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Full text of "Espectros : drama en tres actos"

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432S 

IBSEN 



ESPECTROS 

DRAMA EN TRES ACTOS 



MADRIÍ) 
Sociedad, de Autores Ksparioles 
*9*3 



I 



ESPECTROS 



Esta traducción es propiedad de su autor. Los 
editores de la revista Teatro Mundial son los 
únicos autorizados para imprimir esta obra. 

Los comisionados y representantes de la Socie- 
dad de Autores Españoles son los encargados 
exclusivamente de conceder o negar el permiso 
de representación y del cobro de los derechos de 
propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



ESPECTROS 

DRAMA EN TRES ACTO 5 
de 

ENRIQUE M3 6 E N 

Versión española de 

Agustín Mundet Alvarez 




BARCELONA 
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE FÉLIX COSTA 

45 - Conde del Asalto - 45 

1913 



PERSONAJES 



ELENA, viuda del capitán y gentil-nombre Alving. 
REGINA ENGSTRAND, doncella de Elena. 
OSWALDO ALVING, pintor, hijo de Elena. 
PASTOR MANDERS. 
ENGSTRAND, carpintero. 



La acción se desarrolla en casa de Elena, a orillas de un 
gran^ortf de la Noruega Septentrional. Nuestros días. Punto 
de vista del actor. 



JLCTO PRIMERO 



Amplia habitación coa vistas al mar. Puerta a la izquierda. Dos más 
a la derecha^ En el centro un velador, rodeado de sillas. So- 
bre el Velador, libros, ilustraciones, etc. Primera izquierda una 
ventana e inmediata a ella, un diván y un costurero. En el 
fondo, un invernadero que comunica con la estancia. Derecha 
del invernadero, uua puerta a una escalera que permite des- 
cender a la playa. A través de los cristales se divisa el «fiord» 
melancólico, envuelto en gasa de lluvia. 



REGINA y ENGSTRAND, éste en la puerta del invernadero; aqué- 
lla con una regadera vacía en la mano, tratando de impedir 
que entre Engstrand, quien tiene corta la pierna izquierda 
y una suela de madera. 



ESCENA PRIMERA 



Rkg. 



Eng. 



Eng. 
Reg. 
Eng. 



Reg. 



(con voz apagada.) Te repito que no pases. 
Vas a ponerme el salón perdido. Vienes 
empapado como una esponja. 
Es lluvia del bendito Dios, hija hiía. 
Mejor dijeras del maldito diablo. 
¡Jesús mil veces! ¡Vaya un lenguaje! Atien- 
de... Venía a decirte... 
Bien, ¡no muevas tanto ruido con el pie! 
El señorito está descansando ahí arriba, 
precisamente sobre esta habitación. 
¿Y estpts son horas de dormir? 



ESPECTROS 2 



671691 



Reg. No te metas en lo que nada te importa. 
Eng. ¡Consumí la noche de ayer en una local 

francachela! 
Reg. Lo creo como lo dices. 
Eng. ¡El hombre es débil! 
Reg. Tienes razón. 
Eng. Y este Dícaro mundo nos brinda con tales 

tentaciones... Pero te fío en Dios que esta 

mañana, a las cinco, me uncí de nuevo ál P 

trabajo. 

Reg. ¡Vaya, me alegro! ¿Te marchas ya? No me jj 1 
conviene que me vean aquí de rendez Jf 
vous contigo. 

Eng. ¿Pero qué significa esa jerga? No com- 
prendo... 

Reg. ¡Ea! Que te largues por donde viniste... 

ENG. (Avanzando unos pasos hacia Regina.) ESO no, no 

me voy sin haberte hablado. Esta tarde 
termino tni trabajo en la escuela que cons- 
truíamos y por la noche me vuelvo, en el S 
vapor, a la ciudad. 

Reg. (con un esfuerzo.) ¡Buen viaje! 

Eng. Gracias por tus buenos deseos. Mañana se 
inaugura el Asilo y tendréis comilonas ro- 
ciadas de lo lindo. Quiero que vean que 
Jacobo Engstrand supo resistir a la tenta- 
ción. 

Reg. ¡Ya ves!... 

Eng Sí; mañana se reunirán aquí gentes em- 
pingoratadas, la flor y nata de los seño- 
rones... y también el Pastor Mrnders... 
¿No es así? 

Reg. Hoy llega el Pastor. 

Eng. Y, por Cristo, que no deseo darle motivo 
alguno de queja. 

Reg. \kh\ sí. ¡Ya estoy al cabo! ¡Te conozco 
bien! 

Eng. ¿Decías? 

Reg. ¿Qué nuevo embrollo meditas contra el 
Pastor Manders? 

Eng. ¡Embrollo! ¡Gállate, loquilla! ¡Engañar yo 
al Pastor Manders, nada menos! ¡El, que 



- 7 - 

ha sido como un padre para mí!... ¡Dios 
te perdone! Pero volviendo a nuestro 
asunto, esta noche salgo para mi casa. 
Reg. Que permanezcas allí mucho tiempo. 
Eng. Muy bien... pero es que deseo llevarte con- 
migo, Regina. 
Reg. (Mirándole de hito en hito.) ¿Llevarme tü a mi? 

Temo que no te haya comprendido bien. 
Eng. Sí, sí, no te sorprenda... deseo tenerte a 

mi lado, en mi casa. 
Reg. (irónica.) Creo que no volveré más por allí. 
Eng. Pues yo oreo todo lo contrario. 
Reg. Veremos quien vence a quien. 
Eng. ¡Veremos! 

Reg. ¿Me habré educado en casa de la viuda de 
un gentilhombre, me habrán tratado como 
á una hija, para lanzarme luego a vivir 
contigo, en una casa como la tuya? ¡Vaya, 
que no! ¡Tú deliras! 

Eng. Ahora si, porque no me explico que una 
hija se rebele contra la voluntad de su 
padre. 

Reg. No quiero recordarte que muchas veces, 
después de una de tus locas francachelas... 
me confesaste que no... ¡que no era yo tu 
hija! 

Eng. ¿Y vas a hacer caso de las palabras aque- 
llas?... 

Reg. ¿Y cuántas veces no me has recordado que 
era yo una...? ¡Ea, ea, terminemos de una 
vez! 

Eng. ¡No, no! Nunca usé palabra tan... cruda. 
Reg. ¡Oh! Tengo bien presente la palabra esa. 
Eng. Sería sólo cuando estaba turbio, Regina. 

¡El mundo está plagade de tentaciones. 
Reg. ¡Uf! 

Eng. Además era también porque tu madre te- 
nía humos de nobleza. Algo debía hacer 
yo para doblegarla. ¡Siempre con sus re- 
milgos! «¡Déjame, Engstrand! ¿Cómo me 
resolví a vivir contigo, yo, camarera en la 
casa del gentilhombre Alving de Rosen- 



— 8 ~ 



vald?» No podía olvidar que el capitán 

había llegado a gentilhombre, cuando ella 

servía en su casa. 
Reg. ¡Pobre madre! ¡No te molestó mucho 

tiempo! Tú, en cambio, bien te cobraste. 
Eng. (Marcando su cojera.) ¡Sí, echa sobre mí toda 

la culpa! 

REG. (Apartándose y en voz baja.) ¡Ufl ¡Y por añadi- 

dura esa pierna! 
Eng. ¿Decías?... 
Reg. Pied de montón 
Eng. ¿Es francés eso? 
Reg. Francés. 

Eng. ¡Pues no estás instruida que digamos! Vie- 
ne que ni de encargo. 
Reg. (Tras un corto silencio.) ¿Y a qué quieres que 

vaya yo a la ciudad? 
Eng. ¡Valiente pregunta!... ¿No soy viudo? ¿No 

vivo solo y abandonado? 
Reg. Déjate de canciones. ¿Por qué me quieres 

en tu compañía? 
Eng. Yo te lo diré. Tengo mi plan. Una cosa 

nueva que se me ha ocurrido... Quiero 

emprender un negocio. 
Reg. No será el primero... y los equivocastes 

todos. 

Eng. Alguna vez he de acertar y, no lo dudes, 
será esta, ¡con mil demonios! 

Reg. (Golpeando con el pie.) ¡Chist! No hables 
grueso. 

Eng. Dices bien, Regina. En confianza: he aho- 
rrado algún dinero desde que estoy em- 
pleado en la construcción del nuevo asilo. 

Reg. Si es verdad, lo celebro. 

Eng. ¿Y para qué me utilizaría mi dinero en el 
pueblo? 

Reg. Acaba ya. 

Eng. Pues... había pensado emplearlo de ma- 
nera que me produjese alguna ganancia. 
Abrir, por ejemplo, una especie de posada 
para los marinos. 

Reg. ¡Uf! 



- 9 - 

Kng. Pero no un cuchitril. Una señora posada... 

para los capitanes, Ids pilotos... la nata y 
flor. 

Reg. ¿Yyoalli?... 

Eng. Me ayudarás... pero en nada de faenas or- 
dinarias... Podrás pasarte el dia haciendo 
eso que tú me has dicho antes, el rendez... 

Reg. ...vous. Muy bien. 

Eng. (insinuante.) Una mujer es un adorno en una 
casa. Por las noches no faltará jolgorio... 
Necesitan un poquito de expansión esos 
pobres marinos entregados, la mayor par- 
te de su vida, a merced de las olas... Re- 
gina, ,ivas a comprometer tu porvenir? ¿De 
qué te servirá la instrucción que recibiste, 
si no tienes donde aplicarla? Ha llegado a 
mis oídos que te propones cuidar a los 
huérfanos del nuevo Asilo? Y dime: ¿es 
esa una ocupación proporcionada a tus mé- 
ritos? ¿Vas a extinguir tu juventud entre 
unos desarrapados? 

Reg. Eso no. Si las cosas me saliesen a medida 
de mi deseo... ¡Y bien podría suceder! 

Eng. Y ¿qué es lo que puede suceder? 

Reg. A nadie importa, fuera de mí. Dime: ¿a 
cuánto ascienden tus ahorros? 

Eng. Bien serán unos ochocientas coronas. 

Reg. Ya es algo. 

Eng. ¡Para empezar, hija mía! 

Reg. ¿Y no pensaste en cederme algo de ese di- 
nero? 

Eng. jNi pensarlo! 

Reg. ¿Ni comprarme un vestido? 

Eng ¡Ni eso! [Ya ves tú! Claro... que vestidos, 
y de los mejores, no han de faltarte si te 
vienes conmigo. 

Reg iBasta de conversaciónl Yo sola sabré pro- 
curar por mí, cuando así me plazca. 

Eng. ¿Y qué mano te guiará mejor que la de un 
padre? Ahora tengo proporción de adqui- 
rir una casa en la calle del Puerto, que ni 
hecha de encargo. Sin gran desembolso 



- 10 - 



podríamos montar el albergue para los 
marinos. 

Reg. Muy bien, si quisiera seguirte, pero no 
quiero, no quiero. Nada de común existe 
entre tú y yo. Márchate ya. 

Eng. Pero... entiéndeme; si es que nó ibas a 
pasar la vida a mi lado... ¡Poco tiempo vi- 
virás conmigo!... Pronto harías tu suerte... 
Una muchacha guapa como tú... porque, 
cuidado que te has puesto... espléndida en 
estos últimos años. 

Reg. Bien, ¿y qué? 

Eng. Que no pasaría mucho tiempo sin que te 
vieses pretendida por un piloto, o un ca- 
pitán tal vez... 

Reg. No me place la gente de mar: no tienen 
savoir vivre. No me casaría con ninguno 
de ellos. 

Eng. Pero ¿te he dicho que debieras casarte? 

Se puede sacir partido por otro procedi- 
miento (confidencial.) ¿Tú recuerdas la his- 
toria de aquel inglés... de aquel inglés 
del yacht?... Pues soltó trescientos escu- 
dos, y puedo asegurarte que ella no tenía 
tu palmito. 

REG. (Amenazadora hacia él.) ¡Salí jAnda! ¡Pronto! 

[Lárgate! 

Eng. (Retrocediendo.) ¿Me amenazas? 
Reg. Sí. 

Eng. ¿Vas a pegarme? 

Reg. Como sigas hablando de mi madre, te apa- 
learé. 
Eng. ¡Mala hija! 

Reg. Por fortuna no puedo llamarte mal padre. 

Vete... y sin ruido: no vaya a despertarse 
el señorito. 

Eng. ¡Mucho te ocupas tú del señoritol Si sal- 
dremos ahora... 

REG. ¡Galla! ¡Márchate! (Le empuja hacia la puerta que 

conduce a la playa, y de súbito.) ¡No, por ahí 

no!,.. Llega el Pastor Manders... (Llevándolo 
a la derecha.) Por la puerta de la cocina... 



- 11 - 



Eng (Saliendo.) Eí Pastor podrá decirte que los 
hijos deben respeto a sus padres, y que 
yo 5oy tu padre lo pruebo con los registros 

de la parroquia. (Desaparece,) 
REG ¡Por fin! (Va calmando su nerviosidad, dirige una 

mirada al espejo, se compoae el peinado, se da aire 
con el delantal, afirma la cinta de la gorguera y luego 
se emplea en arreglar las flores de los jarrones.) 



ESCENA II 

REGINA y PASTOR MANDERS, quien entra por el invernadero, 
con largo abrigo, paraguas y maletín de viaje terciado. 

Past jr Buenos días, Regina. 

REG. (Volviéndose, con alegre sorpresa.) BuenOS días, 

respetable Pastor. ¿Llegó el vapor ya? 
Pastor Eq este momento. Tiempo más cargante... 

Siempre de lluvia. 
Reg. Este mal tiempo lo es de bendición para 

los pobres labriegos. 
Pastor Dices bien: en la ciudad nos hacemos tan 

egoistas que ni reconocemos los beneficios 

que nos prodiga el buen Dios, (se alivia del 

abrigo.) 

Reg. Ayudaré a usted, si meló permite... (co- 
giéndole abrigo y paraguas.) ¡A.SÍ! jDÍOS mío, es- 
tá caladol Voy a colgarlo y dejaré abierto 
el paraguas, para que se escurra, (vase por 

segunda derecha. El Pastor se descarga del maletín 
de viaje y lo coloca en una silla, así como el som- 
brero. Regina aparece por la puerta dicha.) 

Pastor ¡Qué delicioso resulta hallarse bajo techa- 
do! Y, ¿cómo marcha esto, Regina? 

Reg. Perfectamente, a mi ver. Gracias. 

Pastor Os suponía muy atareados con los prepa- 
rativos para la ceremonia de mañana. 

Reg. Sobra labor. 

Pastor La señora se encuentra en casa, ¿verdad? 



- 12 - 

Reg. Sí, por arriba anda, disponiendo el desa- 
yuno del señorito. 

Pastor Ya, ya me han dioho ai tocar tierra que 
Oswaldo estaba de regreso. 

Reg. Antes de ayer llegó y eso que hasta hoy 
no le esperábamos. 

Pastor ¿Sigue tan bueno, tan inteligente! 

Reg. Igual; igual. Pero le adivino atrozmente 
fatigado del viaje. Desde París hizo el tra- 
yecto en un mismo tren, de un tirón. Aho- 
ra estara durmiendo. Si hemos de seguir 
hablando ¿le parece a usted que bajemos 
la voz? 

Pastor Sí, sí; no turbemos su reposo. 

REG. (Aproximando un sillón a la mesa. ) Pero, siénte- 

se usted, señor Pastor, y acomódese a su 

placer. (El Pastor se acerca y Regina coloca un ta- 
burete bajo los pies de aquél.) ¿ Está bien así el 

señor Pastor? 

Pastor Deliciosamente. Mil gracias, (observándola.) 

¿Sabes Regina, que te veo triunfante de ju- 
ventud, de gentileza? 

Reg. También la señora descubre en mí algo de 
eso de que me habla el señor Pastor. 

Pastor Entonces, cierto será. 

Reg. ¿Desea usted que avise a la señora? 

Pastor No t gracias: no llevo ninguna prisa. T di- 
me, Regina, ¿qué índole de relaciones sos- 
tienes con tu padre? 

Reg. Así, así... ¿Cómo diré a usted?... No son 
del todo malas. 

Pastor La última vez que estuvo en la ciudad, 
fué a visitarme. 

Reg. Se pone como unas pascuas siempre que 
consigue hablar al señor Pastor. 

Pastor Y ¿ves a tu padre con frecuenta? 

Reg. Le veo siempre que mis ocupaciones me 
lo permiten. 

Pastor Desgraciadamente, tu padre es un espíritu 
débil. Necesita una maao fuerte que le 
gjve. 

Reg. Naturalmente... 



- 13 - 



Pastor Necesita a su lado una persona que le 
quiera por él... y le aconseje y le conduz- 
ca por el buen camino. Me lo confesó lla- 
namente la última vez que le vi. 

Reg. También a mí me indicó algo de eso. Pero 
dudo que la señora me permitiera partir, 
y menos ahora que vamos a inaugurar el 
nuevo asilo. T... aunque la señora me lo 
permitiese, no me avendría, así como así, 
a separarme de la señora, de cuya bondad 
tantas pruebas he recibido. 

Pastor Pero el deber filial está por encima de la 
gratitud... Por supuesto que sería indis- 
pensable obtener el consentimiento de la 
señora Alving. 

Reg. Ademas, no sé si es prudente a mi edad 
habitar la casa de un hombre solo. 

Pastor Pero,— ¡Dios piadoso!,— cuando se trata de 
un padre... 

Reg. |Ah! si se tratase de una casa buena,., de 

un señor respetable... 
Pastor ¡Pero, Regina! 

Reg. Una persona que me inspirase veneración, 
que me hiciese sentir su superioridad y 
me distinguiera con un afecto protector... 

Pastor ¡Pero, Regina, Regina!... 

Reg. En esas condiciones sí me fuera agradable 
la ciudad. ¡Se siente aquí tan hondo el frío 
del aislamientol ¿Por qué negar que soy 
laboriosa?... Búsqueme usted una coloca- 
ción así, y me decido. 

Pasto:* Si supiese de alguna... 

Reg. ¿Se acordaría usted de mí? 

Pastor Me acordaría. 

Reg. Sí, porque si yo... 

Pastor ¿Quieres decir a la señora, que estoy 
aguardando? 

Reg. Al instante señor Pastor, (vase izquierda.) 



ESPECTROS 3 



- 14 - 



ESCENA III 

PASTOR MANDERS, luego ELENA 

El pastor se pasea por Ja estancia, con las manos detrás de la es- 
palda; se acerca a los cristales del fondo y mira al mar. Vuelve 
al velador, toma un libro y lo examina y hace un ademán 
de extrañeaa. Mira otros volúmenes y con el mismo juego 
los va dejando. 

Pastor ¡Hum! ¡Huml 

ELEN. (Entra por izquierda, seguida de Regina, que 

en seguida desaparece primera derecha.) Bien Veni- 
do, señor Pastor. 

Pastor Dios guarde a usted, señora. Aquí estoy 
como ofrecí. 

Elen. Es usted la misma exactitud. 

Pastor Le aseguro a usted que no ha sido tarea 
fácil escaparme... Formo parte de tantas 
comisiones de Socorro... y Juntas de Be- 
neficencia... 

Elen. Ello aumenta mi gratitud por su puntuali- 
dad que va a permitirnos resolver nuestros 
asuntos antes del almuerzo. Pero ¿y su 
equipaje de usted? 

Pastor Quedó allá, en la posada; duermo allí. 

Elen. ¿Sigue usted negándose a pasar una noche 
en mi casa? 

Pastor Señora, agradezco a usted su solicitud, 
pero... prefiero quedarme en la posada 
que está más próxima al embarcadero. 

Elen. Usted es muy dueño... pero dos viejos 
como nosotros... creo yo... 

Pastor ¡Bendito Dios! ¿Cómo se le ocurre a usted 
hablar asi? Bien es verdad que hoy todo lo 
verá usted de color de rosa. Por un lado 
la fiesta de mañana, y la llegada de Oswal- 
do por otro... 

Elen. ¡Calcule usted si me alegrará el verle des- 



- 15 - 



pués de dos años de ausencia! Y que se 
propone pasar todo el invierno conmigo. 
Pastor Esto dice mucho en elogio de Oswaldo, si 
se considera que vuelve de ese París des- 
lumbrante. 

Elen. Aquí gozará las claridades serenas de un 
cariño maternal. Puedo asegurar a usted 
que su corazón me pertenece por entero. 

Pastor Triste cosa sería que la separación relaja- 
se los lazos floridos del querer. 

Elen. Por lo que hace a mi Oswaldo no hay te- 
mor ninguno. Tengo curiosidad por ver si 
usted le reconoce. Dentro de poco bajará. 
Ahora descansa un momento en el diván. 
Pero, siéntese usted, mi querido Pastor. 

Pastor Gracias. ¿No soy importuno? 

ELEN. Muy al Contrario. (Toman asiento junto al ve- 

lador.) 

Pastor Corriente. Paso a exponer a usted... (Toma 

el maletín de viaje, se sienta en el lado opuesto del 
velador y dispone sitio para extender los papeles.) 

Antes que nada, esto... (Deteniéndose.) ¿Quie- 
re usted decirme de dónde proceden es- 
tos libros? 
Elen. Los leo yo. 

Pastor ¿Usted lee obras de tal naturaleza? 
Elen. Las leo. 

Pastor ¿Y usted encuentra en ellas algún manan- 
tial de bien y amor que le procure la paz 
del alma, un destello de felicidad? 

Elen. Contribuyen a darme más confianza en mí 
misma. 

Pastor Es singular. ¿Y cómo se explica eso? 

Elen. Le diré a usted: descubro en estos libros 
la confirmación de cosas que medito, re- 
cogida en mis adentros. Y lo asombroso 
del caso es que nada nuevo encierran es- 
tos libros: sólo contienen lo que piensan y 
creen los hombres en su mayoría. Sólo que 
los más no se dan cuenta de esas cosas o 
no quieren desentrañarlas. 

Pastor (Escandalizado.) ¿De manera que usted cree 



- 16 — 



formalmente que la mayoría de los hom- 
bres...? 
Elen. Así lo creo. 

Pastor ¿Pero no será en nuestro país, no sera en- 
tre nosotros? 
Elen. Lo mismo aquí que en todas partes. 
Pastor Bien... pero... 

Elen. Pero en resumen ¿qué censuras merecen 
a usted estos libros. 

Pastor No digo palabra... Mi tiempo no se em- 
plea en examinar semejantes obras. 

Elen. Luego usted condena lo que no conoce. 

Pastor Tantas críticas de esos libros llevo leídas, 
que me considero autorizado para conde- 
narles. 

Elen. Bien, pero su personal opinión de us- 
ted... 

Pastor Señora mía, en algunas ocasiones es con- 
veniente remitirse al juicio ajeno. ¡Qué le 
hemos de hacer! Es un hecho y es un 
bien. ¿Qué sería de la sociedad si aconte- 
ciese de otro modo? 

Elen. Verdad. Acaso lleve usted razón. 

Pastor No negaré un cierto atractivo a esas obras, 
como tampoco puedo censurar a usted por 
sus ansias de conocer las corrientes inte- 
lectuales que, al decir de muchos, existen 
en esa sociedad con la que ha permitido 
usted que Oswaldo se familiarizara. Pero... 

Elen. ¿Pero?.., 

Pastor (Bajando la voz.) Que no conviene hablar de 
ello, señora. No se debe dar cuenta a todo 
el mundo de lo que se lee y se medita en 
la soledad de un estúdio. 

Elen. En es o pienso como usted, señor Pastor. 

Pastor Bueno es que se acuerde usted de las 
obligaciones a que la somete el asilo que 
resolvió usted levantar durante una época 
en que sus ideas sobre el mundo moral 
diferían notablemente de las que hoy pro- 
fesa... cuando menos hasta el límite que 
pude alcanzar. 



- 17 - 



Elen. 

Pastor 



Elen. 
Pastor 



Elen. 
Pastor 



Elen. 
Pastor 



Elen. 
Pastor 



Sí, sí, conformes. Pero el asilo es precisa- 
mente... 

Lo que debía ser objeto de nuestra con- 
versación. Conque... prudencia, señora 
mía. Y entremos en nuestra cuestión. 

(Abre una carpeta y muestra varios papeles.) ¿Ve 

usted esto? 
¿Son los documentos? 
Completos y ordenados. Oea usted que 
no han sido de tan fácil obtención. Me he 
visto obligado a poner en juego toda mi 
influencia, la de mis relaciones, porque 
las autoridades se muestran cruelmente 
fiscalizadoras. Pero ya los tiene usted aquí. 
(Hojea el legajo.) Este es un inventario de la 
Hacienda de Solvik, que forma parte del 
dominio de Rosenvold con indicación de 
los edificios recién construidos— escuela, 
habitaciones del maestro y capilla. — Y 
aquí tiene usted la ratificación del legado 
y la aprobación de los estatutos. Vea usted 
misma, (Lee.) Estatutos del asilo. «A la me- 
moria del capitán Alving.» 

(Fijando largamente la mirada sobre los papeles.) 

¡Helo aquí, pues! 

Obté por el título de capitán más bien que 
por el de gentilhombre, por considerarlo 
menos pretencioso. 
Sí, sí, como a usted le plazca. 
Vea usted la libreta de la Caja de Ahorros, 
con el capital y los intereses; todo lo cual 
bastará a cubrir los gastos de construc- 
ción. 

Gracias, Pastor: pero hágame usted el ob- 
sequio de guardarlo todo, para mi mayor 
comodidad. 

Con mucho gusto. De momento considero 
prudente que el caudal siga en la Caja de 
Ahorros. El interés, de la renta, no es muy 
tentador que digamos: cuatro por ciento 
a seis meses. Por descontado que si más 
adelante tuviésemos noticia de una coló- 



- 18 - 

cación que ofreciese mayores ventajas — 
como una primera hipoteca o una inscrip- 
ción perfectamente segura — , podríamos 
tratar nuevamente del asunto. 

Elen. Sí, sí. Usted conoce mejor que yo lo que 
nos conviene. 

Pastor No descuidaré este particular. Pero existe 
un punto sobre el cual es preciso que us- 
ted y yo nos pongamos de acuerdo. ¿Ase- 
guramos o no aseguramos el asilo? 

Elen. Indudablemente, sí. 

Pastor Perdone usted, señora. Dediquemos al 
asunto la conveniente atención. 

Elen. En esta casa todo se encuentra asegurado; 
• edificio, cosecha, ganado, muebles... 

Pastor Y se explica muy bien: trátase de la ha- 
cienda propia. Yo puse la mía en idénticas 
condiciones. Pero nos encontramos ante 
en asunto muy distinto. El asilo debe reci- 
bir en cierto modo una consagración para 
un objeto de orden el más elevado. 

Elen. Pero eso no obsta... 

Pastor Por lo que a mí se refiere, me parece de 
perlas el precavernos contra todo linaje 
de eventualidades. 

Elen. Y se comprende. 

Pastor Pero veamos... ¿En qué disposiciones está 
la comarca? ¿Cómo piensan sus habitan- 
tes? Usted, está más al corriente de eso 
que yo. 

Elen ¡Hum! Las disposiciones... 

Pastor ¿Existe aquí un número respetable de opi- 
niones autorizadas— decididamente autori- 
zadas — capaces de indisponerse con nues- 
tra decisión? 

Elen. ¿Qué entiende usted por opiniones autori- 
zadas? 

Pastor Las de aquellas personas que por su posi- 
ción gozan de una independencia y de 
una influencia tales, que no puede uno 
substraerse a la atracción de su parecer. 



- 19 



Elen. Tratándose de esas, existe cierto número 
que de fijo se escandalizaría si... 

Pastor ¡Ya ve usted! Abundan en l&s ciudades, 
¿cómo habían de faltar entre los rebaños 
de mis colegas? A muchos se les figura- 
ría que ni usted ni yo tenemos confianza 
en los decretos de la Providencia. 

Elen. Pero por lo que a usted se refiere, amado 
Pastor, bien sabe usted... 

Pastor Sí, ya sé, ya sé;nada me reprocharía mi 
conciencia. Pero ¿quién ahoga los comen- 
tarios de la maledicencia cruel? Y esos po- 
drían ser fatales para nuestra obra. 

Elen. En tal caso. 

Pastor Yo tampoco puedo perder de vista la situa- 
ción difícil que esto podía crearme. Los 
círculos influyentes de la ciudad se han 
tomado un vivísimo interés por la funda- 
ción... ¡como que se traduce en beneficio 
de la ciudad y aligerará notablemente el 
capítulo de la Beneficencia Pública! Y ha- 
biendo sido yo su consejero de usted, y el 
administrador de la fundación, tiemblo a 
la idea de que me hagan el primer blanco 
de la envidia. 

Elen. Debemos conjurar el peligro. 

Pastor Sin hablar de los ataques que a buen se- 
guro dirigirán contra mí ciertos periódicos 
que... 

Elen. Amado Pastor, su primera consideración 
es suficiente. 

¿Decidimos, pues, pasarnos sin seguro? 
¡Nos pasaremos sin éll 

(Recostándose en un sillón.) Pero en la hipóte- 
Sis de que ocurriera un accidente— siem- 
pre es de temer — ¿estaría usted dispuesta 
a reparar el desastre? 
No; se lo digo a usted sinceramente, no lo 
haría. 

En tal caso, señora, asumimos una enor- 
me responsabilidad. 
¿Podemos adoptar otra resolución? 



- 20 - 



Pastor Ciertamente que no. En esto estriba la 
dificultad y no hay medio de eludirla. No 
podemos exponernos a falsas interpreta- 
ciones, ni nos asiste el derecho de escan- 
dalizar a la opinión. 

Elen. A usted, como sacerdote, no. 

Pastor Por otra parte, estoy convencido de que 
nuestra obra ha de merecer una especial 
protección de lo alto. 

Elen. ¡Así parece! 

Pastor ¿Luego debemos dejar las cosas como 
están? 

Elen. Forzosamente. 

Pastor Usted dispone... (Escribiendo.) Definitivamen- 
te; sin asegurar. 

Elen. Me sorprende que haya usted esperado 
hasta hoy para hablarme de eso. 

Pastor Muchas veces me había propuesto consul- 
sultar a usted. 

Elen. Es que ayer hubo un amago, de incendio 
en el asilo. 

Pastor ;Me sorprende usted! 

Elen. Nada de importancia; unas simples virutas 
que ardieron en la carpintería. 

Pastor ¿En el taller dónde trabaja Engstrand? 

Elen. Sí; me han dicho que no se preocupa de 
apagar las cerillas antes de arrojarlas. 

Pastor ¡Sufre tales quebraderos de cabeza, ese 
hombre! ¡La vida le ha sometido a tantas 
pruebas!... Tengo noticia de que ahora se 
conduce como un hombre de bien. 

Elen. ¿Y quién le ha informado a usted? 

Pastor El mismo Engstrand. Y no puede negarse 
que es un excelente obrero. 

Elen. Sí, cuando no bebe. 

Pastor ¡Pícara debilidad! Pero me aseguró que 
es por culpa de su pierna mala. La última 
vez que hablé con él, logró conmoverme. 
No sabía como expresarme su reconoci- 
miento por haberle procurado una coloca- 
ción aquí, cerca de Regina. 

Elen. Pues no la ve muy a menudo. 



— 21 - 



Pastor Creo que se equivoca Vd. Según él no se 

pasa día sin que la hable. 
Elen. Bien puede ser. 

Pastor ¡Está persuadido de que necesita alguien 
que le contenga cuando le acomete la ten- 
tación! Lo que más me agrada de Jacobo 
Engstrand es que no pretende ocultar sus 
defectos, y los confiesa y amargamente sé 
acusa a sí mismo. Aun recuerdo que la úl- 
tima vez que hablamos me expresó su de- 
seo de que Regina se marchase a vivir 
con él. 

ElEN. (Levantándose como movida por un resorte.) ¡Re- 

gina! 

Pastor No puedo creer que usted se oponga. 

Elen. Pues créalo usted, me opondría enérgica- 
mente. Aparte de que Regina conviene en 
el asilo. 

Pastor [Pero no debemos olvidar que Engstrand 
es su padre! 

Elen. ¡Un padre de tal ralea!... Le conozco como 
nadie. ¡No! Jamás Regina vivirá en la casa 
de ese hombre... con mi consentimiento. 

Pastor ¡Por Dios, señora! No convierta usted esta 
en cuestión de amor propio. No sabe us- 
ted cuánto lamento verla prevenida contra 
Engstrand hasta ese extremo. Cualquiera 
creería que teme usted... 

Elen. (Tranquilizándose.) Poco importa. To he reco- 
gido a Regina en mi casa, y en mi casa 
continuará. (Prestando atención.) ¡Chist! Ama- 
do Pastor, no me hable más de eso. (Mostran- 
do animado el semblante.) ¿Oye USted? OóWaldO 

viene hacia aquí. Pensemos sólo en él. 
ESCEN4 IV 

Dichos y OSWALDO 

OSW. (Q uc entra izquierda, fumando en una gruesa pipa 

de espuma de mar. Deteniéndose en la puerta.) Per- 
donen ustedes. Les creía en el despacho. 
Rueños días, honorable Pastor. 



- — 22 — 

Pastor (observándole fijamente.) ¡Estoy asombrado! 
Elen. {Qué opinión le produce a usted, amado 
Pastor? 

Pastor ¡Excelente! Pero... ¿es posible?... 
Osw. Sí, es posible recuperar al hijo pródigo. 
Pastor Pero, ¡por Dios, amigo! 
Osw. Al hijo ausente, si le parece a usted 
mejor. 

Elen. Oswaldo no puede olvidar su obstinada 
oposición de usted a que se hiciese pintor. 
Pastor Hay tantas resoluciones temerarias a los 

OjOS humanos, y que después... (Tendiéndole 

la diestra.) En fin, bien venido. Crea usted, 
querido Oswaldo... ¿Puedo dirigirme a 
usted con la familiaridad de siempre? 

Osw. Oswaldo es mi nombre. 

Pastor ¡BienI Necesitaba decir a usted, querido 
Oswaldo, que no condeno sistemáticamen- 
te y por modo absoluto la profesión de ar- 
tista. En esa, como en todas, puede esca- 
par el alma a la corrupción. 

Csw. ¡Por supuesto! 

Elen. Uno conozco yo que ha librado de la co- 
rrupción, alma y cuerpo. T aquí éstá. (Por 

su hijo.) 

Osw. (Avanzando.) Bien, bien, madrecita, dejemos 
eso. 

Pastor No lo niegue usted. Y sabemos, además, 
que principia usted a crearse un nombre. 
Los periódicos han elogiado su labor de us- 
ted con frecuencia. Sólo que, de un tiem- 
po a esta parte, enmudecen. 

Osw. Desde hace algún tiempo no he podido 
trabajar con la regularidad debida. 

Elen. También los pintores necesitan descanso. 

Pastor Ya lo creo. Así se prepara uno y hace 
acopio de fuerzas para alguna obra defini- 
tiva. 

Osw. Efectivamente... Dime, madrecita, ¿vamos 
a comer pronto? 

Elen. Antes de media hora. A Dios gracias, con- 
servas buen apetito. 



23 - 



Y afición al tabaco. 

Tropecé arriba con la pipa de mi pa- 
dre, y... 

¡Ah, ya! ¡Ahora comprendo! 
¿Qué comprende usted, .amado Pastor? 
Que cuando vi a Oswaldo en el umbral, 
con la pipa en los labios, creí ver a su pa- 
dre resucitado. 
¿De veras? 

¡Ah! ¿Cómo habla usted así? Oswaldo sólo 
a mi se parece. 

Sí, sí, pero en la comisura de los labios 
se advierte un no sé qué, que evoca las 
facciones de Alving... 
Ni por sueños. Más bien florece en sus la- 
bios una expresión sacerdotal. 
Sí, sí, dice usted bien: ofrecen una parti- 
cularidad semejante, algunos de mis co- 
legas. 

Pero, si dejases la pipa, hijo. Me molesta 
el humo en esta habitación, 
(obedeciendo.) ¿Por qué no lo decías antes? 
Sólo probarla quería. Recuerdo que fumé 
en ella una vez, cuando niño. 
¿Ya estás seguro? • 
Sí, era yo un renacuajo entonces. No se 
me olvida... Entró de noche en el cuarto 
de mi padre y le vi tan alegre, tan ani- 
mado.... 

|Oh! Tú no puedes acordarte de aquella 
época. 

jVaya si la recuerdo! ¡Como si lo viese! Me 
tomó en sus brazos, me hizo cabalgar so- 
bre sus rodillas, me entregó la pipa y me 
dijo «anda, hijo, fuma; chupa con fuerza>... 

Y fumé cuanto pude... hasta que un frío 
sudor bañó mi frente... mis ojos sumiéron- 
se en la sombra... ¡y mi padre estalló en 
alegre risotada! 

Es particular... 

Algún sueño que Oswaldo toma por rea- 
lidad. 



- 24 - 



Osw. No, madrecita, no, no es un sueño. Tú 
misma entraste y me condujiste al cuarto 
de los niño° y sentí tus lágrimas en mis 
mejillas. ¿Sería una broma de padre? 

Pastor Tenía sus excentricidades... 

Osw. Y con todo, legó al mundo tantas buenas 
obras, en el poco tiempo que vivió. 

Pastor Así es. Usted, querido Oswaldo, ha here- 
dado un nombre ilustre que confiamos le 
servirá de estímulo. 

Osw. Debiera servirme, en efecto. 

Pastor Ya es consolador precedente que haya us- 
ted venido aquí a consagrar un día a su 
memoria.. 

Osw. ¡Pero es para un padrel 

Elen. ¡Y tanto tiempo como le tendré a mi lado! 
Este el mayor de sus méritos. 

Pastor Me aseguraron que permanecería usted 
todo el invierno. 

Osw. Vengo por tiempo indeterminado, señor 
Pastor. ¡ Ah, qué bien se siente uno al abri- 
go de su c isa! 

Elen. ¿Verdad que sí, hijo mío? 

Pastor (Observándole con interés,) Bien joven era usted 
cuando se lanzó a correr el mundo, amigo 
Oswaldo. 

Osw. Alguna vez me pregunto si no era dema- 
siado joven. 

Elen. No; eso no puede ser perjudicial para un 
muchacho robusto, despierto, hijo único 
por añadidura. Lo malo es permanecer pe- 
gado a los padres, sin más horizontes que 
el hogar, en la categoría de niño mimado. 

Pastor Este es un problema de difícil solución, 
señora. El hogar paterno es la salvaguar- 
dia de los hijos. 

Osw. En este punto estoy de acuerdo con el 
Pastor. 

Pastor Vea usted, por ejemplo, a su propio hijo. 

Pueden tratarse perfectamente estas cosas 
en su presencia. El resultado es este: que 



— 25 - 

alcanzó la mayor edad sin haber saboreado 
las mieles de una vida de familia. 

Osw. Perdóneme usted, señor Pastor... En este 
punto padece usted un error cabal. 

Pastor Tenía entendido que no había usted fre- 
cuentado más que los círculos de artistas. 

Osw. En efecto. 

Pastor T con predilección los de artistas jóvenes. 
Osw. Así es. 

Pastor Y yo consideraba que los más de ellos no 
podhn mantener el fuego del hogar... 

Osw. Sí, algunos no pueden casarse, mi buen 
Pastor. 

Pastor A eso me refería. 

Osw. Pero ello no impide que gocen de un ho- 
gar, y lo gozan muchas veces... y un hogar 
decente y bien organizado. (Elena escucha con 

creciente atención y aprueba repetidamente con mo- 
vimientos de cabeza, pero sin hablar.) 

Pastor No se trata aquí de la vivienda de un sol- 
tero. Hogar, hogar doméstico es aquel en 
que vive un hombre con su esposa y sus 
hijos. 

Osw. Sí, con sus hijos y con la madre de sus 
hijos. 

Pastor (sobresaltado y juntando las manos.) ¡Piedad, Se- 
ñor! 

Osw. ¿Qué? 

Pastor ¿Vivir con... la madre de los hijos? 

Osw. Sí: ¿consideraría usted menos malo que se 

le abandonase? 
Pastor ¿Decididamente de lo que usted me habla 

es de relaciones ilícitas, de matrimonios 

irregulares? 

Osw. Yo nunca descubrí nada de irregular en 
esa comunión de dos vidas. 

Pastor Pero ¿cómo es posible que un hombre y 
una mujer que posean... siquiera una me- 
diana educación, se conformen a una exis- 
tencia de ese género y a los ojos de todo 
el mundo? 

O sw - ¿Qué partido tomar? Un pobre artista jo- 



— 26 - 

ven, una joven pobre... y el dineral que se 
necesita para casarse... {Qué partido to- 
mar? 

Pastor El que voy a decirle a usted, señor Alving. 
Alejarse el uno del otro. Eso. 

Osw. Es un débil argumento pava convencer a 
jóvenes enamorados, en arrullos de pasión. 

Elen. Cierto es que no les convencería. 

Pastor ¡Y las autoridades toleran que se consu- 
man a la luz del día esos atentados repug- 
nantes a la moral! (a Elena.) Vea usted si 
me preocupaba con razón por su hijo, 
náufrago en esos mares donde la inmora- 
lidad flota, ofreciéndose como única tabla 
de salvación! 

Osw. En el camino de las confesiones, no debo 
ocultar a usted, bondadoso Pastor, que vi- 
sitaba con asiduidad a una de esas familias 
irregulares, en cuya mesa tenía un lugar 
todos los domingos. 

Pastor |Y precisamente los domingos! 

Osw. Es el único día en que se nos permite 
un poco de distracción. Y, créame usted, 
que nunca fui testigo de cosa alguna 
que pudiese calificarse de inmoral, ni si- 
quiera hirió mis oídos una palabra incon- 
veniente. ¿Sabe usted cuándo he tropezado 
con la inmoralidad en los círculos de ar- 
tistas? 

Pastor ¡No! ¡Líbreme Dios! 

Osw. Pues cuando algún marido al uso, algún 
padre de familia modelo, de los que dis- 
frutamos por acá, descendió hasta los es- 
tudios de los artistas y sus humildes figo- 
nes, ansioso de echar una cana al aire. 
Entonces nos hemos enterade de mil lin- 
dezas. Ellos han sido nuestros iniciadores 
en casos y cosas de que no teníamos ni 
idea. 

Pastor ¿Pretende usted que hombres honrados 

de nuestro país...? 
Osw. ¿Ha oído usted alguna vez a esos hombres 



27 ~ 



respetables, de regreso en su patria, es- 
candalizarse de la inmoralidad que impera 
en el extranjero? 
Más de una vez. 
Y también yo. 

|Sí, sí! Se les puede creer por su palabra. 
Son peritos en la materia, (oprimiéndose ia 
cabeza con ambas manos. ) ¡Pero, Señor! ¡Es 
concebible que se pueda enlodar impune- 
mente aquella esplendorosa, aquella so- 
berbia, aquella libre existencia! 
¡Cálmate, Oswaldo! Esa exaltación puede 
dañarte! 

Sí, madrecita, sí; tienes razón. Es predicar 
en desierto. ¿Ves? ¡La fatiga condenada! 
Voy a dar una vuelta mientras preparan el 
almuerzo. Mil perdones, señor Pastor» Us- 
ted no puede colocarse en mi punto de 
vista. ¡Ha sido un arrebato que lamento!... 

(Vase derecha.) 



ESCENA V 

ELENA y PASTOR MANDERS 



¡Pobre hijo mío! 

Es la mejor palabra y mé satisface en la- 
bios de usted. ¡A qué extremo hemos lle- 
gado! (Elena mira al Pastor en silencio.) Hijo 

pródigo dijo. ¡Ay, cuánta verdad! (Elena si- 
gue mirándole.) Y a todo esto ¿qué dice us- 
ted? 

Que a Oswaldo le sobra razón. 
¿Razón, defendiendo aquellas teorías? 
Aquí, en mis soledades, he concluido por 
pensar como él. Pero no me aventuro en 
estas complicadas cuestiones. ¡No importa! 
Mi hijo hablará por mí. 
Me inspira usted profunda lástima, sefio- 



- 28 - 



ra. Hablemos seriamente. No>ea usted en 
mí a su agente de negocios, ni a su con- 
sejero, ni tan sólo al amigo de su juventud 
y compañero de su difunto esposo de us- 
ted. La voz que aquí se eleva es la del 
sacerdote y atiéndala usted como lo haría 
en la hora suprema. 
Elen. El sacerdote me tiene pendiente de su 
palabra. 

Pastor Ante todo necesito despertar en usted al- 
gunos recuerdos. La ocasión es apropiada: 
mañana cúmplese el décimo aniversario 
de la muerte de su marido; mañana se des- 
cubrirá el monumento que hemos levanta- 
do a su memoria; mañana me dirigiré 
ala multitud: hoy con usted sola quiero 
entenderme. 

Elen. Prosiga usted, señor Pastor 

Pastor Al año de su matrimonio, pisó usted el 
borde del abismo, desertó usted de su ho- 
gar, abandonó a su esposo, Sí, le abando- 
nó usted, señora, y negóse a volver, a pe- 
sar de las instancias, de todos sus ruegos. 

Elen. ¡Usted olvida que durante aquel primer 
año fui muy desdichada? 

Pastor Pretender la felicidad en esta vida, es mos- 
trar un espíritu de rebelión. ¿Qué dere- 
cho tenemos a la felicidad? Somos escla- 
vos del deber y el de usted la imponía vi- 
vir con el hombre al que le unió un lazo 
sagrado. 

Elen. No ignora usted la vida que llevaba Alving 
por aquel entonces ni los excesos a que se 
entregaba. 

Pastor Conozco minuciosamente los rumores que 
circularon acerca de él, y bien lejos de mi 
ánimo aprobar su conducta durante su ju- 
ventud, si, como parece, esos rumores te- 
nían fundamento. Pero una mujer no está 
facultada para erigirse en juez de su mari- 
do. Su deber de usted, señora, consistía en 
soportar pacientemente la cruz que la Vo- 



- 29 — 

luntad Suprema cargó sobre sus hombros. 
Usted rechazó la cruz, y abandonó al débil 
pecador, para cuyo sostén Dios la destina- 
ba. Se hizo usted sorda a la voz del deber, 
comprometiendo su reputación y su nom- 
bre, y por si algo faltaba, puso en trance 
desesperado la reputación de los demás. 
Elen. ¿De los demás? De uno sólo querrá usted 
decir. 

Pastor ¿No fué una inconsideración refugiarse en 
mi casa? 

Elen. ¿En la casa de nuestro Pastor, de nuestro 
amigo? 

Pastor Por serlo precisamente. Eleve sus preces 
al Señor por haberme concedido la indis- 
pensable firmeza para disuadirla de sus 
exaltados designios, restituyéndola , por 
el camino del bien, hasta la casa de su es- 
poso. 

Elen. Esa fué su obra de usted. 

Pastor No fui más que un humilde instrumento 
en manos del Altísimo. Y gracias a la ven- 
tura que me fué otorgada de reducir a us- 
ted al deber y a la obediencia ¡cuál no ha 
sido la bendición del resto de su vida! Vió 
usted cómo las cosas se arreglaron según 
predije. Alving se enmendó de sus [pasa- 
dos errores purificándose en el Jordán del 
arrepentimiento. Fué mando ejemplar, pa- 
dre amoroso, bienhechor del país... y us- 
ted se elevó con él, haciéndose paso a 
paso, su colaboradora. ;Y animosa colabo- 
radora, ciertamente! No ignoro nada de 
eso y le debo en justicia este elogio. Pero 
detengámonos en lo que ha sido después 
el más grave error de su vida. 

Elen. ¿Qué quiere usted significar? 

Pastor Que así como un día desatendió usted sus 
deberes de esposa, posteriormente desa- 
tendió los de madre. 

Elen. . ¡Oh!... 

Pastor Siempre ha vivido usted poseída de una 

ESPECTROS 4 



- 30 - 



Elen. 
Pastor 

Elen. 
Pastor 



Elen. 



Pastor 

Elen. 

Pastor 

Elen. 



ciega confianza en sí propia, ha procurado 
siempre emanciparse de todo yugo, de 
toda ley: ha sacudido usted siempre todo 
linaje de cadenas: pisoteó usted, sin vaci- 
laciones, cuanto le estorbaba y no escuchó 
más que los dictados de su albeldrío. 
Cuando no le convino a usted ser esposa, 
se libró de su marido; le pareció molesto 
ser madre y se alivió de su hijo, mandán- 
dole al extranjero. 
Todo eso hice yo, es verdad. 
Y aqui se da el caso de que una madre 
aparezca como una extraña para su hijo. 
Se engaña usted en eso, Pastor. 
No me engaño y el hecho es naturalísimo. 
¿Cómo vuelve Oswaldo a su patria? Refle- 
xiónelo usted serenamente. Fué usted 
culpable con su marido y así lo reconoce 
al erigir ese monumento a su memoria: reco- 
nozca usted también el daño que ha causado 
a su hijo. Acaso sea tiempo aún de volver- 
lo al buen camino. Enmendemos lo que 
confío que tiene enmienda todavía. (Alzando 
el índice.) Porque — con sincero dolor lo digo 
— jSeñora, es usted una madre culpable! 
—Esto he creído da mi deber manifestar a 

USted. (Pausa.) 

(Lentamente, dominándose.) Terminó USted de 

hablar, señor Pastor, y mañana hablará 
usted en público para enaltecer las virtudes 
de mi marido. Yo no hablaré mañana; pera 
hoy sí tengo que hablar a usted... 
Ya esperaba que procuraría usted discul- 
par su conducta. 

No. Me limitaré a referir algunos hechos. 
Hable usted. 

En todo eso que acaba usted de decir a 
propósito de mi marido, de mí misma, de 
nuestra vida matrimonial, desde que con- 
siguió usted restituirme a la senda del de- 
ber, de todo eso nada ha podido usted 
averiguar por sí J mismo, porque desde 



- 31 - 



aquel momento, usted, visita obligada de 
todos los días, no volvió a poner los pies 
en nuestra casa, 

Pastor Ustedes abandonaron la ciudad apenas 
ocurrido aquel acontecimiento. 

Elen. Sí, y, mientras vivió mi marido, ni una 
vez sola vino usted a vernos aquí. Y des- 
pués sólo para la cuestión del asilo. 

Pastor (con voz velada, inseguro.) Elena... fi es un re- 
proche... sírvase meditar... 

Elen. En las consideraciones que debe usted a 
su estado, ya sé. ¡Y que yo era una mujer 
que había abandonado a su marido! Inte- 
resa prevenir su contacto. 

Pastor Lo que usted dice, señora, es una pura 
exageración. 

Elek. Bien; dejemos eso a un lado. Unicamente 
ansiaba decir a usted que al juzgar mi 
vida doméstica, no hace usted sino aso- 
ciarse al general parecer. 

Pastor Sí, señora. ¿Y qué? 

Elen. Que hoy, Pastor Manders, voy a descubrir 
a usted toda la verdad. Me juré enterarle 
a usted algún día. ¡A usted sólo! 

Pastor ¿Y qué verdad es esa? 

Elen. Esa verdad es que mi marido murió en 
medio de la disolución en que había con- 
sumido su juventud. 

PASTOR (Apoyándose en el respaldo de una silla.) Pero... 

¿qué dice usted? 

Elen. Disolución tan profunda después de los 
diez y nueve años de matrimonio como en 
la víspera de nuestro enlace. 

Pastor Y a esas ligerezas de su juventud, a esas 
irregularidades, excesos, si usted quiere, 
llama usted disolución. 

/ílen. De esa misma palabra se valía nuestro mé- 
dico. 

Pastor Ahora sí que no comprendo a usted. 
Elen. ¿Y que lograríamos con que me compren- 
diese? 

Pastor ¡Mi razón se extravía! ¡De suerte que esa 



- 32 - 



Elen. 
Pastor 



Elen. 



Pastor 
Elen. 



Pastor 
Elen. 



Pastor 
Elen. 



vida de ustedes en amante comunidad 
años y años, no fué más que el velo que 
cubría el abismo! 

Eso fué. Ahora ya conoce usted toda la 
verdad. 

Eso... ¡Mucho tiempo hade transcurrir 
para que yo consiga convencerme, pene- 
trarme de ella! ¡No comprendo absoluta- 
mente nada! ¡No comprendo! Pero... ¿có- 
mo fué posible? ¿Cómo pudo permanecer 
oculta esa relajación? 
Para que el secreto no trascendiese, me vi 
obligada a una lucha enerva^ora, de todos 
los días, de todos los instantes. Oswaldo 
nació después y creí en una mudanza. 
Pero pronto volvimos a lo de siempre. 
Desde aquel instante se hizo la lucha do- 
blemente difícil; fué un combate aniquila- 
dor, mortal, para que nadie sospechara 
qué clase de hombre era el padre de mi 
hijo. Usted recordará que Alving poseía un 
don de gentes con el que se ganaba el afec- 
to de todos. Nadie hubiera concebido a su 
cargo un mal pensamiento. Era uno de 
esos hombres cuya reputación por nada 
sufre quebranto. Pero al fin, Manders,— 
precisa que lo sepa usted todo — al fin rodó 
hasta una abominación mayor que las 
otras. 

¿Mayor aún? 

Me había resignado ya a mis desgracias, 
aunque sin ignorar nada de lo que fuera 
de casa ocurría; pero cuando el escándalo 
triunfó entre estas cuatro paredes... 
Pero ¡Dios mío! ¿Qué dice usted?... 
Sí, aquí, en nuestro hogar. Tuve la prime- 

mera revelación (señalando primera derecha) ahí, 

en aquel cuarto; vi a la doncella que entra- 
ba con la regadera para regar las flores... 
¿Y bien?... 

Al poco rato entraba Alving. Le oí susu- 
rrar palabras mimosas al oído de la don- 



- 33 - 



celia, (con risa forzada.) Aún creo escuchar 
en mis adenti os aquellas palabras desga- 
rradoras y ridiculas a la vez... mi propia 
criada decía: «¡Suélteme V., señor. Le digo 
a V. que me suelte!» 
Pastor Una lamentable ligereza, pero ligereza al 
fin. 

Elen. Pronto supe a qué atenerme. El gentil- 
hombre consiguió a la muchacha, y la 
caída, Pastor, tuvo consecuencias. 

Pastor (como petrificado.) ¡Y todo eso en esta casa, 
en esta casa! 

Elen. En esta casa he soportado yo lo increíble. 

¡Para retenerle aquí, por las tardes y por 
las noches, tuve que convertirme en su 
compañera de orgía, allá, en sus habita- 
ciones; (señalando arriba.) tuve que sentarme 
a su mesa, beber con él, celebrar sus de- 
mencias, luchar, en fin, cuerpo a cuerpo, 
para arrastrarle a la cama! 

Pastor (conmovido.) ¿Y pudo V. sufrir todo eso? 

Elen. Me acordaba de mi hijo y por él sufría más 
y más. Pero al conocer aquel ultraje mal- 
dito, al ver a mi propia criada... resolví 
acabar con todo aquello. Recabé mis dere- 
chos y mi autoridad se hizo sentir sobre 
todo... sobre él mismo; porque, como tenía 
ya un arma con que herirle, no se atrevía 
a contrariarme. Fué entonces cuando de- 
terminé que Oswaldo saliera de casa. Cum- 
plía a la sazón siete años; empezaba a 
observar y a querer enterarse, como todos 
los niños. No podía tolerar que mi hijo se 
envenenase en aquella atmósfera corrom- 
pida, y le libré de ella; salió de casa. Ahora 
comprenderá V. por qué no le tuve a mi 
lado mientras vivió su padre. 

Pastor Ha recibido V. de la vida una amarga ex- 
periencia. 

Elen. Jamás hubiera resistido sin la imposición 
de un deber. ¡He trabajado sin tregua! El 
engrandecimiento de la propiedad y sus 



- 34 - 



mejoras, todas las obras útiles cuyo mérito 
se llevó Alving ¿cree V. que fueron cosa 
suya? ¡El que se pasaba horas y horas 
echado en un diván, embobado en la lec- 
tura de una antigua Guía Oficial/ Necesito 
que lo sepa usted; yo era la que le impul- 
saba en sus ratos de lucidez; yo era la que 
cargaba con todo el peso de la casa cuando 
se entregaba a sus habituales excesos o se 
sumía en un marasmo aterrador. 

Pastor ¿T eleva usted un monumento a la memo- 
ria de hombre tal? 

Elen. Vea usted a lo que conduce la intranquili- 
dad de conciencia. 

Pastor ¿Qué quiere usted decir?... 

Elen. Siempre temí que la verdad se trasluciera 
y llegara al conocimiento de todos; de ahí 
que levantase el asilo para acallar rumores 
y ahogar sospechas. 

Pastor Y lo ha conseguido usted cumplidamente, 
señora. 

Elen. Me proponía, además, que mi hijo nada 
heredase de su padre. 

Pastor ; 3 Y es la fortnna de Alving la que usted de- 
dica?... 

Elen. Sí; las sumas que un año y otro he consa- 
grado al Asilo, forman — lo he [calculado 
exactamente — la fortuna por la cual se 
consideró un día al teniente Alving como 
un buen partido. 

Pastor Comprendo. 

Elen. El dinero ese fué el precio de compra y no 
pasará a manos de mi hijo, quien debe re- 
cibirlo todo de mí, todo. 



- 35 - 



ESCENA VII 

Dichos y OSWALDO, luego REGINA 



Oswaldo entra segunda derecha y deja sombrero y abrigo en el 
vestíbulo. 



ELEN. (Marchando a su encuentro.) ¿Estás ya de Vuelta, 

hijo mío? 

Osw. Si. ¿Qué va uno a hacer fuera con esa llu- 
via pertinaz? Vamos a almorzar ya. [Bueno 
es eso! 

REG. (Por el comedor con un paquete en la mano.) Este 

paquete para la Señora. (Se lo entrega a Elena.) 

ELEN. (Dirigiendo una mirada al Pastor.) Serán las par- 

tituras para la fiesta de mañana. 

Pastor ¡Huís! 

Reg. Señora, el almuerzo está en la mesa. 
Elen. Bien, vamos enseguida... A ver esto... 

(Empieza a abrir el paquete.) 

Reg. (a oswaido.) ¿Qué vino desea el señorito, 

blanco o tinto? 
Osw. De los dos, Regina. 

REG. |Ahl bien... (Entra en el comedor.) 

Osw. Yo puedo ayudarte a descorchar. (La sigue 

al comedor cuya puerta queda entornada.) 



ESCENA VIII 

ELENA y PASTOR MANDERS 



Elen. 



Pastor 



(Después de abierto el paquete.) Precisamente: 

estas son las partituras. 

(Juntando las manos.) ¿En qué disposición de 

espíritu pronunciaré mi discurso de ma- 
ñana? 



— 36 - 

Elen. Ya saldrá usted del paso como Dios le 
dé a entender. 

PASTOB (Con voz apenas perceptible.) Lo CÍertO es que 

no podemos provocar el escándalo. 

ELEN. (En voz baja, pero con firmeza.) No, pero ese 

será el fin de tan larga y enojosa comedia. 
Desde pasado mañana procederé como si 
el difunto no hubiese habitado jamás esta 
casa. No quedará aquí nadie más que mi 

hijo y SU madre. (Llega del comedor un rumor 
de palabras y se oye caer una silla.) 
RE(x. (Con voz ahogada, pero penetrante.) Pero, ¿qué 

haces, Oswaldo?... ¿Estás loco?... ¡Suél- 
tame! 

ELEN. (Retrocediendo con horror.) ¡Ahí... (Fija sus mi- 

radas extraviadas en la puerta entreabierta. Se oye 
toser y reir a Oswaldo y el ruido de una botella 
al ser descorchada.) 

Pastor (indignado.) Pero, ¿qué ocurre?... ¿Qué es 
esto, señora? 

Elen. (con Voz profunda.) ¡Espectros!... ¡La pareja 

del invernadero, que resurge!... 
P astor ¿Qué dice usted? ¿Regina?. . . ¿Ella sería?. . . 
Elen. Sí. Vamos allí ¡Ni una palabra! (se apoya 

en el brazo del Pastor Manders, y, con paso inse- 
guro, se dirige al comedor.) 

TELÓN 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



JLCTO SEXxUTÍIDO 



La misma decoración. El paisaje continúa envuelto en la niebla. 



ESCENA PRIMERA 

ELENA y PASTOR MANDERS 



ELEN. (Saliendo del comedor, seguida del Pastor Manders.) 

Y ahora buen provecho, Pastor. 
Pastor Todavía estoy aturdido. No comprendo 

cómo pude pasar un solo bocado. Pero... 

¿Nadie nos oye? 
Elen. No tema usted: Regina está ocupada en el 

piso inferior, y Oswaldo se disponía a salir. 
Pastor Bien. ¡Qué conflicto, señora! 

ELEN. (Paseándose por la escena y haciendo por dominar su 

nerviosidad.) Estoy persuadida de que a es- 
tas horas, no hay nada aún... 

Pastor ¡Oh! ¡Dios me libre! Pero, de todas suer- 
tes, eso no puede seguir... 

Elen. Crea usted que no pasa de un simple ca- 
pricho de Oswaldo. No le quepa a usted 
duda. 

Pastor Confieso mi incompetencia en esa índole 
de cosas. No obstante, me parece... 

Elen. Que ella debe salir de casa, por desconta- 
do. Y en seguida. 

Pastor Es imprescindible. 



— 38 — 



Elen. 
Pastor 
Elen. 
Pastor 



Elen. 



Pastor 
Elen. 



Pastor 



Elen. 
Pastor 



Elen. 
Pastor 

Elen. 

Pastor 
Elen. 



Pero, ¿dónde irá? 

Pues a casa de su padre. 

¿A casa de quién dice usted? 

A casa de su... Digo, no, que Engstrand 

no es su... Pero ¿tiene usted la seguridad 

completa, señora? 

La misma Juana me lo confesó y Alving 
no pudo negar... sólo que a nadie conve- 
nía el escándalo y se evitó. 
Fué lo que procedía. 

La muchacha salió de aquí sin pérdida de 
minuto, provista de una crecida suma en 
que fijamos el precio de su discreción. 
Llegada a la ciudad se dió maña para en- 
tenderse con Jacobo Engstrand a quien no 
ocultó el mucho dinero que tenía, enlazán- 
dolo con novelerías sobre un extranjero 
que había llegado aquí en su yacht, el ve- 
rano anterior. Y ahí tiene usted cómo se 
improvisó el matrimonio de Juana con 
Engstrand. 

i Yo mismo les casé!... Pero ¿cómo expli- 
car?... Recuerdo tan bi3n la actitud de 
Engstrand cuando fué a consultarme para 
su boda. Se presentó tan contrito reconvi- 
niéndose con tal dureza por el desliz de 
que se habían hecho culpables Juana y él... 
No tenía más recurso que echar la culpa 
sobre sí. 

¡Pero semejante duplicidad conmigo! No 
podía esperarla de Jacobo Engstrand. Yo 
le exigiré una explicación. ;Y un enlace x 
inmoral, por dinero! ¿A cuánto ascendía la 
suma que percibió Juana? 
A trescientos escudos. 
¡Por trescientos miserables escudos, casar- 
se con una mujer perdida. 
¿Y qué dirá usted de mí que me conformé 
a casarme con un hombre perdido? 
Los casos son tan distintos... 
No existe más diferencia que en los pre- 



- 89 - 

cios. Por un lado trescientos despreciables 
escudos..., por el otro, una fortuna. 
Pastor No compare uste<1, por Dios, dos cosas tan 
distintas. ¿No siguió usted los impulsos de 
su corazón? 

Elen. (sin mirarle). ¿No había usted descubierto 
quién ocupaba entonces mi corazón? 

Pastor (Austero). No, puesto que visité diariamente 
la casa de su marido de usted, señora. 

Elen. En fin, lo cierto es que no me había con- 
sultado. 

Pastor Lo cierto es que su matrimonio de usted 
se hizo conforme a la ley y al orden pres- 
crito. 

Elen. (a la ventana). ¡Ah, la ley y el orden pres- 
crito! ¡Con frecuencia me parece que son 
la causa de todas las desdichas de este 
mundo! 

Pastor Señora, ahora incurre usted en pecado. 

Elen. Es posible; pero todas esas consideracio- 
nes, todos esos lazos, que aprisionan como 
cadenas, se me han hecho insoportables. 
Quiero desasirme, quiero la libertad. ¡Yo 
he sido cobarde! Yo no debía tender un 
velo hipócrita sobre la vida de Alving; yo 
debí confesar a mi Oswaldo que su padre 
era un hombre perdido... 

Pastor ¿.Olvida usted, señora, que un hijo debe 
amor y respeto a sus padres? 

Elen. Generalidades a un lado; dígame usted: 
¿Debe amar y respetar Oswaldo al gentil- 
hombre Alving? 

Pastor ¿Y no escucha usted una voz de madre 
que la prohibe destruir el ideal de su hijo? 

Elen. Pero ¿yia verdad? 

Pastor Pero ¿y el ideal? 

Elen. jOh,el ideal! |Si yo fuese menos cobarde!... 
Pastor No hiera usted al ideal, señora, porque se 
venga cruelmente. Oswaldo, tan pobre de 
ideales, tiene uno: su padre. 
Elen. No se engaña usted, Pastor. 



- 40 - 

Pastor Y usted ha cultivado ese sentimiento conj 
sus cartas. 

Elen. Sí, era esclava del deber y de la conve-i 
niencia, y he mentido a mi hijo años y¡ 
años. ¡Oh, qué cobarde! 

Pastor Usted ha hecho florecer eh el alma de su 
hijo una ilusión saludable, y esto es un 
bien de no eécaso valor. 

Elen. ¡Hum! ¿Quién sabe si es un bien?... Lo que 
debemos evitar, a toda costa, es un en- 
redo con Regina. No fuese un mero capri- 
cho a labrar la desgracia de esa joven. 

Pastor |No, Dios mío! Sería horrible. 

Elen. Si yo averiguase que tenía intenciones se- 
rias, y que se jugaba en ello su felicidad... 

Pastor No comprendo. . . 

Elen. Si yo fuese más animosa, con gusto le 

diría: cásate con ella o haced lo que os 

plazca; pero no haya engaño. 
Pastor ¡Dios clemente! ¡Un matrimonio en esas 

condiciones! ¡Una cosa tan repulsiva... tan 

inaudita! 

Elen. ¿Inaudita? Pastor Manders, con la mano 
puesta en el corazón, ¿no cree usted que i 
sin ir muy lejos tropezaríamos con más dej 
una unión entre parientes tan cercanos? 
¡Eh!, si todos, me parece, descendemos 
de uniones de esa índole. ¿Y quién ha 
instituido tales cosas, amado Pastor? 

Pastor To no puedo tratar de semejantes mate-| 
rias con usted, mientras no se encuentre 
en la disposición requerida; pero cuando sej 
atreve usted a considerar cobardía el no... 

Elen. Comprenda usted lo que quiero decir.! 

Tiemblo porque existe en mí algo que mej 
obsesiona, recuerdos terribles que mej 
persiguen como espectros de que no pue-| 
do librarme.. 

Pastor ¿Cómo dice usted? 

Elen. Guando vi en este lugar a Regina y a Os- 
waldo, me imaginó que el pasado revivía 
ante mí. Y estoy tentada a creer, Pastor, 



- 41 - 

que todos somos espectros. No es sólo que 
corra por nuestras venas la sangre de 
nuestros padres; es que llevamos también 
dentro una idea destruida, el cadáver de 
una creencia. ¡Nada de eso vive, pero, a 
pesar de todo, permanece allá, en lo pro- 
fundo de nuestro sér, sin que logremos 
libertarnos! Si leo un periódico, veo surgir 
espectros de sus letras, y se me figura que 
el mundo está poblado de espectros, qüe 
hay tantos, tantos como granos de arena 
en el mar. [Y, por remate, mientras vivi- 
mos, le tenemos todos un miedo tan ruin 
a la luz! 

Pastor Tal es el fruto de sus lecturas, señora. 

iSabroso fruto en verdad! 
Elen. Se equivoca usted, señor Pastor. Quien me 

indujo a reflexionar fué usted mismo, y le 

debo gratitud. 
Pastor ¿Yo? 

Elen. Sí. Cuando usted logró reducirme a lo que 
llamaba el deber, cuando me ensalzó como 
justo y equitativo aquello contra lo cual se 
sublevaba horrorizado todo mi sér, empe- 
cé a examinar la urdimbre de sus enseñan- 
zas. Me proponía tocar un solo punto; 
pero, suelto ese, se deshizo todo. Y enton- 
ces me convencí de que las costuras esta- 
ban hechas a máquina. 

Pastor (Paseándose emocionado.) ¿Este premio merece - 
el más duró combate de mi vida? 

Elen. Diga usted mejor la más sensible de sus 
derrotas. 

Pastor Fué la suprema victoria de mi vida, Elena: 
un triunfo sobre mí mismo. 

Elen. Un crimen contra los dos. 

Pastor ¿Qué? Un día se presenta usted en mi casa, 
con el extravío pintado en todo su continen- 
te y me grita: «Aquí me tienes, tómame», 
yo respondo gravemente: «Vuelva la espo- 
sa al lado de su marido» ¿y a eso llama 
usted un crimen? 



- 42 — 



Elen. Lo es en mi sentir. 
Pastor Usted y yo no llegaremos nunca a com- 
prendernos. 

Elen. (cambiando de tono.) Bien; no evoquemos el 
pasado. Ahora se halla usted aburrido por 
Juntas y Direcciones, y yo e£toy aquí, lu- 
chando, dentro y fuera, con espectros. 

Pastor Por lo que hace a los de fuera, podré ayu- 
dar a usted a librarse de ellos. Por de 
pronto es necesario que Regina vuelva a 
casa de su padre... ¡Digo, no! Engstrand 
no es... ¡Ahí ¡Que haya podido ese hom- 
bre Ocultarme así la Verdadl (Se oye llamar a 
la puerta del vestíbulo.) 

Ei .en. ¿Quién vendrá a interrumpirnos? Ade- 
lante. 



ESCENA II 

Dichos y ENGSTRAND 



Eng. (En traje de día festivo.) Perdonen ustedes, 

pero... 
Pastor ¡Engstrand! 

Eng. No encontré a nadie del servicio y tuve que 
tomarme la confianza inmerecida de llamar 
a la puerta. 

Elen. Bien, ¿qué desea usted? 

Eng. Deseo hablar un momentito al señor Pas- 
tor. 

Pastor (Paseándose agitado.) ¿Quiere usted hablarme 

a mí, a mi? (Deteniéndose delante de Eogstrand.) 

¡Bueno! ¿De qué se trata? 
Eng. Yo diré al señor Pastor: acaban de pagar- 
nos nuestros jornales. Gracias de todo co- 
razón, señora. Y he pensado que los que 
hemos trabajado en tan buena armonía du- 
rante ese tiempo, sería bien que nos despi- 
diéramos celebrando una velada edificante 



- 43 - 



y ya que el señor Pastor se halla entre no- 
sotros, pensé rogarle... 

Pastor Bien, pero dígame usted, Jacobo Engstrand. 

¿Está usted en las condiciones requeridas 
para esa velada edificante? ¿Tiene usted 
limpia la conciencia? 

Eng. ¡Ay! la conciencia puede encontrarse a ve- 
ces en falta. 

Pastor ¡Bien! ¿Quiere usted aclararme su situa- 
ción de usted con respecto a Regina? A 
usted le tiene por padre suyo, ¿no es así? 

Eng. (confundido.) Yo, señor Pastor.... ciertamen- 
te... pero... 

Pastor Juana confesó a la señora toda la verdad. 

Eng. ¡Oh! que se lo... ¿Esas teníamos? Pero, 
¿hizo eso Juana, ella que habia jurado...? 

Pastor De manera que me ha engañado usted, que 
me ha ocultado usted la verdad durante 
tantos años. 

Eng. ¡Ay, sí! ¿Gomo evitarlo?... 

Pastor ¿Merecía yo esa recompensa; que me hi- 
ciese usted sentar falsas inscripciones en 
los registros de la parroquia? Engstrand, 
todo acabó entre nosotros. 

Eng. (Con un suspiro.) ¡Ayl bien lo veo. 

Pastor Sí, porqué ¿cómo podría usted justificarse? 

Eng. ;Ay! señor Pastor. ¿Un hombre no tiene 
el deber de levantar a la criatura que cae? 

Pastor Ciertamente. 

Eng. Después dt> su desgracia con aquel inglés- 
acaso fuera americano o ruso— ¿quién va a 
saber? Juana se trasladó a la ciudad. ¡La 
pobre muchacha me había despreciado 
continuamente porque no podía ella con 
el defecto de mi pierna coja; pero un día, 
Juana llegó a mí, hecha un mar de lágri- 
mas, con unos lamentos que partían el co- 
razón! Sollozaba: ¿qué va a ser de mí, 
una mujer perdida? jT mi hija sin padre! 
¡Hija mía, hija mía!... y rechinaban sus 
dientes de una manera que aun me extre- 
mezeo. 



- 44 - 



Pastor Prosiga usted, Engstrand. 

Eng. Yo, yo... no pude más, y le dije: T6 te 
encuentras en pecado, Juana; en camino 
de perdición... pero aquí está Jacobo Engs- 
trand, aquí está firme sobre sus pies. Esto 
no era más que una figura, ya se compren- 
de. Y levanté al caído, me casé con Juana 
a la faz de todo el mundo, para que todo 
el mundo ignorase su pecado. 

Pastor Eso fué digno, admirable. Peró ¿cómo se 
avino usted a recibir dinero? 

Eng. ¡Dinero! ¿Yo? ¡Ni un escudo! 

PASTOR (Que interroga a Elena con la mirada.) ¡Pero...! 

Eng. Aquel extranjero había desaparecido al 
través del mar tumultuoso... y no pude, 
arrojarle, como quería, el precio del pe- 
cado. Entonces Juana y yo resolvimos pu- 
rificar aquel dinero consagrándolo al sos- 
tén de la niña. Y puedo rendii cuentas 
hasta de la moneda más insignificante. 

Pastor Eso cambia totalmente el aspecto de la 
cuestión. 

Eng. Eso ocurrió, señor Pastor, y no creí pia- 
doso hacer gala ante nadie, ¡ante nadie! 
de mi buena acción. Jacobo Engstrand 
sabe callar cuando interesa. Desgraciada 
mente, casos de esos ocurren muy de tar- 
de en tarde, y cuando estoy con el Pastor 
Manders, no me faltan extravíos y flaque- 
zas que comunicarle. Porque, repito lo 
que decía hace poco, la conciencia puede 
encontrarse en falta alguna vez. 

Pastor Estreche usted mi mano, Jacobo. 

ENG. (Gomo no atreviéndose.) ¡JeSÚS, DÍOS mío! 

PASTOR (Estrechándole la mano con efusión.) ¡A.SÜ 

Eng. ¿Y sí ahora solicitase el perdón del señor 
Pastor?... 

Pastor Yo debo solicitar el de usted, por mi sos- 
pecha. 

Eng. ¡Oh, eso jamás! 

Pastor Yo me encargo, cuando se presente oca- 



- 45 - 



Eng. 



Pastor 
Eng. 



Elen. 
Eng. 



Pastor 
Eng. 

Pastor 



Eng. 



sión de probar a usted mi absoluta con- 
fianza y mi buena voluntad. 
¡Oh, gracias, gracias!... Yo desearía con- 
sultar al señor Pastor sobre el empleo que 
he pensado dar al dinerillo que llevo aho- 
rrado con el sudor de mi frente. 
¿Qué había pensado usted? 
Había pensado, si al señor Pastor no le 
disgustase, fundar en la ciudad un alber- 
gue para los marinos. 
¿Usted? 

Sí, señora; vendría a ser algo así como 
una especie de asilo. El hombre de mar 
está expuesto a mil tentaciones cuando 
viene a tierra, y en el albergue encontra- 
ría un hogar y la mirada protectora de 
un padre. Ese es mi proyecto. 
¿Qué le parece de esa idea, señora Alving? 
No dispongo de mucho y si una mano 
bienhechora me ayudase... 
No se hable más del asunto. Yo me encar- 
go de procurarle esa ayuda. Puede usted 
ir disponiendo lo necesario para nuestra 
velada edificante, querido Engstrand, por- 
que ahora creo a usted en buena disposi- 
ción. 

Eso me parece a mí también. Quede con 
Dios la señora y gracias por sus bondades. 
Guárdeme usted bien a Regina, (Se enjuga 
una lágrima.) la hija de mi llorada esposa... 
¡Es singular... pero de día en día pare- 
ce que echa raíces en mi corazón! (Saluda y 

desaparece por la puerta del vestíbulo.) 



ESCENA III 

ELENA y PASTOR MANDERS 

¿Ha visto usted, señora, cómo la explica- 
ción de ese hombre se aparta un poco de 
la de usted? 



ESPECTROS 5 



— 46 — 
Elen. Efectivamente. 

Pastor Hay que meditarlo mucho antes de pro- 
nunciarse contra el prójimo. ¿No lo cree 
usted así? 

Elen, Lo que creo, Manders, es que posee usted 

un corazón de niño. 
Pastor Ta me lo ha dicho usted otras veces. Voy 

a guardar los documentos en mi cartera. 

(lo efectúa.) Así. No abandone usted a Os- 

waldo, cuando llegue. Yo volveré dentro 

de pOCO. (Coge el sombrero y vase por la puerta del 
vestíbulo.) 



ESCENA IV 

ELENA, en seguida OSWALDO 



ELENi (Deja escapar un suspiro; mira a través de la ventana; 

ordena un poco la habitación y deteniéndose estupe- 
facta en el umbial, exclama sordamente.) ¡Oswaldc! 

¡Todavía en la mesa! 
Osw. (Desde el comedor.) Quería sólo apurar el ci- 
garro.^ 

Elen. Crei que habías salido a dar un pasee. 
Osw. (Desde el comedor.) El nublado no invita a 
salir. 

ELEN. Dices bien. (Deja abierta la puerta y se sientá en 

el diván, con el bordado en la mano.) Suspende 

tan continuas libaciones, Oswaldo. 

Osw. (Desde el comedor.) Es un licor excelente con- 
tra la humedad. 

Elen. ¿Por qué no vienes aquí conmigo? 

Osw. Porque no podría fumar. 

Elen. Ya sabes que puedes fumar un cigárro. 

Osw. Bueno, bueno, ya voy. Un sorbito y bas- 
ta... ¡Ea! Concluido. (Entra con el cigarro en 
los labios y cierra la puerta. Breve pausa.) 

Elen. No debes hacer tanta sobremesa, Os- 
waldo. 



- 47 — 

OsW. (Llevándose a la e«palda la mano en que tiene el ciga- 

rro.) ¿Y qué hacer aquí sin eso? ¡No puedo 
ponerme a trabajar!... 

Elen. ¿No puedes? 

OSW. ¿Cómo, Sin un rayo de SOl? (Paseándose agita- 

do.) ¡Qué espantoso suplicio no poder tra- 
bajar!... (Obscurece poco a poco. Oswaldo continúa 
su agitado ir y venir. Deja el cigarro y se detiene de- 
lante de su madre.) Madre ¿puedo sentarme a 
tu lado, en el diván? 

Elen. (Dejándole espacio.) Sí, ven, ven, hijo mío. 

Osw. Tengo una cosa que decirte, madre. 

ELEN. (Con interés.) ¿Qué? 

OSW. (Mirando fijamente delante de sí.) No puedo te- 

nerlo un minuto más sobre mi corazón. 
Elen. ¿Tener el qué? Dime. 

OSW. (Mirando como anteriormente delante de sí.) Mi 

pluma se negó siempre a escribirte una 
palabra de eso, y desde que estoy aquí... 
Elen. (cogiéndole de un brazo.) ¿Pero qué es, Os- 
waldo? 

Osw. Ayer y hoy he procurado sacudir la car- 
ga abrumadora de mis pensamientos... 
Inútil. 

ELEN. (Levantándose bruscamente.) No me OCUlteS na- 

da, Oswaldo; habla pronto. 

OSW . (Obligándola a sentarse de nuevo.) No te muevas. 

Probaré... Me he quejado de una fatiga 
causada por mi largo viaje... 
Elen. Sí, hijo mío... 

Osw. Y, ¡mira tú! no es eso; no es una fatiga 
como las más... 

ELEN. (Que intenta levantarse de nuevo.) ¿Estás enfer- 
mo, hijo de mi alma? 

Osw. Quietecita, madre, quietecita. Armate de 
calma. Lo que me posee no es una enfer- 
medad, lo que comunmente se llama una 

enfermedad. (Oprimiendo su cabeza con ambas 

manos.) ¡Madre! ¡Estoy aniquilado de espí- 
ritu! ¡Naufraga mi sér! ¡Ya nunca, nunca 

podré trabajar! (Oculta el rostro en las manos, 



- 48 - 



cae de rodillas a les pies de su madre y rompe en so- 
llozos.) 

Elen. (Pálida y temblorosa.) ¡Oswaldo! ¡Mírame! ¡No, 
no, nada de eso es verdadl 

OSW. (Mirándola con desesperación.) ¡No Volver al tra- 

bajo nanea, nunca! ¡Nunca! [Ser un cadá- 
ver vivientel Madre, ¿alcanzas la magnitud 
de ese horror? 

Elen. [Pobre hijo mío! Pero ;cómo llegaste a ese 
horror? 

Osw. ¡Ah! Eso es lo que no me explico. Yo no 
he llevado jamás una vida licenciosa, en 
ningún concepto: puedes creerme, madre, 
puedes creerme. 

Elen. Te creo, hijo mío. 

Osw. Y el caso es que me encuentro así... 
[Así!... 

Elen. ¿Y desde cuándo, hijo mío? 

Osw. Desde que llegué a París, la vez última. 

Comencé por sentir unos agudísimos dolo- 
res de cabeza, particularmente en el occi- 
pucio: parecía como si me hubiesen hun- 
dido el cráneo en un anillo de hierro, des- 
de la nuca hasta la coronilla. 

Elen. ¿Y qué más? 

Osw. Calculé que sería el dolor de cabeza aquel 
que tanto me hizo sufrir durante la época 
de mi crecimiento. 

Elen. Sí, ya sé... 

Osw. Pero no era esc. Pronto me persuadí. 

Quise empezar un gran cuadro y sentí la 
ausencia de mis facultades. No conseguía 
concentrarme ni fijar las imágenes. Todo 
danzaba en torno mío como en un vértigo. 
¡Era una situación terrible! Consulté a un 
médico, y por él supe toda la verdad. 

Elen. ¿Qué quieres decir? 

Osw. Era uno de los más famosos doctores de 
allá. Le conté minuciosamente lo que sen* 
tía, y él me agobiaba a preguntas que, en 
mi sentir, nada tenían que ver con mi es- 



- 49 - 



tado; yo ni sospechaba donde quería ir a 
parar. 
Elen. Continúa. 

Osw. Por fin se resolvió a decirme: «Usted, des- 
de su nacimiento, tiene algo.,, carcomido.» 
Vermoulu, dijo en su idioma. 

Elen. (Ansiosamente.) ¿Qué quería decir? 

Osw. Eso mismo me preguntaba yo: y le rogué 
que se explicase con mayor claridad. En- 
tonces el Viejo CÍniCO... (Levantando el puño.) 

¡Oh!... 
Elen. ¿Dijo?... 

Osw. Los hijos pagan los pecados de los padres. 

ELEN. (Levantándose con lentitud.) ¡LOS pecados de IOS 

padres! 

Osw. Estuve en un tris de abofetearle. 
Elen. (Atravesando la escena.) Los pecados de los pa- 
dres... 

OSW. (Sonriendo forzadamente.) Sí. ¿Qué te parece? 

Y hasta que le mostró tus cartas y le tra- 
duje los pasajes en que me hablabas de 
padre... 
Elen. ¿Qué? 

Osw. Que sólo entonces confesó que se había 
equivocado. ¡T por ese medio averigüé la 
verdad, la incomprensible verdad! Debí 
abstenerme de mi deliciosa vida de joven. 
Había derrochado mis fuerzas. ¡Mía era la 
culpa! 

Flen. ¡No, Oswaldo! ¡No lo creas! 

Qsw. No había otra explicación posible, dijo el 
doctor. He ahí lo más afrentoso. ¡Perdido 
irremisiblemente para toda la vida por mi 
propia culpa! Todo lo que hubiese podido 
hacer en este mundo... ¡ni atreverse a 
pensarlo! ¡Ay, madre! ¡Que no pueda yo 
nacer de nuevo para empezar una existen- 
cia mejor! (Hundiendo la eabeza en el diván. Elena 
se retuerce las manos y recorre la escena en silenciosa 
lucha consigo misma. Oswaldo, tras una pausa, leván- 
tase a medias, y permaneciendo de codo, prosigue:) 

¡Si cuando menos hubiese sido una heren- 



- 50 - 



cia, una cosa de la que no fuese yo res- 
ponsable!... ¡Pero así! ¡Destruir uno con 
tal ligereza, tan neciamente, tan vergonzo- 
samente, la propia felicidad, la salud pro- 
pia, el porvenir, la vida... todo! 
Elen. ¡No, no, hijo de mi alma, es imposible! (in- 
clinándose hacia éi.) EL caso no es tan deses- 
perado como te imaginas. 

0¿W. |A.hI TÚ no Sabes... (Levantándose de una sacu- 

dida.) Y toda esta pena, madre, toda esta 
pena que te proporciono. ¡Cuántas veces 
he deseado que menguase tu cariño ha- 
cia mí! 

Elen. ¡Oswaldo! ¡Mi único hijo, mi ünico amor, 
mi preocupación única! 

OSW. ^Cogiéndole las manos y cubriéndoselas de besos.) ¡A.y, 

madre! Esta es una de las cosas que más 
me aperan... Pero ahora ya lo sabes todo, 
y por hoy hemos terminado de hablar de 
ello. No puedo pensar en esto mucho 

tiempo Seguido. (Dirigiéndose hacia el fondo.) 

Tengo sed. Quiero beber. 

Elen. ¿Qué quieres beber a estas horas? 

Osw. Cualquier cosa. Ponche frío, si le hay. 

Elen. Sí, pero considera, mi querido Oswaldo... 

Osw. (con un grito.) ¡Por Dios! No me prives de 
esto, madre. Necesito algo en que ahogar 
los pensamientos que me torturan. (Pasa ai 
invernadero.) ¡Y, para colmo, esta obscuridad 
de agonía!... 

ELEN. Aguarda. (Tira del cordón de la campanilla, que 

está a la derecha.) 

Osw. ¡Y esta lluvia pertinaz! Semana tras sema- 
na, meses enteros... ¡Ni un rayo de sol 
nunca! 

Elen. ¿Piensas abandonarme, hijo mío? 

OSW. (Suspirando profundamente.) En nada pienso. 

No puedo pensar en nada. (Bajando la yoz.) 
¡No hay que temer! 



- 51 - 



ESCENA V 

Dichos y REGINA 



Reg. (Por el comedor.) ¿Llamaba la señora? 
Elen. Para que trajeses la lámpara. 
Reg. Voy al momento, señora. Está ya encendi- 
da. (Vase.) 

ELEN. (Acercándose a Oswaldo.) Oswaldo, ábreme tu 

corazón, expansiónate por completo con tu 
madre. 

Os W. Nada quedó por decir (Aproximándose a la mesa.) 

REG. La lámpara, Señora. (Aparece con la lámpara y 

la coloca sobre la mesa.) 

Elen. Ahora, Regina, tráenos una botella de 

champagne de las pequeñas. 
Reg. Bien, señora, (vase.) 

OSW. (Tomando entre sus manos la cabeza de Elena*) ¡Go- 

mo aciertas mis gustos! Ta sabía yo que 
mi madrecita cuidaría de apagar mi sedl 
Elen. ¡Pobrecito Oswaldo! Nada, nada puedo ne- 
garte ahora. 

Osw. (vivamente.) ¿De veras, madre mía , nada, 

nada, puedes negarme? 
Elen. Pero, hijito mío... 
Osw. ¡Pst! 

REG. (Con dos copas y una media botella de champagne, 

en una bandeja.) ¿Descorcho? 

Osw. Gracias, no: yo la descorcharé, (vase Regina.) 



ESCENA VI 

ELENA y OSWALDO 



Elen. 
Osw. 



(Sentándose a la mesa.) ¿Qué COSa temes que yO 

pudiera negarte? 

(Haciendo saltar el tapón de la botella.) Ante todo, 



- 52 - 

Una... O dos COpaS. (Llena una copa y se dispone 
a vaciar la otra.) 

ELEN. (Deteniéndole la mano.) Gracias... yo no tomo. 
OSW. La Vaciaré yo, entonces. (Bebe y vuelve a lle- 

nar y a vaciar la copa.) 
ELEN. (Aguardando que hable.) ¿Y bien?... 

Osw. (sin mirarla.) Oye: me ha parecido que duran- 
te el almuerzo, tú y el Pastor Manders... 
estábais muy preocupados... sin la locua- 
cidad de costumbre. 

Elen, ¿Eso observaste? 

OSW. Sí. (Tras una pausa.) Dime... ¿Qué te parece 

de Regina? 

Elen. ¿Qué me parece? 

Osw. Sí. ¿Verdad que es exuberante?..,. 

Elee. Querido Oswaido, tú no conoces a Regina 
como yo. 

Osw. ;,Y eso quiere decir?... 

Elen. Que desgraciadamente, permaneció dema- 
siado tiempo en su casa: debí habérmela 
traído antes. 

Osw. Bien, ¿pero no es exuberante, madre? 

Elen. Esa Regina tiene muchos defectos... y de 
consideración. 

OSW. ¿Y eSO qué? (Apura más champagne.) 

Elen. Pero eso no influye en mi cariño; y soy res- 
ponsable de ella. Por nada del mundo qui- 
siera que le sucediese una desgracia. 

OSW. (Levantándose de una saoudida.) ¡Madre, Regina 

es mi única salvación! 

Elen. (Levantándose.) ¿Qué quieres decir? 

0¿w. Que no puedo continuar soportando a so- 
las mi tormento. 

Elen. ¿No me tienes a mí, a tu madre, para so- 
portarlo contigo? 

Osw. Asi lo creía y por eso volví a casa. Pero 
bien veo que no podrá ser... Yo no podré 
pasar aquí toda mi vida. 

Elen. lOswaldo! 

Osw. He de adoptar otra manera de vivir... y 
fuerza será que nos separemos. No quiero 



— 53 - 



que tengas siempre este espectáculo ante 
los ojos. 

Elen. [Desventurado hijo mío! Pero mientras es- 
tés tan enfermo... 

Osw. Si no fuese más que mi enfermedad, me 
quedaría a tu lado, madre, porque tú eres 
mi mejor amigo en la tierra. 

Elen. ¡Si lo soy, Oswaldo! ¡Si lo soy! 

OSW. (Andando inquieto, de un lado para otro.) Pero SOn 

además todos estos tormentos, todos estos 
remordimientos... y esta angustia mor- 
tal. ¡Oh!... ¡Esta trágica angustia! 

ELEN. (Marchando detrás de él.) ¿Angustia? ¿Qué an- 

gustia? ¿Qué quieres decir? 
Osw. No me preguntes más sobre eso. No sé, 

no puedo darte idea... (Elena pasa a la derecha y 
tirando del cordón, hace sonar la campanilla.) ¿Por 

qué llamas? 

Elen. Porque quiero que mi hijo esté alegre, 
que el mundo se vista para ti de más ri- 
sueños Colores. (A Regina que aparece en el um- 
bral de la puerta.) Una botella grande de 
champagne. Pronto, (vase Regina.) 

Osw. ¡Madre! 

Elen. ¿Crees tú que nosotros no sabemos vivir 
aquí? 

OSW. ¡Oh, que mujer! (Por Regina. Oswaldo y Elena 

siéntanse a la mesa.) ¿Tú no sabes, madre, que 
estoy en deuda con Regina? 

Elen. ¿En deuda, tú? 

Osw. Ta verás. La última vez que estuve aquí... 

Elen. ¿Qué ocurrió la última vez? 

Osw. Que no sé cómo, dije a Regina: «{te gusta- 
ría ir a París?»— y ella con el rostro encen- 
dido, repuso: «¡Oh, que alegría ir allá!» y 
concluí: «Pues yo me encargo de llevarte». 

Elen. ¿Y qué más? 

Osw. Gomo es de suponer, me había olvidado 
de todo, pero anoche, al preguntarle si es- 
taba contenta por el mucho tiempo que iba 
yo a permanecer aquí, me miró sorpren- 
dida y me preguntó: «Pero ¿y mi viaje a 



- 54 - 



París?» Nada, que se había tomado la cosa 
en serio, que no pensaba más que en el 
viaje... y que incluso había aprendido el 
francés... 

E len. Ahora comprendo . . . 

Osw. ¡Madre! Al contemplar esa muchacha toda 
salud y belleza— jamás me había fijado 
hasta entonces— al presentirla con los bra- 
zos abiertos, pronto a recibirme... 

Elen. ¿Oswaldo! 

Osw. ... Comprendí que era la salvación. [Tenía 
en mi presencia la alegría de vivir! 

Elen. (con profundo asombro.) ¿La alegría de vivir? 
¿Esa es, pues, la salvación? 



ESCENA VII 

Dichos y REGINA 



REG. (Entrando con una botella en la mano.) He tenido 

que bajar a la bodega; por eso he tardado. 

(Coloca la botella sobre la mesa.) 

Osw. Trae una copa. 

REG. (Mirándole sorprendida.) Aquí tiene USted la 

de su mamá, señorito. 
Osw. Sí, pero trae una copa para ti, Regina. 

REG. (Mirando confusa a Elena.) ¿Ha OÍdo la Seño- 

ra?... 

Elen. Ve por la copa, Regina. 

REG. Sí, Señora. (Pasa al comedor.) 

Osw. (Siguiéndola con la mirada.) ¿Has reparado en 
su manera de andar? ¡Tan firme y resuel- 
ta! 

Elen. |Eso no puede ser, 0¿waldol ¡No puede 
ser! 

Osw. Está decidido. No me contradigas... Seria 
inútil. 

REG. (Entra con una copa que conserva en la mano.) Se- 

ñorito... 



- 55 - 



Osw. Siéntate, Regina. 

REG. Señora... (Interroga a Elena con la mirada.) 

Elen. Siéntate. 

REG. Obedezco. (Se sienta en una silla cerca de la puer- 

ta del comedor, con la copa vacía en la mano.) 

Elen. Oswaldo... ¿qué me decías de la alegría 
de vivii ? 

Osw. ¡Oh, madre, la alegría de vivirl... En nues- 
tra tierra apenas la conocéis. ¡La alegría 
de vivir... y también la alegría de traba- 
jar!.-. ¡Si en el fondo es lo mismo! Pero 
aquí desconocéis igualmente esa alegría. 
Aquí se considera el trabajo como un azo- 
te de Dios, como un castigo a nuestros 
pecados, y la vida como una cosa misera- 
ble de la que nunca nos libramos bastante 
pronto. 

Elen. Sí, un valle de lágrimas. Y nosotros nos 
esforzamos para que así sea. 

Osw. Pues allá todos huyen de esas cosas. Allá 
esas doctrinas de sombra, se disipan a la 
luz del placer que rutila en los humanos 
semblentes; allí los hombres se precipitan 
en el torbellino de la alegría de vivir, con 
el sol en la frente, y en el alma un fuego 
de amor inextinguible. Por eso me asusta 
permanecer aquí, madre. 

Elen. (Y de qué te asustas? 

ObW. Üe que todo lo que en mi interior fermen- 
ta, aquí se transforme en mal. 

ELEN. (Mirándole fijamente.) ¿Crees eSO posible? 

Osw. Sí. Trata de llevar aquí la misma vida que 
allá, y no será ya la misma vida. 

ELEN. (Que ha escuchado con creciente atención, envuelve 

a su hijo en una mirada profunda y meditativa.) 

¡Ahora lo comprendo todo! 
Osw. ¿Qué comprendes? 
Elem. Es la primera vez que penetro la verdad y 

ahora... ahora puedo hablar. 
Osw. (Levántandose.) No te entiendo, madre. 

REG. (Que se ha levantado también.) ¿Me VOy, señora? 

Elen. No, quédate. Ahora puedo hablar. Ahora, 



- 56 - 



hijo mío, vas a saberlo todo y después re- i 
solverás. ¡Oswaldo! ¡Regina! 
Osw. Silencio. El Pastor... 

' ' ' t 

ESCENA ULTIMA 



Dichos y el PASTOR MANDERS 



Pastor 

Osw. 
Pastor 



Reg. 

Osw. 

Pastor 

Osw. 

Reg. 

Pastor 

Elen. 

Pastor 
Elen. 



Osw. 
Reg. 



Osw. 

Reg. 

Elen. 

Pastor 

0¿>w. 



(Por la puerta del vestíbulo.) HemOS tenido Una 

de esas reuniones tan gratas al espíritu. 
Nosotros también. 

Debemos ayudar al bueno de Engstrand en 
eso del albergue para los marinos... y per- 
mitir que Regina se vaya con él. 
No me conviene, señor Pastor; gracias. 
Regina se viene conmigo, señor Pastor. 
¡Qué se va! ¿Con usted? 
Sí, en calidad de esposa... si le place. 

(Involuntariamente.) En Calidad... 

¡Misericordia divina! 

No sucederá eso, Pastor, porque ahora 
puedo decirlo todo. 
Pero no lo dirá usted. ¡No, no, no! 
Sí; quiero y puedo y debo hablar. Tran- 
quilícese usted que no dejaremos ningún 
ideal destruido. 

¿Qué misterio es este? ¿Qué se me oculta, 
madre? 

(Escuchando.) ¡Señora! ¡Oiga usted! Gente 

que VOCea en la playa. (Se dirige al invernadero 

y mira por la ventana.) 

(En la ventana de la izquierda.) ¿Qué OCUrre? ¿De 

dónde procede ese resplandor? 
(con un grito agudo.) ¡Está ardiendo el Asilo! 
(a la ventana.) ¡Está srdiendo el Asilo! 
¿Ardiendo? Imposible. Vengo de allí. 
¿Dónde está mi sombrero? ¡Bah, me es 

Igual! — ¡El Asilo de mi padrel (Desaparece a 
toda prisa por la puerta que conduce al mar.) 



- 57 - 



Elen. ¡Mi chai, Regina! El incendio lo devasta- 
rá todo. Ven, acompáñame* (precipitándose 

seguida de Regina por la puerta del vestíbulo.) ¡Y 

sin asegurar, Pastor Manders! 
Pastor (Grave.) Señora, íes el castigo del cielo que 
cae sobre este lugar de perdición! 



TELÓN 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 



La misma decoración. Todas las puertas aparecen abiertas. La lám- 
para continúa encendida sobre el velador. Fuera, domina la 
obscuridad nocturna. Un débil resplandor de incendio asoma 
hacia la izquierda. 



ESCENA PRIMERA 

ELENA y REGINA 



La primera, arrebujada en un chai, mira el incendio desde el inver- 
nadero, y asimismo la segunda, que se encuentra detrás de 
aquélla, con chai también. 

Elen. ¡Ei fuego lo ha destruido todo! > 

Reg. Aun chisporrotea en los cimientos. 

Elen. ¡Y Oswaldo sin volver! Nada hay que sal- 
var, no obstante. 

Reg. ¿Voy a llevarle el sombrero? 

Elen. ¿Sin sombrero se marchó? 

Reg. Véalo la señora; en la percha está, (señalan- 
do el vestíbulo.) 

Ei jen. Déjalo ahí. No tardará en estar de vuelta. 

Voy a ver .si le encuentro, (vase por la puerta 

que conduce al mar.) 



- 59 - 



ESCENA II 

REGINA y PASTOR MANDERS 



Pastor (Por ia puerta del vestíbulo). ¿No está en casa la 
señora? 

Reg. Acaba de salir camino de la playa. 
Pastor Esta ha sido para mí lá noche más terrible 
de mi vida. 

Reg. Sí: es una desgracia inmensa, ¿verdad? 
Pastor ¡No quiero ni pensarlo! No sé cómo decir... 
Reg. Pero, ¿cómo ha ocurrido eso? 
Pastor ¡Nada sé! ¡Nada me preguntes!... ¿No bas- 
ta conque tu padre...? 
Reg. ¿Qué ha hecho? 

Pastor ¡Oh! Va a concluir por trastornarme la ca~ 
beza, 



ESCENA III 

Dichos y ENGSTRAND 



ENG. (Por la puerta del vestíbulo.) ¡Señor Pastor! 

Pastor (volviéndose con espanto). ¿Cómo? ¿Hasta aquí 

me persigue usted? 
Eng. ¡Sí! ¡Ei diablo me lleve!... ¡Señor, lo que 

digo! Por usted lo lamento más que por 

nada... ¡por usted!... 
Pastor (Paseándose agitado). ¡Dios piadoso! ¡Dios pia- 

doso! 

Eng. La velada edificante que yo organicé es la 

Causa de todo el mal... (Aparte a Regina.) ¡Ta 

es nuestro, Regina! (Alto.) Yo tengo la culpa 

de que el señor Pastor... 
Pastor Pero si no...; si le aseguro a usted... 
Eng. Nadie tocó las luces más que el señor 

Pastor. 



— 60 — 

Pastor (Deteniéndose). Sí, eso dice usted; pero yo 
aseguraría que no tuve una luz en la mano. 

Eng. ¡Yo vi perfectamente como el señor Pastor 
despabilaba una vela con los dedos y arro- 
jaba el pabilo en el serrín! 

Pastor ¿Usted vió lo que dice? 

Eng. ¡Lo vi... lo vi!... 

Pastor ¡No, no me lo explico! ¡Si en mi vida ha- 
bía despabilado una vela con los dedos! 

Eng. Sí, es una costumbre peligrosa; buena 
prueba recibimos de ello. Pero, ¿es de 
mucha consideración el daño producido 
por ese incendio? 

Pastor (paseándose inquieto). ¡No me pregunte usted 
nada! 

Eng. (siguiéndole). Y para mayor pena, ¿no había 
tomado seguro el señor Pastor? 

Pastor (sin detenerse). ¡No, no, no; lo sabe usted 
mejor que nadie! 

Eng. (siguiéndole). ¡Sin asegurar! ¡Y prenderse 
fuego así...! ¡Señor, Señor, qué desgracia! 

Pastor (Enjugándose la frente). ¡Horrible, dígalo usted! 

Eng. ¡Y que eso ocurra con un establecimiento 
de beneficencia que tanto bien había de 
sembrar...! ¡Y los periódicos, capaces serán 
de morder al señor Pastor! 

Pastor Esto es lo más doloroso... ¡Me acusarán!..* 
¡Me desgarrarán a dentelladas abomina-, 
bles!... ¡Ahí ¡Me horroriza pensarlo! 



ESCENA IV 

Dichos, ELENA, luego REGINA 



ELEN. (Por la puerta de la playa). No he podido COn- 

seguir que abandonase el fuego. 
Pastor ¡Ah! Me impacientaba por ver a usted, 
señora. 

Elen. Usted, cuando menos, se ha librado del 
discurso inaugural, Pastor Manders. 



- 61 - 



Hubiera preferido pronunciarlo... 

(con voz opaca.) Más vale que haya ocurrido 

así. Del Asilo ese, no podía resultar nada 

bueno. 

¿Cree usted?... 
¿Y usted lo duda? 

De todas maneras, es una desgracia tras- 
cendental. 

Ocupémonos algo de la parte económica. 
¿Espera usted al pastor, Engstrand? 
(Próximo ai vestíbulo.) Sí, señora: aguardándole 
estoy. 

Pues, siéntese usted. 
Gracias; no estoy cansado. 
(ai Pastor.) ¿Usted saldrá en el vapor, proba- 
blemente? 

Sí, dentro de una hora. 

En tal caso, sírvase usted llevarse todos 

los papeles. No quiero escuchar íii una 

palabra que rece con el desdichado Asilo. 

Otras preocupaciones me agobian en este 

momento. 

Señora... 

Pronto mandaré a usted plenos poderes 
para terminar como proceda. 
Lo haré, señora. La primera disposición 
testamentaria, es ya, por desgracia, ina- 
plicable. 

Indudablemente. 

Pienso, como primera providencia, el tras- 
pasar al municipio la propiedad de Solvik. 
La tierra algo vale y para algo puede 
servir. Por lo que hace ala renta del ca- 
pital, acaso pueda emplearlo de manera 
que produzca algún beneficio para la po- 
blación. 

Gomo a usted le parezca. Hoy todo eso 
me es indiferente. 

No olvide usted mi hospedería para los 
marinos, señor Pastor. 
Sí, no me disgusta la idea. ¡Hay que es- 
tudiarlo! 

ESPECTROS 6 



- 62 - 



ENG. iQuÓ diantre de estudiar! (Reportándose.) 

¡Jesús Dios mío! 

Pastor (con un suspiro.) Y yo no sé hasta cuándo 
podré ocuparme de estos asuntos... ignoro 
si la opinión pública, esa trágica reina, se 
pronunciará en mi favor o rechazará mi 
concurso. Todo depende del resultado de 
la información oficial. 

Elen. ¿Qué dice usted, Manders? 

Pastor ¿Y quién prevé el resultado, señora? 

Eng. (Aproximándosele.) ¡Oh! No hay que temer por 
el resultado. Aquí está Jacobo Engstrand... 

Pastor Bien, sí, pero... 

Eng. (Bajando la voz.) Jacobo Engstrand no es 
hombre para abandonar a su generoso 
bienhechor en la hora negra del peligro... 

Pastor Sí, amigo mío... Pero, ¿cómo? 

Eng. ¡Jacobo Engstrand, es el ángel de la 
guarda, como si dijésemos, señor Pastor! 

Pastos Ño, no, eso no puedo consentirlo. ¡No 
puedo! 

Eng. Y, sin embargo, fuerza será que ocurra 
así. Yo sé de uno que ya, en cierta ocasión, 
cargó con el peso de una falta ajena. 

Pastor ¡Jacobo! (Le estrecha la mano, ) Es usted un 
hombre complicado. Haré cuanto pueda 
en beneficio de su plan. Cuente usted 
conmigo. 

Eng, Señor Pastor, en el alma... (No puede con- 
tinuar, la emoción ahoga su voz.) 
PASTOR (Colocándose en bandolera el maletín de viaje.) Y 

ahora, hasta más ver. Los dos marchamos 
juntos. 

ENG. (Bajo a Regina que se halla cerca del comedor.) 

Vente conmigo: sigúenos y no te pesará. 

REG. (Rechazando con la cabeza.) ¡Gracias! (Pasa al ves- 

tíbulo y entrega al Pastor su abrigo.) 

Pastor ¡Adiós, señora, que el espíritu de orden y 
de seguridad, se adueñe pronto de esta 
morada. 

Elen. ¡Adiós, Pastor Manders! (Advierte que oswaido 

entra por la puerta exterior y se dirige al invernadero.) 



— 63 - 



ESCENA V 

Dichos y OSWALDO 



ENG. (Que con ayuda de Regina, pone el abrigo al Pastor.) 

Adiós, hija mía. Si algún día te ocurre 
algo, ya sabes donde encontrar a Jacobo 
Engstrand (aparte); calle del Puerto, |jem!... 
(a Elena y Oswaido.) Y el establecimienio se 
llamará : « Albergue del gentilhombre 
Alving», ¡como suena! Y si consigo dirigir 
esa casa como pienso, bien puede afir- 
marse que será digna del glorioso gentil- 
hombre, cuya pérdida lloraremos siempre, 
siempre! 

Pastor (En la puerta.) jHum! Vamos ya, Engstrand. 

¡AdiÓS, adiós! (Desaparece con Engstrand por el 
vestíbulo.) 



ESCENA VI 

OSWALDO, ELENA y REGINA 



OSW. (Aproximándose a la mesa.) ¿De qué albergue 

hablaba ese hombre? 
Elen. De una especie de Asilo para los marinos, 

que se proponen fundar él y el Pastor 

Manders. 
Osw. Arderá como el otro. 
Elen. ¿Por qué dices que arderá? 
Osw. Porque va a arder todo. No prevalecerá 

ni una brizna que mantenga la memoria 

de mi padre. Yo también me abraso. (Regina 

le mira con profundo asombro.) 

Elen. ¡Oswaido! No debiste permanecer allí 
tantas horas, jpobre hijo mío! 

OSW. (Sentándose a la mesa.) AcaSO tengas razón. 



- 64 - 



Elen. Déjame enjugarte la cara; estás mojado, 

que da lástima. (Le limpia con un pañuelo.) 
OóW. (Paseando una mirada de indiferencia.) Gracias, 

madre. 

Elen. ¿Estás fatigado, hijo mío? ¿Deseas dormir? 
Osw. No, no... ¡dormir no! Yo no duermo nun- 
ca... jSÓlO finjo él SUeño! (Con voz siniestra.) 

¡Harto pronto llegará! 

ELEN. (Mirándole i nquieta. ) ¿Decididamente estás en- 
fermo, hijo de mi alma? 

Reg . (con interés.) ¿Está malo el señor Alving? 

Osw. (impaciente.) ¡Cerrad las puertas! ¡Cerradlas 
. todas! ¡Oh, esta angustia mortal!... 

ELEN. Cierra, Regina, Cierra. (Regina cierra y se de- 

tiene en la puerta del vestíbulo. Elena se quita el chai 
y también Regina.) - 

Reg. Ya está, señora. 

ELEN. (Arrastrando una silla y sentándose junto a Oswaldo.) 

Aquí estoy, a tu lado. 

Osw. Sí, sí, a mi lado. Y Regina a mi lado tam- 
bién. Que no se aleje. Tó, Regina, si llega 
el caso, me auxiliarás ¿cierto? 

Reg. No comprendo. 

Elen. ¿Auxiliarte? 

Osw. Sí, cuando llegue la hora. 

Elen. Pero Oswaldo, ¿no me tienes a mí, a tu 
madre?. . . 

OSW. ¿TÚ? (Con amarga sonrisa. ) No, madre, no: el 

auxilio que yo precisaré, no puede llegar- 
me de ti... (Con dolorosa y forzada sonrisa.) jTÜ! 
¡Ja, ja! (De súbito la mira gravemente.) Y la ver- 
dad es que a ti te correspondería, (violen- 
to.) Y tú, Regina, ¿por qué no me tuteas? 
¿Por qué no me llamas Oswaldo? 

Reg. (En voz baja.) Creo que no agradaría a la 
señora. 

Elen. Muy en breve gozarás de esa confianza. 

Mientras, siéntate junto a nosotros... (Regi- 
na, silenciosa y vacilante se sienta al otro lado de la 

mesa,) Y ahora, pobre hijo mío, voy a des- 
cargarte del peso que agobia tu pobre 
alma. 



- 65 - 



Osw. ¿Tú, madre?... 

Elen. Sí, de ese fárrago de dolores, de remordi- 
mientos... 

0¿w. ¿Y a tanto crees que alcance tu poder? 

Elen. Sí, Oswaldo, estoy convencida. Guando 
hace un momento me hablaste de la ale- 
gría de vivir, centelleó mi cerebro con 
una nueva revelación de Ja vida. 

OSW. (Con. un movimiento de cabezá.) No Comprendo 

nada. 

Elen. ].\h, si hubieses conocido a tu padre cuan- 
do no era más que un joven teniente! ¡EL 
personificaba la alegría de vivir! 

0¿w. Ya sé, ya sé. 

Elen. Era una alegría la suya que se entraba 
corazón adentro, se adueñaba de nuestros 
sentidos, florecía en torno nuestro, indo- 
mable, triunfante de plenitud vital!... 

Osw. Bien, ¿pero?... 

Elen. Aquel alegre niño (lo era entonces) se 
instaló en una población con arrumacos 
de gran ciudad, avara de intensos goces, 
pródiga en sensuales placeres. Se encon- 
tró sin más finalidad, sin otro horizonte 
que su empleo, sin trabajo en que deleitar 
su espíritu, sin más que la mueca despia- 
dada del negocio por todas partes, sin 
amigos que sintiesen la alegría de vivir, 
sólo, entre haraganes de la orgía! 

Osw. ¡Madre! 

Elen. Y sucedió lo que fatalmente debía su- 
ceder. 

Osw. , ¿Y qué debía suceder? 

Elen. Tú mismo lo digiste hace poco, cuando 
anunciabas lo que sería de ti, si permane- 
cieses en casa. 

Osw. ¿Quieres, con eso, darme a comprender 
que mi padre?. . . 

Elen. Tu pobre padre no logró jamás expansión 
para aquella alegría de vivir que emanaba 
de todo él. Tampoco yo llevé la serenidad a 
su hogar. 



-66- « 



Osw. ¿Tampoco tú? 

Elen. Tenía mi cerebro ahito de enseñanzas en 
que no se hablaba más que de deberes y 
obligaciones y con ese lastre he vivido años 
y años. Toda mi existencia se resumía en 
deberes... mis deberes, sus deberes... ¡Ay, 
Oswaldo! Tiemblo a la idea de haber he- 
cho insoportable la casa a tu pobre padre. 

Osw. ¿Y cómo ni una sola vez, me hablaste de 
eso en tus cartas? 

Elen. Porque nunca, hasta hoy, me consideré 
con fuerzas para confesártelo todo a ti, a 
su hijo. 

Osw. ¿Y hoy has comprendido?... 
Elen. Yo no vi más que una cosa: que tu padre 
era hombre aniquilado antes de nacer tú. 

Osw. (Con voz siniestra.) ]AsU... (Se levanta, y se aproxi- 

ma a la ventana.) 

Elen. Después fui comprendiendo que Regina 
estaba en esta casa... con el mismo dere- 
cho que mi propio hijo. 

OSW. (Volviéndose vivamente.) ¡Regina! 

REG. (Estremeciéndose y con voz apagada.) ¡Yo! 

Elen. Sí. Ahora ya conocéis los dos toda la ver- 
dad. 

Osw. ¡Regina! 
Reg. Luego mi madre era... 
Elen. Tu madre, Regina, poseía excelentes cua- 
lidades. 

Reg. Sí, pero en resumidas cuentas... ¡Ya me lo 
temía, sólo que!... ¡Bien, señora! ¿Me per- 
mite usted marcharme en seguida? 

Elen. ¿De veras quieres abandonarnos? 

Reg. Lo quiero, sí. 

Elen. Nadie puede impedírtelo; pero... 

Osw. (Acercándosele.) Ahora que estás en tu casa 
¿quieres marcharte? 

Reg. Mercis señor Alving... No, ahora ya puedo 
decir Oswaldo, pero no es de la manera 
que yo quería. 

Elen. Regina, no he sido bastante franca con- 
tigo. 



- 67 - 

Reg » Ciertamente que no. De haber yo sospe- 
chado que Oswaldo estaba enfermo y que 
no podía haber nada serio entre nosotros... 
No, yo no voy a consumirme en este rin- 
cón cuidando enfermos. 

Elen. ¿Ni tratándose de un enfermo que es tu 
hermano? 

Reg. No, no puedo. Una muchacha joven debe 
emplear su juventud... en cosa distinta, si 
no quiere encontrarse andando el tiempo, 
sin más hogar que el arroyo. Yo también 
anhelo gozar de la vida, señora. 

Elen. Bien; pero guárdate: no te pierdas, Re- 
gina. 

Reg. Si está de Dios que me pierda, me perde- 
ré. Ta que Oswaldo se parece a mi padre, 
nada de particular tiene que me parezca 
yo a mi madre. ¿Quiere decirme la señora 
si el Pastor Manders está informado de... 
mi asunto? 

Elrn. De todo está al corriente el Pastor Man- 
ders. 

Reg. (vistiéndose el chai.) Entonces debo irme vo- 
lando si quiero alcanzar el vapor. Con el 
Pastor Manders es tan fácil ponerse de 
acuerdo. Me parece que tengo tanto dere- 
cho a los cuartos como... ese cojitranco de 
carpintero. 

Elen. Sí, tienes razón, Regina. 

Reg. (Mirándola fríamente.) Ríen hubiera podido la 
señora educarme como cumplía a la hija 
de un hombre de condición: hubiera sido 

lo regular. (Encogiéndose de hombros.) ¡BahI 
¡Me tiene Sin Cuidado! (Mirando de soslayo, 
con amargura, la botella sin descorchar.) Después 

de todo, bien puedo beber champagne con 
personas de campanillas. 

Elen. Si alguna vez te llamase el hogar, acuér- 
date de este, Regina. 

Reg. No, se lo agradezco a usted, señora. El 
Pastor Manders cuidará de mí. Y de no, sé 
donde tengo mi casa. 



- 68 - 



Elen. ¿Dónde? 

Reg. En el Albergue del gentilhombre Alving. 
Elen. Ruedas a tu perdición, Regina. 

REG. ¡Bah! Adteu. (Saluda y desaparece por la puerta 

del vestíbulo.) 



ESCENA FINAL 

OSWALDO y ELENA 



OSW. (Mirando por la ventana.) ¿Se ha marchado? 

Elen. Sl 

Osw. Peor que peor, (a sí mismo.) 

ELEN. (Detrás de él, colocándole las manos sobre los hom 

bros.) Oswaldo, hijito mío, ¿te has impre- 
sionado mucho? 

OsW. (Volviendo la cabeza hacia su madre. ) ¿Por qué? 

¿Por lo que se refiere a mi padre? 

Elen. Sí, a tu desgraciado padre. Temo tanto 
que la impresión haya sido excesiva para tí. 

Osw. ¿Y por qué ese temor, madre? Natural- 
mente que todo esto me pasma, me atur- 
de; pero en último resultado; me es igual. 

Elen. ¿Igual? ¿Qué tu padre haya sido tan pro- 
fundamente desgraciado? 

Osw. Le compadezco como a cualquier otro, 
pero... 

Elen. ¿Cómo a cualquier otro... tu propio padre? 

Osw. (impaciente.) ¡Psh! Mi padre... mi padre. 

¿Acaso he conocido yo a mi padre? ¡No 
tengo ningún recuerdo de él, como no sea 
que una noche me hizo vomitar con sü 
pipa! 

Elen. Pero, ¡esto es horrible! Un hijo debe amar 
siempre a su padre. 

Osw. ¿Aun cuando su padre no se haya portado 
como tal? ¿Aun cuando el hijo no le haya 
conocido nunca? Y tú, que te precias de 
ilustrada, ¿te dejas subyugar por esa su- 
perchería? . 



- 69 - 



Elen ¿Superchería...? 

Osw Sí, madre, sí; no lo dudes. Es una de esas 
ideas corrientes que el mundo no se para 
a examinar, uno de tantos... 

El EN. (Sobrecogida.) ¡Espectros! 

Osw. (Atravesando la escena.) Sí, así puede llamárse- 
les: |Bspectros! ¡Para ser padre no basta 
engendrar a los hijos! Hay que legarles sa- 
lud, cultura, amor... 

Elen. (con sobresalto.) ¡Oswaldol ¿Entonces tampo- 
co a mí me quieres? 

Osw. A tí, cuando menos, te conozco. 

Elen. Me conoces... y... ¿nada más? 

Osw. Y sé, también, que me quieres. T te debo 
gratitud. Además, puedes serme tan útil 
mientras estoy enfermo... 

Elen. ¿Verdad, Oswaldo? Me siento inclinada a 
bendecir la enfermedad que te ha traído a 
mi lado. Porque bien sé que no eres mío; 
será preciso que te gane. 

Osw (Más impaciente.) Sí, sí, sí. Todo bellas pala- 
bras. No te olvides nunca de que soy un 
enfermo. No puedo ocuparme de los de- 
más. ¡Llena todo mi tiempo, toda mi vida, 
el pensar en mí, en mí, en mí! 

Elen. (Dulcemente.) Bien, bien. No lo dudes, tendré 
paciencia. 

Osw ¡Y alegría también, madre! 

Elkn. Y alegría también. — ¿He conseguido que 
los remordimientos y las preocupaciones 
que anidaban en tu espíritu, batiesen sus 
negras alas? 

Osw. Lo has conseguido, madre. Pero ahora 
¿quién levantará el cuervo de la angustia? 
Elen. ¿La angustia? 

Osw. (Atravesando la escena.) Una sola palabra de 

Regina hubiera bastado. 
Elen. ¿Por qué hablas de angustia y de Regina? 
Osw. Madre ¿se hunde la noche? 

ELEN. Pronto amanecerá. (Mirando por una ventana 

del invernadero.) Ya besa el alba las cumbres. 



- 70 - 

¡Será un día radiante, Oswaldol Muy pron- 
to podrás ver el sol. 

Osw. ¡Qué felicidad! ¡Cuántas cosas pueden ha- 
cerme aún grata la vida! 

Elen. ¡Ta lo creo! 

Osw. Aunque no pueda trabajar. . . 

Elen. Pronto podrás dedicarte de nuevo a tu 
trabajo, sin el torcedor de aquellos pensa- 
mientos enervadores que entenebrecían tu 
cerebro. 

Osw. Y ahora que mi espíritu, por obra tuya se 
encuentra libre de negras preocupaciones, 

ahora... (Sentándose en el diván.) hablemos, 

madre. 

ELEN. Hablemos. (Aproxima una butaca al diván y toma 

asiento junto a su hijo.) 

Osw. Y mientras sale el sol, tú irás enterándote 
de todo, de todo, y mi angustia desapare- 
cerá. 

Elen. ¿Qué he de saber, hijo míe? 

Osw. Madre, ¿no me asegurabas que no había 

nada en el mundo que no hicieras por mí, 

si yo te lo rogase? 
Elen. Sí, eso dije. 
Osw. ¿Y mantienes lo dicho? 
Elen. Lo mantengo. Eres mi único hijo y sólo 

vivo para ti. 

Osw. Pues... óyeme, madre. Tu alma se ha tem- 
plado en el dolor... y esto me garantiza 
que me escucharás con calma, sin inte- 
rrumpirme. 

Elen. ¿De qué terribles cosas quieres hablarme? 
Osw. No, no te alarmes, no alborotes... Sosiego, 

calma... ¿Me lo prometes, madre? 
Flen. Sí, sí, te lo prometo. ¡Pero habla ys! 
Osw. Pues bien, has de saber que esta fatiga y 

esta situación en la que la sola idea del 

trabajo me aplasta, todo eso no es uua 

misma enfermedad. 
Elen. ¿Y esa enfermedad...? 
Osw. Esa enfermedad, que me fué legada, está... 



- 71 - 



(Poniéndose un dedo en la frente y bajando la voz.) 

Está aquí. 

ElEN. (Ahogando un grito espantoso). ¡Oswaldo!... jNo, 

no!... 

Osw. ¡Silencio! ¡No grites!... No puedo sopor- 
tarlo. Sí, no lo dudes: está aquí, como 
fiera en acecho, vigilando el menor des- 
cuido para hundir su garra! 

Elen. ¡Es espantoso! 

Osw. ¡Calma, madre, calma! ¡A eso he llegado! 
Elen. (con una sacudida). ¡Todo eso es falso, hijo 

mío! ¡Imposible! ¡No puede ser! 
Osw. Allá... en París sufrí un acceso. Pasó 

pronto, pero la angustia me perseguía 

hasta enloquecerme. Y decidí correr a tu 

lado. 

Elen. ¡De modo que eso es la angustia...! 

Osw. Es un horror indecible. ¡Si no se tratase 
más que de una enfermedad mortal co- 
rriente! No me asusta la muerte... aun 
cuando quisiera vivir años y más años... 

Elen. ¡Oh, sí, y vivirás, mi Oswaldo! 

Osw. ¡Pero encierra esto una cosa tan horrible! 

Retroceder a la infancia. Necesitar que le 
pongan a uno la comida en la boca, que 
le... ¡No hay palabras con que expresar 
mi tormento! 

Elen. El niño tiene una madre que le cuidaría. 

Osw. (De un salto). ¡No! ¡ Jamás! ¡Jamás! No puedo 
hacerme a la idea de vivir años y años, de 
envejecer, de encanecer en tal situación. 
¿Y si tú morías y me dejabas solo? (se sienta 

en la butaca de su madre.) Porque el médico 

dijo que esto no acaba fatalmente con la 
muerto inmediata. Supone que es algo así 
como reblandecimiento cerebral, (con dolo- 
rosa sonrisa.) La expresión es, de veras, armo- 
niosa. Me abismo, de continuo^ en un 
mundo de rasos y terciopelos de seda, ro- 
jos, color de cereza... cosa delicada, suave 
al tacto, amable, acariciadora... 
Elen. (con un grito). ¡Oswaldo! 



- 72 - 



Osw (Levantándose de una sacudida y atravesando la es- 

cena). ¡Y rae arrebataste a Regina! ¿Por qué 
no se encuentra aquí? Ella si valdría para 
socorrerme... 

ElEW (Aproximándosele amorosa). ¿Qué quieres decir, 

hijo de mi vida? ¿Qué auxilio habrá que yo 
no sea capaz de prestarlo? 

Osw. Cuando salí de aquel primer acceso, me 
afirmó el doctor que si el ataque repetía— 
y repetirá— era caro perdido. 

Elen. ¡Y tuvo la crueldad de decirte eso! 

Osw. Le obligué yo. Le dije que debía disponer 
mis cosas... (con maliciosa sonrisa). T era ver- 
dad. (Saca una cajita de un bolsillo interior.) ¿Ves 

esto, madre? 
Elen. ¿Qué es? 
Osw. Morfina. 

ELEN (Mirándole desencajada.) ¡Oswaldo... hijo míol 

Osw. He conseguido reunir doce tubitos. 
Elen. Entrégame esa caja, Oswaldo. (intenta cogér- 
sela.) 

OSW. Aun LO es tiempo, madre. (Se guarda le cajita.) 

Elen No sobreviré a ese golpe. 

Osw. Te aseguro que puede sobrevivirse. Si es- 
tuviera aquí Regina, no me negaría a buen 
seguro, este último servicio. 

Elen. ¡Jamás! 

Osw. Si el acceso me acomete en su presencia y 
llega a contemplarme, tendido en el sue- 
lo... irás débil que un recién nacido... im- 
potente, miserable, sin esperanza, sin sal- 
vación posible... 

Elen. No, Regina no hubiera consentido nunca. 

Osw. Regina hubiera vacilado unos minutos y 
como poseía un corazón tan deliciosamen- 
te ligero, pronto se hubiera librado de un 
enfermo como yo. 

Elen. ¡Ah, Dios ha dispuesto que se marche de 
casa, bendito sea! 

Osw. Sí, madre; de suerte que a ti toca ahora 
socorrermer 

ELEN. (Lanzando un grito.) ¿A mí? 



- 73 - 



Osw. Pues ¿quién, sino tú? 
Elen. ¡Yo, tu madre! 
Osw. Porque eres mi madre. 
Elen. ¡Yo, que te he dado la vidal 
Osw. No te la pedí. ¡Y qué vida laque me diste! 
No la quiero. ¡Quítamela! 

ELEN. (Huyendo hacia el vestíbulo.) ¡Socorro! ¡Socorro! 

OSW. (Corriendo tras su madre.) |N0 me abandones! 

¿A dónde vas? 
Elen. A llamar al médico. ¡Déjame salir, Os- 
waldo! 

Osw. Ni tú saldrás, ni entrará nadie. (Da la vuelta 

a la llave.) 

Elen. ¡Oswaldo! Hijo, hijo! 

Osw. (siguiéndola.) ¿Y tienes tú corazón de madre, 
tú que puedes verme consumir en esta an- 
gustia sin nombre? 

ELEN. (Con voz breve después de una pausa.) Estoy re- 

suelta. 

Osw. ¿Consientes?. . . 

Elen. Si llegara a ser preciso. Pero no llegará, 
no llegará. 

Osw. ¡Figurómonosjo! Y mientras, vivamos jun- 
tos todo el tiempo que podamos. Gracias, 

madre. (Se sienta en la butaca que Elena aproximó 
al sofá. Amanece. La lámpara continúa encendida so ■ 
bre el velador.) 

ELSN. (Acercándose con el mayor cuidado.) ¿Te sientes 

ya más calmado? 
Osw. Sí. 

ELEN. (Inclinada sobre su hijo.) Todo lo OCUmdo no 

tiene la menor importancia. Fueron atro- 
cidades de la imaginación. Estas sacudidas 
te dejan quebrantado. Se impone un com- 
pleto reposo, aquí en tu casa, en los bra- 
zos de tu madre, ¡alma mía! Yo te daré 
cuanto desees— ¿recuerdas? — como cuando 
eras un renacuajo, que dices tú... ¿Ves 
que bien se resolvió la crisis? ¡Si era de es- 
perar! ¡ Ay, Oswaldo, que día tan hermoso! 
¡Qué sol tan espléndido!... Aquí muy pron- 
to Serás Otro. (Apaga la lámpara del velador. Sale 



el sol. Las montañas y la llanura bañadas por los ra- 
yos matutinos, alegran el fondo del paisaje.) 
(Inmóvil en su butaca, vuelto de espaldas al foro: de 
súbito exclama, como ahogándose.) ¡¡Madre!! 
¿Qué tienes, OswaldO? (Oswaldo se hunde en la 
butaca. Se distienden todos sus músculos. Desaparece 
toda expresión del semblante. Los ojos, vidriosos, fijan 
la mirada. La cabeza, campanea ligeramente. Los la- 
bios se contraen. Elena, temblorosa, aterrorizada, ex • 

clama.) ¡Qué ocurre aquí? ¡Responde, Os- 
waldo! ¿Qué te SUCede?... (Arrodillada y sacu- 
diéndole.) ¡Oswaldo! ¡Oswaldo! ¡Hijo! ¡Míra- 
me! ¿No me conoces? 

(Con la misma voz opaca.) ¡El SOl!...¡Dame el 

sol!... 

(Levantándose de una brusca sacudida y mesándose el 
cabello con ambas manos.) ¡No puedo! ¡No pue» 

do! ¡Jamás! (súbitamente.) Pero ¿dónde están? 

(Begistra nerviosamente los bolsillos.) ¡Aquí! (Re- 
trocede dos o tres pasos y exclama:) ¡No, no, no!... 
¡Sí!... ¡No, no! (Permanece apartada algunos pasos 
de su hijo con las manos crispadas en la cabeza, de- 
vorándole con la mirada, muda de terror.) 
(Siempre inmóvil en su butaca.) ¡Dame el SOÜ... 

¡Dame el sol!... 



TELÓN 



FIN DEL DRAMA 



BIBLIOTECA 

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OBRAS PUBLICADAS 



La Princesa del Dollar 
La Ola gigante 
El señor Conde de Lu- 

xemburgo 
Captura de Raffles o el 

triunfo de Sherlock 

Holmes 
El Sol de la Humanidad 
Zazá 

Mujeres Vienesas 
Hamlet 

Giordano Bruno 
El Nido Ajeno. 
El Rey 

Prisionero de Estado o 
La Corte de Luis XIV 
Los Miserables 

Espect 



La ladrona de niños 

Los dioses de la mentira 

Cristo contra Mahoma 

Juventud de Príncipe 

Juan José 

La sociedad ideal. 

La cizaña 

Entre ruinas 

La vida es sueño 

Sabotage 

Pasa la ronda 

Magda 

El Papá del Regimiento 
El Alcalde de Zalamea 
Los dos pilletes 
D. Juan de Serrallonga 
El Rey Lear 
ros 



Seguirá la obra 

Las Cigarras Hormigas 

ORIGINAL DE 

JACINTO BENAVENTE 



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