aué mentir, si mi 
corazón como a padre le veneraba? Nuestro padre tuvo 
celos de su amigo, su hermano casi..., como tú los tuviste 



ELNIDÜ AJENO 45 

de mí... Dudó de nuestra madre, santa, bendita,.., como 
dudaste tú de María... ¿Por qué? Porque su egoísmo, co- 
mo el tuyo, era inmenso...; porque vuestro amor no es 
amor, es apetito; impulso devorador, absorbente, que no 
tolera voluntad ni vida propias en el ser apetecido, que 
ahoga y tritura el impulso ajeno... Es tan grande vuestro 
egoismo, que no cabéis en vosotros... Sois como esos ti- 
ranos conquistadores, ansiosos de poderío, a quienes no 
les basta con sus dominios y rompen fronteras para ava- 
sallar al mundo entero, si pudieran... ¡Eso es amar para 
vosotros! Ensanchar vuestros dominios... Así amó nues- 
tro padre, así amas tú... ¿Qué vio nuestro padre en las 
relaciones de don Gabriel con nuestra madre?... Lo que 
tú has visto en María y en mí, dulce simpatía de dos co- 
razones limpios, honrados; el afecto con que las almas 
nobles se saludan al conocerse. ¿Con efusión, con entu- 
siasmo? ¡Ya lo creo! Por estos mares de la vida, entre 
vaivenes y tormentas, saluda uno tanto barco pirata, tan- 
to pabellón extranjero, que al divisar en alta mar nuestra 
bandera, el corazón pusiéramos por enseña para respon- 
der al saludo... Don Gabriel sintió por nuestra madre..., 
por su memoria me lo juró, purísimo afecto, ¡tan inmate- 
rial, tan inefable, que ni podía tener nombre! Fervor de 
creyente, entusiasmo de artista, lo más elevado del alma, 
esencia suya..., eso fué su pasión..., amor, si quieres 
darle nombre, pero amor que a sí mismo se sacrifica, 
amor que no puede confundirse con el egoísmo. 

jOSE. — ¿El que sentiste tú por María? 

MANUEL. — ¡El que sintió don Gabriel por nuestra ma- 
dre..., el que yo siento, sí! ¡Mi madre y María bien pue- 
den ir juntas en un recuerdo! Moribundo me confesó por 
última vez la historia del único amor de su vida... Sabía 
que mi padre dudó de la virtud de nuestra madre, que 
por eso nunca me quiso como a hijo. Temió que alguien, 
¡habías de ser tú!, pusiera un día en mi corazón la duda 
horrible de la honra de mi madre..., y quiso que yo su- 
piera la verdad..., y la verdad he dicho, como la dijo él... 
¡Aquel hombre no mintió jamás! 

JOSE (Lachando consigo mismo.) — ¡No, no puedo! Lo 
que mi padre dijo también es sagrado para mí... Eviden- 
cia de la sospecha, junto con un recuerdo de mi niñez. 



4(3 JACíNTüBE'NAVENTH 

que envenenó mi vida para siempre, que secó de golpe en 
ei corazón el candor del mío, las ilusiones de la juventud, 
envejeciéndom.e en un instante. ¡Un beso maldito! 

Manuel. — ¿Un beso? ¡Dado con paternal efusión lo 
sentí mil veces sobre mi frente!... Era el mismo que don 
Gabriel dio a nuestra madre en el momento de separar- 
se..., cuando, traspasados de angustia, sintiéronse unidos 
por la sospecha en común infamia. Y ante la virtuosa 
constancia de la esposa mártir, ante la santidad de la 
virtud calumniada, fué ei beso aquél homenaje de admi- 
ración, el primero, el único..., purísimo, como la frente 
de nuestra miadre; santo, como su alma... Sí, le llevo 
aquí, sobre mi frente... Zvli noble protector, mi verdadero 
padre, exhaló el alma en él... Mi madre había muerto po- 
co' antes, lejos yo de ella... "jpor tu madre y por m.í!", 
dijo al expirar, y m^e besó en la frente..., y murió al be- 
sarme... ¿Callas? ¿Crees en la honra de nuestra madre? 
¿Crees que la misma sangre sin mancha corre por nues- 
tras venas..., que soy tu hermano verdadero?... Pues im 
abrazo, hermano..., y ¡adiós para siempre! (Le abraza.) 

ULTIMA ESCENA 

Dichos y María. 

MARÍA (Muy conmovida.) — ¡Manuel! La mano... ¡Un 
beso! (Le besa.) Así, en la frente... ¡El de tu madre..., 
José Luis! Mira... (Afrontando su mirada.) Si hubo pa- 
sión culpable en nosotros..., ¡mátam.e, duda de mí..., du- 
da de tu madre! 

MANUEL (Anonadado.) — ¿Qué es esto?... ¿Qué sentí 
al besarm.e? ¿Hubo culpa en mí?... Los celos de mi her- 
mano, ¿vieron mejor que yo mismo en mi alma? ¡El alma 
dejo al separarme de ella!... ¡Era amor! Sí, el único de 
mi vida. Siento al dejarla lo que no sentí nunca... ¡Cora- 
zón traidor!... ¡Oh, lejos, lejos! ¡Adiós! Sed muy dicho- 
sos... Perdonad al ave de paso si turbó la tranquilidad 
de vuestro nido... 

JOSÉ (Conmovido.) — ¡Adiós, henPiano! (Le abraza.) 

MARÍA. — ¡Adiós! No para siempre... 

MANUEL. — ¡Para siempre, no!... Hasta que seamos 



N í D o A J E N i:> 



47 



luy viejos y no quepan desconfianzas ni recelos entre 
losotros... Cuando no podamos dudar... ni de nosotros 
lismos... Entonces volveré a buscar un rincón donde mo- 
ir en el nido ajeno. (Sale.) 



TELÓN 



AVENTVRAS 



La publicación que más 
se lee hoy en España 



pREMS^PoDERNfl I 

A.ASUiLUASe-MADRiP-ftPARTftOO :8012 

/AVCNTURAS"^ [ 
ÍELCIM&MAU 
EL "TEATRO 

\ LA NOVE! A 



ü' 



i 

o « 



Iwf. Arti»tk« Sém Hi 
»*rU, 21. Tr 1. Iál44. MUm.